Konstandinos Kavafis
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| PALABRAS PRELIMINARES
Por Harold Alvarado Tenorio Konstandinos Kavafis (1863-1933) nació y murió en Alejandría. Fue el último, de nueve hijos, de una pareja de prósperos comerciantes fanariotas de Constantinopla. Su padre, Pedro Kavafis, se había casado a mediados de siglo con una muchacha de catorce años, Khariklia Potiadis, hija de un rico mercader en diamantes que decía descender de un obispo de Cesárea y de un príncipe de Samos. Después de su matrimonio se estableció en Liverpool, donde tenía una casa de exportación de telas e importación de algodón. En mil ochocientos cincuenta y cuatro se mudaron a Alejandría para establecer una sucursal de su negocio. Pedro Kavafis murió en mil ochocientos setenta, cuando Konstandinos tenía siete, dejando una escasa fortuna, luego de haber sido uno de los más ricos comerciantes de la ciudad. Tres años después, Khariklia decidió regresar a Liverpool en un intento por rehacer la fortuna de su marido, pero la inexperiencia de sus hijos los llevó a la ruina definitiva, teniendo que volver a Alejandría en mil ochocientos setenta y nueve. Frente a nosotros, como una fila de velas encendidas, -radiantes, cálidas y vivas- están los días del futuro. Los días del pasado son esas velas apagadas. Las más cercanas todavía humeantes, las más lejanas encorvadas, frías, derretidas. No quiero verlas. Me entristece recordar su brillo. Frente a mí miro las velas encendidas. No quiero mirar hacia atrás y asustarme: cuán rápido la negra fila avanza, cuán rápido las velas apagadas crecen. Takeria Si las velas, en sus sucesivas desapariciones son las distintas vidas de nuestro pasado, el viaje de Ulises a la búsqueda del hogar y el amor, que Penélope conserva tejiendo y destejiendo los días, más que las experiencias de un cuerpo que se agota como las luces individuales de las lámparas, es una búsqueda y comprensión de aquellos que hemos sido. Ulises prudente frente a Aquiles desmesurado, cálculos precavidos del procedimiento más oportuno frente a una carrera precipitada por el camino más corto, la vida debe ser una continua búsqueda del significado del viaje hacia Itaca, tocando distintos puertos, conociendo como premio por la paciencia el amor de una joven, Nausícaa, y partiendo otra vez, hasta llegar al puerto que el destino designa como fin de la peregrinación para llegar a la sabiduría. Cuando partas hacia Itaca pide que tu camino sea largo y rico en aventuras y conocimiento. A Lestrigones, Cíclopes y furioso Poseidón no temas, en tu camino no los encontrarás mientras en alto mantengas tu pensamiento, mientras una extraña sensación invada tu espíritu y tu cuerpo. A Lestrigones, Cíclopes y fiero Poseidón no encontrarás si no los llevas en tu alma, si no es tu alma que ante ti los pone. Pide que tu camino sea largo. Que muchas mañanas de verano hayan en tu ruta cuando con placer, con alegría arribes a puertos nunca vistos. Detente en los mercados fenicios para comprar finos objetos: madreperla y coral, ámbar y ébano, sensuales perfumes, -tantos como puedas- y visita numerosas ciudades egipcias para aprender de sus sabios. Lleva a Itaca siempre en tu pensamiento, llegar a ella es tu destino. No apresures el viaje, mejor que dure muchos años y viejo seas cuando a ella llegues, rico con lo que has ganado en el camino sin esperar que Itaca te recompense. A Itaca debes el maravilloso viaje. Sin ella no habrías emprendido el camino y ahora nada tiene para ofrecerte. Si pobre la encuentras, Itaca no te engañó. Hoy que eres sabio, y en experiencias rico, comprendes qué significan las Itacas. Ithaki Terminado el viaje, consciente o no, en la ciudad que cada uno llevamos, terminaremos nuestros días. Consumido el tiempo que nos fue dado, si no alcanzamos la riqueza que da el conocimiento, no habrá nuevos puertos y todas la partidas serán inútiles: Dices: «Iré a otra tierra, a otro mar, otra ciudad mejor que ésta encontraré. Todos mis esfuerzos son una condena y casi muerto está mi corazón. ¿Hasta cuándo podré, aquí, languidecer? Adonde vea, cualquier cosa que mire, veo las negras ruinas de mi vida aquí donde he gastado tantos años, desperdiciados, destruídos totalmente» No encontrarás otra tierra, otro mar. La ciudad te perseguirá. Caminarás las mismas calles, envejecerás en los mismos barrios, en las mismas casas encanecerás. Aquí terminarás, no esperes nada mejor. No hay barco para ti, no hay camino. Como has destruido aquí tu vida, en esta angosta esquina de la tierra, así las has destruido en todo el mundo. I polis Muros, Ventanas y Monotonía son testimonio de la hostilidad social que padecía Kavafis al finalizar el siglo. Un monótono día sigue a otro igualmente monótono. Sucederán las mismas cosas una y otra vez, los mismos momentos van y vienen, un mes viene tras otro y es fácil decir qué sucederá: Las mismas cosas de ayer y la mañana nunca parece el mañana. Monotonía El dios que abandona a Antonio culmina esta serie de poemas donde Alejandría es sinónimo del destino. Kavafis logró con este texto uno de los tonos más altos, utilizando como asunto un decir que aparece en Vida de Antonio, de Plutarco, según el cual una ruidosa manifestación anunció su muerte. A medianoche, cuando oigas de repente una invisible procesión que pasa acompañada de exquisitas músicas y voces no lamentes -en vano- las suerte que pierdes: tus trabajos perdidos, tus planes que terminaron en deseos. Como quien lo esperaba, con valor. di adiós, a Alejandría, que se aleja. No te engañes, no digas que es un sueño. que tu oído se equivoca. No te engañes en vanas esperanzas. Como quien lo esperaba, con valor, como corresponde a alguien que merecía una ciudad como ésta, con paso firme acércate a la ventana y escucha, con profunda emoción, sin lamentos, sin súplicas cobardes, como un último placer, los sonidos. los maravillosos instrumentos, de esta secreta procesión, y di adiós a Alejandría que así pierdes. Apoleipei o Theos Antoniom En la búsqueda de los medios para expresar sus sentimientos eróticos o representar los dobles parámetros de la sociedad para juzgar las pasiones del individuo, Kavafis usó durante algún tiempo de asuntos históricos, una veces reales, otras creados. Ese segundo grupo de poemas donde Kavafis quiere confesarse ha sido llamado por Keeley, la Alejandría mítica, frente a la Alejandría del destino del primer grupo. Semihistóricos las más de las veces, poco a poco Kavafis va despojándose de los destinos colectivos para confesar unas historias personales que concluyen en el anonimato; los protagonistas, más que ellos, deben ser nosotros. Pintor y poeta, corredor y lanzador de disco, bello como Endimión, Ianthis, hijo de Antonio, de familia muy afecta a la sinagoga. «Mis mejores días son aquellos cuando suspendo la búsqueda de la sensual belleza, cuando abandono el elegante y difícil culto al helenismo, con su extremada devoción a los bien formados, corruptibles miembros, y me transformo en quien quisiera ser: un hijo de hebreos, los sagrados hebreos». No pudo cumplir sus deseos. El hedonismo y el arte de Alejandría hicieron de él un hijo predilecto. Ton Ebreon, 50 M.X. Exiliados responde al postulado kavafiano de las posibilidades históricas. El episodio tiene lugar durante la ocupación árabe de Alejandría e inmediatamente después de la muerte del emperador bizantino Miguel III a manos del coemperador Basil I, restaurador de la dinastía macedónica. Los enemigos de Basil y los seguidores de Photio, patriarca de Constantinopla depuesto por el nuevo emperador, confían vencer al tirano, pero esa confianza en el destino es la ironía que hace memorable el poema: Aún sigue siendo Alejandría. Caminas un poco a lo largo de la calle que lleva al hipódromo y puedes ver palacetes y monumentos que te