Eduardo D'Anna
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| PALABRAS PRELIMINARES
La poesía es el género donde se trabaja el habla del pueblo para intensificar su sentido hasta el punto de lo mítico, para devolverlo y ser usado como referencia de los avatares que ese pueblo atraviesa. DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS Eduardo D'Anna nació en Rosario, Santa Fe, Argentina, en 1948. Es poeta, ensayista, narrador y dramaturgo. Libros publicados Poesía
Ensayos
Comentarios sobre su obra Según Edgar Bayley, la característica de su poesía es "la manera noble de alta dignidad de tornar trascendente lo más inmediato, de realzar al mismo tiempo las cosas y el verbo, es decir, de no exaltar una parte en perjuicio de la otra, sino de llevar las dos, al mismo tiempo, a un punto de incandescencia." |
Eduardo D'Anna |
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| PIEDRA DE CHAIRAR |
Flores tercas suspendidas del aire donde paseó el amor ¿cayeron? No se sabe. ¿Soñaron al crecer? ¿En medio del suceso, sacando aire del aire, como esas flores, apoyadas en ellas? Recordar el perfume cuando está, no acordarse de él cuando se ha ido; esperanzas, comidas de la víspera. Alimentando miedo con oscuros derechos sobre nada. Ella era la piedra cayendo por su peso hasta la levedad del agujero negro donde se volvería antimateria. Era el silencio nacido de las voces que desisten. Parecía saber aparecer. Aseguraba que la podías invocar. Que era posible conocer su final amándola en silencio. Mientras que antes la noche ardía en la memoria, brasa de los vientos, nada más. Recuerdo que ella combustionó como un trapo de sangre. (Pequeños cuentos, cosas que uno, mirándola pensaba. Reemplazos. Plazos. Extraviado desear). Pero su voz venía como un tren, del olvido, entre terribles ruidos de carga. Había veces en esa voz. De muchas veces en que sin escucharse se la pudo escuchar. Debió soñar. Debió, para no entristecer cuando caía. Desde mi horca y mi casa, pensándola no vi crecer los pastos que no planté. Aunque ellos estaban en mis garras de jardinero posible, en mis macetas que inventaría para tenerlos cuando ya su canción fingiera ser. Y era el frío del mes, el que las cosas temen cuando duermen, pero se vivía. Entre los corderos nadaban nuestros ojos sin mirarse y al apoyar las manos nos sentimos. Un viento atropellaba un corazón tras otro ¿era ahí dónde estabas? Se enganchaba el mío entre los días. La ciudad percibía ese proyecto. Pero las almas estaban quietas, demasiado trabajo para sus átomos hubiera sido andar. Sólo una voz. Sólo una dolorosa participación en lo dulce. ¿Dónde estará la pobre Eugenia? ¿Dónde navegarán sus náufragos? Preguntas sin perdón. Abstenciones del viento ¿Dónde estarán las piedras las que lancé a volar una tarde en Casilda? Preguntas sin rehén, sin rescate. Y no estaban en tus ojos entonces las señales de ser como serías: las lentas nubes de los arcoiris, del granizo ruidoso. Desdecirte era fácil. Tu historia desescribir. Con mano trémula, pasto del poseer. La marca fue anegándose en lo que crecía sin saber, como el pasto. No pasará más tiempo por enfrente del lugar donde fuiste una vez sola. No vas a estar de nuevo. Cosas que dan al mundo su manera de ser, su dictamen sobre el mundo. Aunque los viejos átomos se pongan a jugar con los recién nacidos, rondas de imposibles. De pasto abandonado, las visiones retienen el perfume, la perversa manera de tentar sin ser reales. Dónde estará, ya no diré la Eugenia sino tan sólo las rosas que iba a darle en un día que no llegó a existir, adónde, rosas? Ella las recogió, bailando hacia la nada? Pero hay tardes enteras, y otras cosas: un ascensor real, patios lejanos, el sabor de provinciales especias. Las cosas van llegando a la memoria, son las reales pisoteando; exhalan su olor a vida, sus fascinaciones de existir, marchitando los sueños. Desconocidos peces que ya nunca pescaré: aves por cuyo vuelo jamás me pararé para mirar (como se para un albañil, para escuchar los árboles en su pálido andamio); ya soy viejo collar del nuevo perro de la tarde. Nos miraríamos, Eugenia, sedientos? Esas flores probables, nunca han sido probadas, y no valen los ulteriores deseos de ellas. La voz se vuelve viento en septiembre, y se entibia, se perfuma, olvidándose de sus tristes autores. Estas ruinas de ojos, atadas como están a recordarte a cordones de nada, sin embargo, siguen tratando de mirar. Del mundo esperan un renuevo, una auspiciosa forma de abalanzarse a los caminos, piden un