Eduardo Moga
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| PALABRAS PRELIMINARES
POESÍA PARA ... (Letanía a modo de poética) Poesía para desnudar la palabra. DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS Nació en Barcelona, en 1962. Es licenciado en Derecho y Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Libros publicados Poesía
Reseñas literarias
Premios y distinciones
Antologías
Traducciones y prólogos
Como antólogo
Publicaciones y colaboraciones Ha publicado poemas, traducciones y ensayos en libros colectivos y diversos medios de comunicación en El País, La Vanguardia, Faro de Vigo, Cuadernos Hispanoamericanos, El Ciervo, Lateral, Clarín, Turia y El Extramundi (España); Periplo, Movimiento Actual, Blanco Móvil, Fractal, Ulrika y Puente (México); Comentário, Jornal de Artes, Letras e Ideas, e Incomunidade (Portugal); La Ciudad (Argentina); La Nación (República Dominicana); y Babab, Vida Furtiva, Luke, Ojos de Papel y La Dama Duende (internet), entre otros. Crítica literaria En las revistas Letras Libres, Cuadernos Hispanoamericanos, Turia y El Crítico, Lateral, Ínsula, Quimera, Guaraguao (especializada en literatura hispanoamericana) y El Pou de Lletres (en lengua catalana), entre otras. Otras actividades Es codirector de la colección de poesía de DVD ediciones. |
Eduardo Moga |
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| La luz oída |
(fragmento: vs. 1 a 40) Qué dentro hay un sol. Cómo grana en el ataúd invisible del cuerpo. Cómo arraigadamente brilla, con qué penumbra de asombrado meteoro, con qué óptima quietud. Bosques en vilo esperan, junto al acantilado, que se vacíe el fuego que impregna la noche. Es la tea, cerrada, que regresa; es el rayo inverso que revela con su voz seminal las posibilidades del hielo. La ceniza se desangra. El cereal, acercándose, busca gargantas donde hurtarse a las ardientes lluvias, cimientos para el puente que sólo han de pisar los vivos, los inermes, los que han sanado. Toros que respiran como arcos tensados: aún no. Acérrimos caballos que optan por el seísmo: no. Agua que se vertebra, como un súbito cuello, o clavos que la hieren: todavía no. Tierra sin sexo que ofrece su vuelo, su lentísima energía, a los árboles impacientes; penínsulas faltas de sol y omóplatos, donde vertiginosos peces, inacabados todavía, ignoran el fluir de los sudarios. Es demasiado pronto para el tiempo. Los líquenes crecen en las saetas disparadas. Los fetos brotan como cardumen y esbozan fidelísimos músculos, pero encuentran, antes de concluirse, su cadáver exacto. Los galápagos son jóvenes como el frío. La carne es un minúsculo tren. El cielo se va. Los ojos, detenidos, son jazmines sin ímpetu. Sólo un viento de huesos que protestan agita los cuerpos indecisos para que vean cuántas ruinas en el latido, con qué germinación los sombras cristalinas vuelven a su semilla. El silencio contiene silencio de mar, pétalos de explosiones, eclipse de volcanes, fusiles que relinchan, cerveza inaudible; designa los sonidos, los piensa con paciencia de miel, con terquedad de proa, como si fueran, ay, el aire de un insólito cadáver o las ígneas mieses en cuyas simas se enamoran las águilas [ ]. |
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| Poema II |
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De La ordenación del miedo Caía como los reos, sembrado, quieto en las horas, con los pies enloquecidos. Veía ascuas silenciosas, savias incrédulas, nortes que morían entre sombras de cuerpo pidiendo líneas. Sólo intangibles palomas oyen la sangre que nunca naufraga, el níveo idioma que completa los muñones; sólo lejanas gaviotas construyen la luz sin nombre, la madera dolorosa que desata las pupilas; sólo el tiempo levanta olas sagradas, piedras en flor, enamoradas leonas: seres que niegan la arena, certidumbres que derrocan, como una hoguera de carne, los más sólidos aromas. Sin otra función que el beso, arroyos y areolas impiden que el tiempo muera y, arrepentidos, lloran como si el humo estuviese preñado de amapolas. El mar tiene ruedas; surcos, el cielo; madres sonoras irrumpen en las ciudades para que no queden bocas a oscuras, para que el trigo, como un símbolo, no rompa su intermitente sepulcro. La cristalina cebolla posee memoria; el páramo se hace blanquísima loma cuando se desnuda el aire; incluso el chacal y la orca, que nunca han visto el asfalto, saben que el hombre es todo hojas, que sus bienes, desmentidos por el viento, tienen forma de pánico. Caminando hasta la encendida aorta, lo creado inspira ríos iguales: se hace indolora la hulla, cía el aire, el ave es un leve latir. Toda la mar es centro, y la sangre, acuchillada, remonta los peldaños de la música hasta que una aureola de polen le da su lógica, la longitud de sus normas. En su propio cataclismo hallan su inicio las cosas. Los eucaliptos comprenden qué circular es su ahora. En las naranjas hay