asombran. A pesar de las guerras, a pesar de lo pequeña que es ahora, sigue siendo una ciudad maravillosa. Con excursiones, libros y estudios el tiempo va pasando. Cuando cae la tarde, nos reunimos frente al mar, nosotros cinco (todos, claro, con nombres falsos) y algunos de los griegos que aún quedan en la ciudad. Algunas veces hablamos de asuntos religiosos (la gente aquí parece inclinarse hacia Roma) y otros, de literatura. El otro día leimos unos versos de Nonnos: ¡cuánta imaginación, qué ritmo, qué armonía! Entusiasmados, como admiramos al Panopolitano. Así pasan los días y nuestra estadía no es desagradable porque, naturalmente, no va a ser para siempre. Hemos tenido buenas noticias: si nada sucede, de lo que está en marcha en Smirna, entonces, en abril nuestros amigos irán a Epiros. Así, de una forma u otra nuestros planes se realizarán, y fácilmente derrocaremos a Basil. Cuando lo hagamos, llegará al fin, nuestro turno. Exoristoi Cesarión es Ptolomeo XVI, hijo de César y Cleopatra. En el treinta y cuatro, Antonio lo hizo Rey de Reyes, pero Octavio, haciéndole regresar a Alejandría con engaños, le dio muerte. Se dice que siguió al pie de la letra las palabras de Homero (Ilíada, II, 204): No están los tiempos como para muchos Césares. Kavafis crea la imagen de este muchacho cuyo destino estaba marcado. Poema erótico-histórico que le permite darle un rostro y unos miembros acordes a su deseo. Cesarión, que en la historia es unas pocas líneas, gracias a la poesía queda inmortalizado, con una belleza y un pavor que quizá no conoció el pequeño César a la hora de su muerte. En parte para verificar los sucesos de cierto período, en parte para matar una hora o dos, anoche tomé y leí un volumen de inscripciones sobre los Ptolomeos. Los elogios pródigos y las lisonjas son idénticas para cada uno. Todos son brillantes, gloriosos, poderosos, benévolos; cada cosa que emprenden está llena de sabiduría. Otro tanto para las mujeres de su tiempo, Berenices y Cleopatras, ellas también, todas, son maravillosas. Cuando encontré los datos que quería iba a dejar el libro, pero una rápida e insignificante mención al rey Cesarión llamó mi atención... Así llegaste con tu indefinible encanto. Poco se ha escrito de ti en la historia, y puedo modelarte libremente en mi mente. Te hice bien parecido y sensible. Mi arte da a tu rostro una soñada, atractiva belleza. Y tan bien te imaginé que ayer, en alta noche, mientras mi lámpara se apagaba -deliberadamente dejé que se apagara- creí que entrabas en mi cuarto, creí que ante mí estabas, como has debido estar en esa vencida Alejandría que perdías, pálido y agotado, perfecto en el dolor, esperando que de ti se apiadasen los abyectos que murmuraron: «demasiados Césares». Kaisarion Los epitafios a Ignacio, Lanis y Iasis cuentan cómo han padecido la influencia de la libre vida alejandrina. Ignacio muere Ignacio, pero había sido Kleón, famoso por sus bienes y belleza; Lanis no quiso prestar su cuerpo para la creación de un nuevo arquetipo, y Iasis fue consumido por las llamas de los vicios alejandrinos. Todos piden clemencia a quien lea las inscripciones de sus tumbas. Aquel Lanis que amaste no está aquí, Marcos, en esta tumba donde vienes a llorar y permaneces. El Lanis que tú amaste está contigo en tu casa, cuando te guardas a mirar el retrato que aún guarda lo más valioso de él, que guarda lo que más amaste. ¿Recuerdas, Marcos, cuando trajiste al famoso pintor de Kyrynia, del palacio del procónsul? Con cuánta astucia trató de persuadiros, al ver a tu amigo, que debía pintarlo como Jacinto y así su retrato sería famoso. Pero tu Lanis no quiso prestar su belleza; con firmeza, se opuso al pintor diciendo que no quería parecerse a Jacinto, ni a ningún otro, sólo a Lanis, hijo de Rametijos, un alejandrino. Lanis tafos Myris: Alejandría año trescientos cuarenta después de Cristo, es uno de sus exquisitos bricollages, donde