Lourdes Rensoli Laliga
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| DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS
Nacida en La Habana en 1952. Graduada de Filología Hispánica en la Universidad de la Habana, se especializó en Literatura medieval española y en Historia de la Filosofía. Trabajó como profesora de Historia de la Filosofía en la Facultad de Filosofía e Historia de la mencionada universidad durante 19 años, en los que dirigió el grupo de historia de la filosofía de dicho centro. Entre 1988 y 1998 ha residido en Alemania y España. Actualmente vive en los E.U. Libros publicados Filosofía
Poesía
Ensayos
Premios y distinciones
Traducciones
Conferencias
Membresías
Lecturas
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Lourdes Rensoli Laliga lrensoli@yahoo.es |
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SATURNALIA I - El siervo |
En los oficios bajos reside mi venganza, la concesión perenne me ha forjado, pecaminoso halago vaga por las mansiones cuando dispongo el día: me divierto de incógnito. Sus conciencias denotan el engaño, sienten ese viscoso fluir de los deseos de quien se cree dueño de las cosas sin ocultar de mí sus intenciones. Soy visto y no advertido. Esta noche me esfumo. Les quedará mi máscara y el temblor de los vientos helados que me rondan. |
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| II - El amo |
Todo está confundido. Lo que creímos orden se ha tornado contienda, el íntimo acertijo de todo lo azaroso escondido a la sombra de follajes triviales. Desechado lo exótico, se anuncia con clarines en toda su hermosura. Majestad de lo turbio, de lo insignificante, eterno y escondido, peñascos que sostienen en secreto montañas, mensajes de lo ignoto presidirán el vuelco de todo lo posible. Hoy se revelarán los acertijos: helo aquí, descubierto, mineral venenoso simulado entre sartas de piedras de colores. Preguntadle: su blanca cabellera doblega a los más fuertes, en sus frágiles huesos reside el poderío de la magia. Reverenciad sus pies, no nos niegue sus lentas, terribles profecías. Columnas de irisados espejismos, de duendes fatigados ocultan el castigo de presenciar sin velos. El anciano sonríe. |
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| III - Genuflexión |
La tormenta devasta la pradera, las raíces monstruosas se fugan en bandada, bestias enloquecidas braman, corren, aplastan la hierba, los parajes otrora florecidos. Genio de la venganza rinde culto a sus huestes con un rito maléfico. En el jardín del templo de los lares danzan los celebrantes su muerte prematura en asombrosa orgía, adornados con tiaras de esmeralda. Invocan la presencia que lenta va marcando sus contornos con pinceladas negras, cabezas que se hunden. El viento, desatado, rompe setos de agua, el tropel no distrae la cadencia, se doblan las rodillas junto al túmulo en torno al cual se juega la guerra primitiva. Piedra de sortilegio, ónix fálico desencadena el rayo. |
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| IV - El rey de los locos |
Todo quedó vacío. Nada importan la música, las luces, los colores fantásticos, el común regocijo de esta noche, nada cuenta el ensueño permitido. Todo sangra, de las paredes brotan negros coágulos. El vientre del paisaje se consume, sangran los inocentes madrigales, los vitrales, pequeños vanidosos. El carro va perdiendo su suspiro, se vacía, se carcome de bruma. Cubierto con el manto, en su interior acecha el mordaz asesino, el bufón de la muerte con su cadena de retoños pálidos y frutas que semejan carne pútrida, con un tropel de harapos y huesos irreales, ridículos. Los dientes se proyectan y caen y se hunden en el suelo. El sólo reconoce su condena a presidir la procesión de manchas nada conmovedoras, de torpes criaturas arrobadas sin nada que distinga sus nombres ni sus rostros, sin nada que provoque una tarde de fiesta ensombrecida, remedos de quien yace más allá de lo humano, estela vagabunda, susurrante, festín de los cebados que miran desde fuera, carnaval de los locos con un rey sin historia, incógnita medusa, sacro engaño. |
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| V - El haba |
Tarda fiesta de ayer, sin alegría, con el aire cansado de aquel que largamente ha aguardado un acaso que arriba ya partida la esperanza, y ocupa su lugar en el banquete con la expresión debida, con la sonrisa exacta, con la palabra justa para cada invitado (¿quiénes son? ¿quién los manda? ¿a qué han venido?). Y corre la gacela con mil dardos, estrellas de seis puntas, clavados al costado, persiguiendo la muerte en la floresta. Su postrer estertor sacude al celebrante, los presentes se vuelven sorprendidos. El les devuelve calma, neutralidad, pereza con su pastel de reyes mostrando como causa del temblor de su cuerpo el haba, diminuta calavera con una cruz gamada entre las órbitas. |
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| VI - La fortuna |