fuego, fuego de ropas furiosas, fuego lateral y abierto. Las larvas son una sola herramienta, que difunde la luz del sueño. Las rocas se transforman en crisálidas. Quienes viven ya no adoran ni los campos homicidas ni las heces de la alondra. La harina es celebración, estiércol vivo en la copa. Atrás, bocas incompletas, bestias que agonizáis, hondas como los dientes, entre urnas de bellísima ponzoña; acabad también vosotros, indolentes hematomas. Que las piras no procreen. Que el pulmón sólo recoja los solitarios fractales de la vulva poderosa; así renacerá el viento y sanará la luz rota; así la sangre olerá a mirada y las antorchas revivirán lentamente, como intactos axiomas, bajo el callado metal del útero y de las rosas. Está escrito en la hierba: es necesaria la aurora para que no muera el cielo; son necesarias las horas para que sobrevivamos al hierro. Los que enarbolan agua y fuego en polémicas nupcias, leche tenebrosa, que digan por qué nacieron, por qué jamás abandonan su sanguíneo misterio. En el centro de una gota está el cosmos; en el alma de una máquina, redondas cordilleras; en el luto más blanco, ríos que imploran un abrazo, una mirada; en una breve corola, memoria, y montes, y sol, y clavículas absortas en su propia oscuridad. Qué único el mundo, qué hermosa la mujer que se divide, cómo intercambian las lobas sus placentas vulneradas, cuántos pétalos, qué rojas, qué precisas las cesáreas. El plástico se transforma en un lúcido detritus. Se repliega la carcoma hasta sus nidos aéreos. Una lengua luminosa enseña cómo ignorar las quemaduras que asoman entre tanta desnudez, entre tan ardua caoba. Todo ha encontrado su rostro. La creación es una oda: ceniza en cuyas esquinas selvas de pájaros brotan. |
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| Poema I |
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De Diez sonetos Regresas como un pájaro de sueño, como un fruto caído del tiempo. Hablas desde el fin de las cosas, despoblada de labios, grávida de labios, sexo en el caz del teléfono, deshielo de besos que habitaron mi garganta. ¿Por qué no permaneces en el ámbar del silencio? ¿Por qué no sigues siendo fuego ausente, clamor de nada, oro muerto, oquedad donde brotó mi nombre? De alas y oscuridad es tu retorno, de sombras que respiran. Y yo, insomne aún de ti, abrasado, oigo tus ojos, tus cenizas pidiendo que te toque. |
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| Poema II |
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De El barro en la mirada ¿Estoy muerto? Esta cólera vacía que recorre los túmulos del cuerpo ¿es el florecimiento de las sombras o lodo iluminado que profana, como un frío corcel, la pubertad de los signos? Este oro mutilado que se deslíe irremisiblemente hasta alcanzar la mácula del semen, que perfora los nombres como a nubes prohibidas, ¿son mis ojos acercándose al acero? ¿son légamo urgente como el tiempo? ¿o acaso oscuridad matinal, detenida en la serena tempestad de los labios, impregnada de danza y de paciencia? Realmente, ¿estoy vivo? ¿Por qué aquí, en el eclipse de las manos, renacen las ventanas como un tenue diluvio? ¿Por qué siento los errores del mar taraceándome como insectos sin amor? ¿Por qué, pese a la juventud del viento, hay cisnes vacíos en la orilla de mi túnica? ¿Por qué se recrudece el agua pétrea que habita en lo invisible, si aún no sé mi nombre, si aún no he bautizado la materia? Estoy solo, con los perros de la respiración, con los espejos devastados por hombres inaudibles, oyendo la oquedad de los martillos, las cóncavas espumas de la carne que ya, ahogadamente, se refuta, viendo morir los mástiles del yo y cómo de su muerte ni siquiera brotan exhaustas azucenas. Árboles inexorables en el pecho, árboles que se desnudan tenebrosamente en las simas diürnas, que perviven, en su habitáculo de orina y nieve, como un rumor de huesos ablandándose. Las pupilas intentan encontrar su voz; humedecidas por el fuego más oscuro, se extienden por las sábanas como átomos callados. Pero ¿quién las hirió? ¿quién reanudó su lluvia horizontal, sus dunas atacadas por lo perecederop? Ése que duerme a mi lado ¿soy yo? Y quien mastica mi podredumbre, ¿es hombre o nunca? [ ] |
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| Poema XI |
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De Unánime fuego
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| Poema XIV |
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De El corazón, la nada
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| Cinco haikús |
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De Los haikús del tren (inédito) El sol poniente orina óxido y oro. Un estornino. Asperja rojos el cielo acuchillado. La luz se agrieta. Bajo los álamos, las sombras amamantan grumos de nieve. La tarde se hace metacrilato y sueño en el vagón. Alguien bosteza ruidosamente. Fuera, una amapola. |