erotismo e ideología, tejen una respuesta a la hipocresía. La representación de una farsa, hypokrisía, que no puede compartir quien conoció al difunto ejerciendo los ritos paganos, es apenas uno de los aciertos del poema. La doble vida de Myris, expuesta en el texto, sugiere que al morir, el cuerpo que ha fingido virtud, puede corromper. Kavafis entonces hace que el protagonista se retire de la escena y conserve los recuerdos del placer como esa otra realidad que no percibe el mundo ritual del cristianismo. Alejandría, el paraíso en vida, esta aquí opuesto a Cristo, el paraíso tras la muerte. La carne como espíritu versus la fe como paz. ¿Fue consciente Kavafis de esas posibles connotaciones? No lo sabemos, pero la minucia del título algo indica. Cuando supe la noticia, que Myris había muerto, fui a su casa, aun cuando evito entrar en casa de cristianos que tienen lutos o fiestas. Me detuve en el zaguán. No quise entrar, me di cuenta que los parientes del difunto me miraban con sorpresa y disgusto. Le tenían en un gran salón. Desde el rincón donde yo estaba pude ver los preciosos tapetes y los jarrones de oro y plata. Me quedé llorando en un rincón del corredor. Pensé que sin Myris nuestras reuniones y paseos no serían los mismos. Pensé que nunca volvería a verle en nuestras indecentes y maravillosas amanecidas gozando, riendo y recitando versos, con su perfecto sentido del ritmo. Pensé que había perdido para siempre su belleza para siempre, el joven que adoraba con pasión. Unas viejas, cerca de mí, hablaron en voz baja del último día de su vida: el nombre de Jesús siempre en sus labios, en sus manos la cruz. Luego, cuatro sacerdotes cristianos entraron al salón suplicando a Jesús o María, (no conozco bien esa religión). Sabíamos que Myris era cristiano, desde el principio, cuando vino a nuestro grupo, lo supimos. Pero vivía como nosotros, más entregado al placer, gastando su dinero en diversiones. Sin preocuparse de la opinión ajena participaba en nocturnas disputas callejeras cuando nos enfrentábamos a nuestros rivales. Nunca habló de su religión. Incluso una vez dijimos que deberíamos llevarle a Serapión pero, ahora recuerdo, no pareció gustarle la broma. Sí, ahora recuerdo otros dos incidentes: cuando hicimos libaciones a Poseidón se apartó del grupo y miró a otro sitio, y cuando uno de nosotros, con el fervor, dijo «El sublime y grande Apolo nos proteja y favorezca» Myris, sin que lo notaran, dijo: «Conmigo no cuenten». Los sacerdotes rezaban en voz alta por el alma del joven. Me di cuenta con cuanta diligencia, con cuánto respeto por sus ritos estaban preparando el funeral. De repente, una rara sensación me invadió: inefablemente sentí cómo Myris se alejaba de mí; sentí que él, cristiano como era, había permanecido ligado a su gente, mientras yo me iba convirtiéndo en un extraño. Sentí incluso cómo una doble duda me embargaba: había sido engañado por mi pasión, y siempre había sido un extraño para él. Huí de esa horrible casa, huí antes que mis recuerdos de Myris pudieran ser robados, pervertidos por su cristianismo. Myris, Alexandria tou 340 M.X. Lo que podemos llamar estética kavafiana viene, sin duda, del uso de la lengua popular, en la que se puede menos pensar que cantar, pero con la cual Kavafis medita un destino o retrata un recuerdo, sin que la verdad de los hechos o los sentimientos determinen el efecto último del poema. El poder de sugestión importa más que la realidad. Esa es la razón para que muchos de sus poemas eróticos puedan ser calificados también de filosóficos; es el pensamiento, y no la carne misma, la que evoca la pasión que da una respuesta a una moral cazurra o farisea. Candelabro es un buen ejemplo de esa maestría. Sólo los versos finales remiten a los sentimientos; la visión de las llamas y su penetrante luz son metáforas de la pasión, y el pensamiento puede decir para quien no es este tipo de luz o