Concepción Bertone
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| PALABRAS PRELIMINARES
Mi sentir sobre la poesía Ahora, aún en esta etapa de mi vida, la poesía sigue siendo para mí ese espacio de libertad interior, íntimo e inexpresable como la gracia de haber nacido con esta vocación. Cuando comencé la escuela primaria ya sabía leer y escribir porque mi tía Catalina, la hermana menor de mi padre, era casi una niña cuando yo nací y jugaba conmigo a la maestra, como se suele decir familiarmente. Sin saberlo, ella me daba la herramienta que estimulaba mi pensamiento y mi asombro ante el mundo que podía pronunciarse, ser dicho, nombrado. DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS Libros publicados
Otros poemas:
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Concepción Bertone |
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| Elegía para Juan Manuel Inchauspe |
Leva en la mirada oscura, navega el pensamiento en la arruga del ceño, ceñida como una vela al viento la cabeza de Juan en el perfil izquierdo de su cara. La cabeza apoyada sobre la mano derecha que rodea el mentón, el candado del pelo de la barba, la herida de la boca encerrada bajo el bigote. Alta. La mano alada eleva la cabeza, la alza por encima del cuello, del cogote como él decía sin perder la elegancia, en la elegía de una vieja conversación: cerveza santafesina en la mesa de la amistad tranquila, la mesa clara de Saer y de Juan, en otra foto. Pero en ésta leva una luz. La luz de una expresión infusa en los sesos, del peso inexpresado de eso en la mirada. No el reflejo de un foco, ni el haz que se astilla contra un cristal, detrás, contra su nuca. No. Una luz en la pupila, un punto iluminado, un asunto rodeado de pura luz en la oscuridad de sus ojos. Algo como el alma que no sabemos, el fuego que no inventamos, el veneno vencido con el mismo veneno. Eso. Misterio escayolado que en los huesos queda y fulge en la osamenta su furiosa estrella: Arturo, el Centauro, la Osa.... nombres de fuego dictados a otros hombres, dijo Juan. Acordado, fiel al eco de su voz, dijo: Combate y Trabajo. Las palabras, de pronto, anclan en su cabeza donde la araña trama la tela tensa del poema: Que sea la frialdad de los otros lo que ha venido aquí envolviendo mi cabeza, empujándome. ¿Qué importa? ¿Qué importa ahora la cabeza de Juan, el medio cuerpo en blanco y negro, el botón de la camisa, la sortija de un mechón de cabello apretado a la sien. Un recuerdo de él en los diarios...? (No vivió para eso sino para los besos, los labios que fueron sueños, sudarios, mortaja fluvial de los sueños, epitafios de tantos, Tuñón) : Todo arde Mi cuerpo solo en el desierto del colchón donde siento que la muerte me abraza más amorosamente que la vida. Para decir estuve, estuve en tal pasión, en tal recodo... También, Juanele, el Juan -para los íntimos- en esa fotografía tomada por Courtalón, sobre mi escritorio, me abrazaba en su guía como el faro que atrae a la tormenta, y la ilumina, la enfrenta claramente a los ojos. Esa luz. Y el despojo de todo eso. La poesía, la vida. Aquello de la creación que Saer definía como un complot: el lugar donde se está montando una bomba.... Una bomba montada en el corazón de una esquina en la que Juan José te cuenta: para escribir El limonero real tardé nueve años y a Cicatrices lo escribí en veinticinco noches... Esa luz que no luce, que vela la rebelión, la pelea velada del cuerpo. El apareo de ese goce que nace del roce fugaz, de la rosa real de lo narrado. Como cruzar a nado el vientre del Paraná partido en dos por un trueno. Por el filo calado del lamparón. Y el ruido en el que se quema el río, es música.... (Esa luz, esa acústica. Un sonido abandonado al oído. En el caracol del oído donde suena esa música. Esa que no llegaba nunca y cuando llegaba era seda acordada, cuerdas de un laúd magnífico. El oficio y el arte, Juan) Ahora, roza la eslora de tu cara el fluir. Aflora igual que el ahogado a otra orilla, el recuerdo: y vive allí, no en la mano amputada de aquel amor, no en el abrazo de tu palabra camarada, sino en el muñón enamorado de esa palabra. Aquello embelesado en la luz, atravesado por la luz que leva en tu mirada, que navega en esa luz primera y última: llama del ser que fue de luz, ultimado por ser de luz. Ahora Se incendia en la fugacidad de otra tarde, todo. Todo arde, Juan. Porque esta hora de decepción, que alimenta la rosa del porvenir se pierde. No se besa. Se muerde el amor. Se devora, se hurta, se harta. Se atiza para morir de su fuego. Como el árbol del alcanfor, Juan. Su llama no deja ceniza. Noviembre 2005 |