alivio a lo que existe y es distinto de vos: desde el sur viene el viento con árboles oscuros y quietudes del alma entre resinas. Que estarán con los glaciares de tu ausencia dentro de mí. Y en la tormenta ver llorar a las plantas me reanima. Y el aire sobre el aire encandila la luz. Y hay un perfume viejo como la incertidumbre. Brillan las telarañas. Charcas. Ráfagas. Hubo un diluvio, un pacto nuevo. Y paraísos. Volvemos a mirar: entre leyendas, corroídos por las deformaciones de la gracia que se creyó alcanzar. Rarefacciones bancos de ensayo de la muerte. Penas sagradas que se ahogaron en la lluvia. Por vos no están cantando. Un viento muerto es nada más que un aire que no sopla. ¿Por qué en nosotros no es así? Si yo pudiera querer aire en vez de saber cosas de ella, si la poseyera como un paisaje, si poblara en ella mitos de origen familiares, como un capitán del siglo XVI para morir en propiedad reconocida. O mejor todavía: no ser nadie a quien se pueda no querer. O írsele. No.Yo no llegaría a ser lo que seré en un instante más: éste, que viene entre arreboles, vientos y esperanzas: Así las amo, ajenas, almas solas que yo he vestido aquí de hablada niebla. Por eso pasen, palabras sobre Eugenia, grandes palabras con las que soñaba, antes de hablar ya vino la tormenta; nada quedó que no pueda guardarse en el minúsculo recinto de una célula cerebral renga, que vendrá agitada a presentar su informe si la llamo en esos días de ansiedad o angustia. Sólo que ¿dónde estás? ¿dónde estoy?¿En qué patios te disolviste dejándome sin filo para chairar mi vida? ¿Estás pendiente de mi aliento? ¿Al cortarse sabrás lo que sostiene? |
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| CARGANDO CON EL MUERTO |
a Roberto De Gregorio Estar solo no se debe a razones metafísicas: es un modo social de ser, una consecuencia de actos libres en sí, pero que no conservan tal condición cuando el tiempo los acumula; esos ómnibus recalentados de cuerpos que se estrechan no todo lo posible sino lo que su astucia y las órdenes del chofer les permiten hacer; rincones, manoseos estrategias para bajarse, o aún diminutas defraudaciones. Cada cosa que vas descubriendo, te aleja de los que todavía la ignoran, porque no es posible transmitirla, ¡ay! haría falta un mito, una leyenda; pero no hay una forma rápida, sencilla de producirlos, de atribuirle a tus palabras ese valor que cualquier médico brujo de una remota tribu conoce y puede dar; en esta selva. Nuestra magia es solamente individual: es lo que hicimos lo que sin darnos cuenta acumulamos, en días faltos de gloria, que el viento juntó azarosamente y sin escrúpulos. Distinto de los otros ¿cómo leerán ellos el libro? ¿Cómo lo harán incluir en el olvido? Bah, leyendas, sólo un pueblo las hace y no lo sabe. Y porque pasa esto por más fe que se tenga cuando estás solo, estás solo: el mito al hablar no lo hará como querías; ahí está el muerto, aquéllos de los que te distancia lo sabido por vos, la caridad imposible que en ellos querrías realizar. Lector: yo aumento la distancia entre tus sueños y los míos cada vez ¿habías visto? ya no soy más quién parecía hablarte en tus recordados episodios al despertar en medio de la noche angustiado por los fantasmas dulces; es más difícil ya saber si te he servido. ¿Qué hacer, entonces, pues, sino ficción con mis sentimientos, transformar las verdades descubiertas tan dolorosamente en un cuento de irreales bosques? Si. Darse a pertenecer a tradiciones que ayuden a engañarte. Construidas con materiales en desuso o aún poco estacionados (Todo urge). Las verdaderas quejas serán ardorosamente personales sólo para morir disueltas en ese quemante ácido: es mejor que si algo duele, nos dispongamos a incrementar ese dolor con esta nueva insoportable sensación, vomitando el líquido funesto. Volviéndonos a quemar otra vez la garganta ulcerada; si el propósito es hacer con ello un arte. Pues de este modo, sólo lo corroído llegará. Legibles, las pequeñas payasadas moderarán, por último, el innoble espectáculo: el estilo de crónica policial, abundante en frases hipercultas, agua colonia entre la mugre, deslumbrecillos; conservantes, en resumen. Persuasiones. Si hoy habláramos claro, no se trataría más que de eso: lo que no vuelve, porque está cargado sobre mí, mirando demolida la casa donde algún día alguien pensó vivir, en la obsoleta programación inicua de los años que se creyó, banal, autorizado a proyectar. No hablemos claro. No. Por más sabio que seas al halago de los aciertos, por mucho