ejercicio del placer: En un cuarto -vacío, pequeño, cuatro paredes cubiertas de tela verde- un hermoso candelabro arde cálidamente; y en su ardor, cada una de nuestras pasiones arde también con violenta lascivia. En el pequeño cuarto, donde brilla el vívido fuego del candelabro, la luz es única No es para cuerpos tímidos la voluptuosidad de estas llamas. Polyleos A partir de mil novecientos doce Kavafis comenzó a publicar y escribir poemas abiertamente homosexuales. En ellos se complacía al recrear, más que recuerdos, el goce de la pasión y el ardor de los deseos no satisfechos. Ahora importaba menos la erudición y la historia pues había descubierto que en los cuerpos de la juventud hay una sabiduría que aquellos no aportan. La saciedad de los deseos será fuente de conocimientos. La habitación era barata y sórdida, oculta sobre la dudosa taberna. Desde la ventana podías ver la sucia y estrecha callejuela. Desde abajo venían las voces de algunos obreros, que jugaban a las cartas y se divertían. Y allí, en esa pobre y usada cama tuve el cuerpo del amor, tuve los labios voluptuosos y rosados de la embriaguez, rosados de tanta embriaguez que ahora, cuando escribo, después de tantos años, en esta casa solitaria vuelvo a estar borracho. Mia nyxta Kavafis creó también una estética donde lo pobre, lo sucio, el desempleo y la miseria podían ser objeto de belleza. Indiferente, como debió ser en ideas políticas, su progresividad surge de los sujetos a quien se dedicó a celebrar y que para los hombres y mujeres de su tiempo no merecían el canto. |
Konstandinos Kavafis |
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Versión de Harold Alvarado Tenorio |
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| TUMBA DE EURION (1912) |
En esta tumba rica en diseño, toda en mármol de Tebas, cubierta con lirios y violetas- yace el hermoso Eurion, un alejandrino de veinticinco años. Descendiente de macedonios y magistrados estudió filosofía con Aristokleitos y con Paros, retórica, y en Tebas leyó las Sagradas Escrituras. Redactó también una historia de la provincia de Arsinoe. Todo eso al menos habrá de sobrevivirle. Pero perdimos para siempre lo que era realmente precioso: su cuerpo, una visión de Apolo. |
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| CANCIÓN DE JONIA (1911) |
Aun cuando rompimos sus estatuas y les sacamos de sus templos los dioses no han muerto. Es a ti, tierra de Jonia, a quienes ellos aman, es a ti, a quienes sus almas recuerdan. Cuando llegan las mañanas de Agosto un vigor emana de sus almas y se agita en tus aires y a veces, un muchacho, de etérea juventud, indefinible, como una sombra alada, se aleja cruzando tus colinas. |
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| ANTE LA TUMBRA DE ENDIMION (1916) |
Vine de Mileto a Latmos en un blanco carruaje de cuatro mulas, blancas como la nieve, con arneses de plata. Navegué desde Alejandría en una nave púrpura para hacer ritos secretos- libaciones y sacrificios en honor de Endimión. Aquí esta su estatua y miro, con asombro, su celebre hermosura. Entonces mis esclavos arrojan sobre ella canastas de jazmines y a mi cuerpo regresan los placeres de los días de ayer. |
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| UNO DE SUS DIOSES (1917) |
Cuando uno de ellos cruzaba por la plaza de Seleucia, justo en el momento en que caía la tarde, -caminando como un muchacho, alto y hermoso, con el goce de un ser inmortal en los ojos, con el pelo negro y perfumado-, las gentes le miraban y se preguntaban si lo conocían, si era un griego de Siria, o acaso un extranjero. Pero aquellos que observaban con atención comprendían, y haciéndose a un lado mientras él se alejaba bajo los portones, entre las sombras y las luces de la tarde hacia el barrio donde vive noches de alcohol y lascivia, pensaban cuál de Ellos sería y para qué sospechoso placer había bajado hasta las calles de Seleucia desde aquellas Augustas Moradas. |
