Gustavo Caso Rosendi
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| PALABRAS PRELIMINARES
Acerca de mi poética Quizá la clave para descifrar mi poética en general y, especialmente en este último trabajo, se encuentre en los versos de Sanos y salvos: ...¿O acaso hemos regresado /hemos salido del infierno o acaso /el amor anduvo haciendo el odio /para que nazca esta ternura de añorar / lo monstruoso?.... DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS Nació en Esquel, Chubut, Argentina, el 3 de agosto de 1962. Reside en la ciudad de La Plata. Libros publicados
Antologías
Discos compactos
Premios y distinciones
Libros inéditos de poesía
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Gustavo Caso Rosendi |
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| Fotografía |
A la izquierda tío Nodier, los pantalones por allá arriba y una camisa que pudo haber sido azul. Desde su sombra nace tía Isabel, con una mirada de pollera que cubre sus rodillas, pero también con algo de sarga Gath & Chaves cayéndole sobre los hombros. En el centro mamá : casi niña. Detrás sueña Tía Coca el resto de portarretratos que pueblan hoy esta mesita. Adelante posa tío Kelo diciendo : saca de nuevo esta fotografía, Sam, continúa enfocándonos por siempre. Sentada en el extremo derecho mi prima Jacqueline, reclinada hacia el que mira, intentando crecer. Un poco más acá, polera de banlon y zapatos gastados, tendría que estar quien les habla. Y sin embargo mi hijo se acomoda sobre esa figura, como si la infancia fuera un país sin tiempo. Los que ahora no están, en cambio, perduran en este papel cansado, despojados de toda incertidumbre, de toda fragilidad de tener que contemplarse. Mi hijo me señala y se nombra. Un clic vuelve a chisporrotear sobre la mañana de aquella terraza en Buenos Aires. Y todos sonreímos. De Diagonal, Plaqueta, 1998 |
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| City Bell |
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| La poesía |
Marcel Marceau juega con una rosa de aire entre sus manos. Mientras la gente percibe el perfume de este gesto y el color y las espinas. El poeta ha dibujado siempre palabras silenciosas esperando encontrar alguna caverna algún eco. Una mujer a esta hora, ha parido y pálida abraza el hueco de su panza. Ella descansa y entre las sábanas, ya sin fuerzas, amamanta al llanto para callarlo. Hijo que tendrá siempre en la lengua algo de niebla. Marcel aletea sus manos escapando del que pueda pedir explicaciones. El sabe que si habla la historia se derrumba. La madre sigue allí en el sanatorio. Mujer que parirá siempre. Ha gritado sí, pero en el momento exacto como una hoja en blanco o un escenario vacío. El niño al salir de la cueva de todo ha llorado y ha soñado rupestre al universo como una cacería. Marcel ahora hace señas. Encerrado en un cubo invisible, no grita, ni llora, ni sangra. Decir sin hablar es escribir, amar, intentar salir hacia un lado u otro. El Mimo, a pesar de su situación, alumbra a la gente, al nuevo siglo y las manos se le mueven marcando un espacio y la risa del público que rompe aquel silencio es tan cierta que parece una respuesta. Una liberación. |
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| Valores |
Una piedra cualquiera es una piedra preciosa. Una piedra gris, una piedra negra, un guijarro pateado en el camino, una piedra marrón entre las piedras. O una piedra chata arrojada en algún charco. Una piedra musgosa. Una piedra escondida entre los yuyos. Una conmovedora piedra. Esto no quiere decir que la belleza sea el abandono ni que la sensibilidad sea precisa, pero sí que la perfección es cualquier piedra. Un canto rodado cabe en una gomera y lastima al pájaro, porque a nadie se le ocurriría tirarle con un diamante. Una piedra injusta, una piedra certera, una piedra rapaz, una piedra fría que sobrevuela la mañana manchada de rojo. O tal vez una piedra que no pudo hacer impacto. Una piedra cayendo del cielo. Hasta que alguien la encuentra y se la mete en un bolsillo. Una piedra que perdura en la campera. |
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| El viento |
Estamos remontando un barrilete de palitos de tilo y pétalos de magnolia. Tiene una extraña forma de colibrí y tiranosaurio. Y está allí, queriéndose ir, sostenido por el aletear molesto de las moscas y amarrado al hilo que nace de la mano. Pero está allí, como un eclipse fetal. A veces ocultando un poco al sol que pretende enceguecernos. Y a veces picoteando un panadero o tragándose una baba del diablo o simplemente saludando. Y pensamos: qué bueno que haya un monstruo allí arriba que pueda protegernos del adiós. Y el adiós, más tarde lo sabremos, mientras el sol ahora rodea el perfil del barrilete, el adiós es Dios sin él mismo. Y esa es la cara que debería tener al menos el viento en esta tarde. |
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| Bar |
Sentado en el rincón, vino en mano, miro cuadros mal pintados, figuras del fútbol, trofeos derrotados por el tiempo. Alguien bebe a mi lado un Guillermo I. Es siempre el mismo, lo sé, aunque nunca nos hemos hablado, ni siquiera mirado, los dos nos dirigimos siempre hacia algún punto en común. Paredes verde sucio, musgo triste. La cabeza de un viejo se balancea al ritmo del reloj de péndulo cuando funcionaba. Una mano venuda mezcla barajas pegajosas. La tarde cae también como esas mejillas aletargadas, picadas vaya a saber por qué bicho de sueño muerto. Paredes verdes cabalgadas por momias de alazanes entre botellas de ginebra Llave y Cabrinis en canastita. Pinerales. Caña Amarilla. Botellas cerradas pero semivacías. Botellas bebidas por fantasmas. Quizá La Verdad haya pasado por aquí. Tantas veces la hemos invocado. Quizá en algún momento estuvo, acodada y observando todo esto. Hay otra fotografía: Eusebio Marcilla, el caballero del camino. Su automóvil levanta una polvareda que se junta con el humo de los cigarrillos. Y todo se va evaporando con la tarde y va ascendiendo hacia allí, hacia el cielo. Al cielorraso grasiento que nos contempla desde arriba como un ángel borracho, empedernidamente sabio. |