que te agrade creer saber, en su tranquilidad y calma, lo que pasa; acordate: no hay palabras mejores que éstas. Dejemos, pues, al muerto sobre mi espalda. Pero, escuchame, hablemos: de otro modo, de otra manera, esta barata fotocopia clandestina irá empalideciendo con los años hasta no poderse leer; y habrá silencio, y en él, amigo mío, habrá señales que no imaginamos, habrá mensajes terribles, testamentos injustos, instrucciones que llevarán a nuestros hijos al delirio. Es preciso seguir, es necesario hablar para callar, y en ese acto elegir las palabras: que sean bellas o no, que nos traicionen o no, que transparenten vísceras falsas o verdaderas. ¡Ah, bosques! (y lo que te destroza tiene de bosque tanto como un camello oscuro) ¡Corazones! (y es un hígado) y todo así ¿se entiende? Claro que no, para eso he gastado mi tiempo. Corazones y bosques. Solo. Cerrás el libro. Antes, humildemente, yo dejé que lo cierres. |
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| ARGENTINOS POR EL MUNDO |
De allá olvidate ¿Qué, vas a volver a confesar? Mirá como yo estoy donde él fue presidente y no me agarra nadie. ¿Te das cuenta que es un caso cerrado? ¿Qué querés, que pida perdón, no, yo soy muy orgulloso para eso, además, qué me tienen ésos que pedir, hijos de puta, qué les importa, decime? Todos lo hubieran hecho, de tener oportunidad. En una de ésas si me dieran la mano sin que yo se lo pida, todavía. Mas no se puede. No se puede más. Porque nunca voy a dejar que me hablen ni mis hijos de eso. Pero en Petes hablamos como cuando éramos pibes, viste? ¿Vos venís por eso? Te digo la verdad, yo lloraría a gritos, entendido, pediría a quién sea perdón, pero ¿quién va a ser el primero, yo? No, yo no, ponele la firma ¿Si lo quiero? Sí lo quiero. Debe ser lo único que quiero. Y no lo hago, pedir perdón. Tengo miedo. No, olvidate. Todo está podridísimo. Nadie quiere tirar la piedra, no hay poder de castigar, todo es perdón, comprensión, libertad, nada lo es, no ves? Qué pena que no sé inglés ni argentino tampoco. No sé argentino ¿Alguna vez escuchaste que alguien hablara en argentino? Haber matado a Kennedy nos mata. |
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| NENIA |
a Graciela Ballestero ¡Oh, naciones como adolescentes; oh, sueños de esas naciones! Tus proyectos y planes para empezar a vivir te angustian: solitaria, sin rumbo, puesta quizás, en una calle sin rumbo, sin padres que te esperen, que se pregunten por qué no volvés si es tan tarde en la noche. Nación: tus padres se borran: ahí no están cuando de ganas de morir rebosante como una esponja prisionera de tu lugar de descanso, yacés flotando en el ruido de la ciudad que no se acepta. Tenés familia; tenés lo que tenés y eso te pierde: un arado para arar el mar, una pluma para escribir en el agua. Nación crecida sin crecer. Lastimada más que nada por sí misma, y por quién no puede responder. Abandonada en el concierto de otras, muy ocupadas en sus propios problemas, ciertamente más difíciles e intrincados que los tuyos, salvo que no se crece sin amor a sí mismo. Somos tus lágrimas. Estamos alejados de vos como una lágrima, fuera, y sobre tu piel, acariciando tu piel hasta que un manotón nos seque al comprender qué somos y nos borre. |
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| PALACIO |
Reviso mi vida: no conozco otra. ¿Qué viento agita el mar, afuera? Sé que hay perfumes en él, y también en el pasto. Y en las casas. Cada casa tiene, lo sé. Pero no puedo interesarme en ellos. Y reviso mi vida. Y me doy cuenta que no me interesa tampoco. |
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| PALACIO (II) |
Lloro lo que le falta a la lluvia para llegar al suelo: diez centímetros al menos. Las viejas piedras se lavan de futuro conmigo. La piel de esta ciudad no puede ser tocada sino por los hombres: se alejó mucho del desierto, de la alegría del alma de los bárbaros. Yo lloro y pienso encima de los ritmos venerables, vetustos, que no se pueden deshacer más, pisamos lo que lloro no preso del poder, de la costumbre. De construir el palacio y verlo irse, verlo crecer, y no jugar en él sino mirar afuera, desde ningún adentro. |
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| FINALIZAN LOS POEMAS |
Paseando por las suaves colinas llenas de árboles recién plantados que serán mañana los bosques de los dioses, se siente el olor a humo. El dulce olor a ahumado que viene de las chozas, que anuncia la estación donde las armas se guardan y se preparan. El otoño hitita comienza. |