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| EN UN PUEBLO DE OSROENE (1917) |
Ayer, a media noche, herido en una riña de taberna, trajeron a Rémona, nuestro amigo. A través de la ventana la luna iluminaba su cuerpo. Somos una mezcla de sirios, griegos, armenios y medos. Rémona es uno de ellos. Pero anoche cuando la luna iluminaba su entrañable rostro pensamos de nuevo en el Cármides de Platón. |
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| EN LA CUBIERTA DEL BARCO (1919) |
Se parece a él, por supuesto, este pequeño retrato hecho a lápiz. Fue hecho de prisa, en la cubierta del barco, una tarde mágica, con el mar de Jonia rodeándonos. Se parece a él, aun cuando le recuerdo más bello. Era de una sensibilidad casi enfermiza y eso iluminaba más su rostro. Y más hermoso me parece ahora cuando le recuerdo hace ya tantos años. Hace ya tantos años. Todo ha envejecido- el retrato, el barco y aquella tarde. |
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| DÍAS DE 1901 (1927) |
Lo que había de singular en él, a pesar de su vida disoluta y su vasta experiencia sexual y que, muchas veces sus actos concordasen con sus años, eran aquellos momentos ciertamente, muy raros-, cuando su cuerpo parecía intocado. La belleza de sus veintinueve años, por el placer puesta a prueba, a veces recordaba extrañamente a un muchacho que -con cierta torpezapor primera vez al amor entrega su cuerpo. |
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| DÍAS DE 1909, 1910 y 1911 (1928) |
Era el hijo de un marinero indigente, de una isla del Egeo. Trabajaba para un herrero y vestía pobremente. Sus zapatos gastados, sus manos manchadas de orín y de aceite. Al caer de la tarde, cuando cerraban la fragua, si algo deseaba, una corbata cara, digamos, una corbata para los domingos, o si en una vitrina había visto alguna bella camisa, por uno o dos taleros ofrecía su cuerpo. Ahora me pregunto si en los tiempos antiguos tuvo Alejandría, la gloriosa, un joven tan apuesto y tan bello como este que perdimos. Nadie hizo, por supuesto, su estatua o su retrato. En aquel astroso taller, entre el calor de la fragua y el penoso trabajo, entre el deleite y las pasiones, terminaron sus días. |
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| DÍAS DE 1908 (1932) |
Aquel año estaba sin trabajo; y malvivía del juego de las cartas, de los dados y los préstamos. En una papelería le habían ofrecido un empleo de tres libras al mes. Pero lo rechazó. No era un sueldo para él, joven bien educado y con veinticinco años. Apenas si ganaba dos o tres chelines diarios. De los naipes y los dados, ¿qué podía obtener un muchacho como él, en cafés de mala muerte, así jugara con astucia o eligiera los más tontos? Y aun cuando mucho prestara, rara vez tenía un talero. Con frecuencia iba a la playa. Su traje era siempre el mismo uno color de canela, ya muy descolorido. ¡Oh días del verano de mil novecientos ocho! de vuestro recuerdo, por obra del arte, se ha borrado aquel traje. Ahora lo evoco mientras se lo quitaba y lo arrojaba lejos junto a su pobre ropa interior. Y quedaba desnudo, íntegramente bello. Sus cabellos revueltos, Sus glúteos y brazos y piernas doradas por el sol en aquellas mañanas de baños en la playa. |
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| EN LA PEQUEÑA CIUDAD SIN ALEGRÍA |
En la pequeña ciudad sin alegría trabaja como empleado en un gran almacén. Es muy joven. Espera que pasen dos o tres meses y que la afluencia de clientes disminuya, para volver a la metrópoli y sumergirse en el movimiento, en las distracciones. Espera, y esa noche, en la pequeña ciudad sin alegría, está acostado en su lecho, presa del deseo. Toda su juventud arde en pasión, hermosa juventud llevada por el bello arrebato de los sentidos. En sueños, la voluptuosidad vino a él. En sueños, cree poseer el cuerpo, la carne deseada. |