Yo soy el dios bifronte, conozco los caminos que saludan las ruedas de mi carro, ante mí se deshacen la soberbia y la ira, el amor se convierte en lenitivo. Se desdoblan uniones al paso de mi hoz, de mi clepsidra incógnita, en piedad de fingir algún anhelo, en juegos renovados para estirpes malditas que se creen lavadas por su falta de culpa. Soy el padre del sol y de la sombra, de mi melancolía se origina la calma, de ella la emoción suave y perversa, de ella el holocausto, de él el estallido. Los pasos de mi danza restituyen el barro primordial. Yo genero el silencio, yo clamo, acecho, salvo, pronuncio la sentencia irrevocable, al momento la burlo. Mis dos caras disputan, se persiguen, se atacan, quimera de mi esencia incomprensible. Me escapo de los hombres, otorgo a quien me porta el privilegio de la acción incesante, del combate perpetuo y orgulloso, del marchar sin fatiga contra el real absurdo. Humillo sus cabezas y las ciño más tarde con coronas que tornan inmortales su memoria y su cuerpo no su razón, efímera ventura. Soy el desconocido, recojo las ofrendas cuando nadie me aguarda, trunco las ceremonias que me invocan, en su lugar genero pensamientos sacrílegos que alimenten la angustia de los inmaculados y cierren al amor las siete puertas y duerman convertidos en semillas letales. Yo otorgo la virtud, la creación, el canto a quien mida conmigo su mísera armonía, precio de su locura. Mi corona destella con la luz primigenia y todos me maldicen y me alaban sin sospechar que está también previsto. Sé devorar las piedras, mas mis dientes de plomo se fingen impotentes por amor a los justos cuya gloria preparo con torturas y afanes que despojen sus almas de vanidad y apego. Ellos son avatares de mis manos para estrechar al cosmos contra mi corazón impenetrable, cuyos latidos son revoluciones de mi rueda infinita. |
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| VII - Uno y lo mismo |
Bosque mudo, tallos petrificados, duendes que invernan en su negra fronda, legado de una estirpe consumida cuya postrer batalla detuviera el latir de la floresta como eterna esperanza, como aviso: "Renaceré en un día de nieve y de ventisca, renaceré en el duro gemir de los volcanes, mi paso por la tierra no fue más que un vibrar del arco eterno. Renaceré sin sol, en lo profundo donde gélidas fuerzas pugnan por abatirme, renaceré sin paz para los débiles pero con el consuelo de la leche lunar, de las lanzas de plata que puedan custodiar las negras bocas, pozos emponzoñados. No traeré sonrisas sino trenos para mi antigua vida. Será dulce saber del origen del bosque, de cómo los enanos tallaron sus contornos, las aéreas raíces que amenazan. Imitaron el canto de los pájaros engañando a las bestias, revelando el camino de los dioses prestos a renovarse. Renaceré en la cima donde luchan los metales candentes con los hielos. El vuelo de las aves anunciará mi nuevo despertar, las vísceras abiertas contarán mi llegada, será un día grandioso, de victoria, de asombrosos misterios, consolará de muertes, de martirios feroces, prolongados. Será un bálsamo azul, una vieja promesa florecida para el postrer guerrero, que aquí yace bajo las piedras, solo, tan solo como el trueno que engendrara a sus padres, que diera a los ancestros las llaves de su mundo. Descansa aquí, olvidado hasta un día de gloria." Esqueléticas ramas se entrecruzan, descienden las tinieblas, se cierran los caminos de las combinaciones. El juego, aletargado, palpita en sus entrañas. |
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| Epílogo: Cabra |
Recordad que he vivido, que he alentado y de buen grado o no, me he volcado en vosotros. He recorrido todos los minutos de vidas infinitas, he amado los espinos, las sendas escarpadas, he trepado hasta el monte, a refugiarme en las más altas grutas (y mi vista abarcaba vuestros valles, vuestras viejas aldeas, siempre allí, a buen recaudo). Es hora de marchar, del salto último, del salto hacia el abismo, hacia el torrente. Cuando encontréis mis huesos, recordad que he vivido, que he alentado, recordad que he vivido. |
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| Cifra |
Llega siempre el instante de apartarnos de amigos y enemigos, no de partir, sino salir al paso a una presencia muda, casi amable, menospreciable a veces por modesta a no ser esa gélida sonrisa que despierta un horror ancestral en nuestra sangre. Hay que afrontarla solo: su mirada no permite terceros. Nos recuerda muchas veces los actos de nacer y morir, los más culpables que nunca disponemos (¿o el olvido intenta redimirnos de certezas imposibles de asir, o de un peligro apenas concebible?) Estamos solos, siempre lo hemos estado aunque intentemos protegernos con música y rituales ligados a la especie como las estaciones y sus danzas, como las ceremonias en los ríos y bosques, que incansables repiten hasta sugestionarnos que el universo alcanza con nosotros su mayor plenitud, que somos parte de un sistema infinito, que el hechizo mortal o fecundante, brota de nuestros labios. Son piadosas mentiras de la especie, cuyos miembros resaltan al recorrer temblando esas moradas de inaccesible origen. Pero algo queda sin explicar, en un alerta que nos conecta al pulso de un pasado presente en cada intento de apresar un enigma y convertirlo en fin, en esperanza, algo que nos carcome los sentidos al volverse pregunta: ¿Quién nos aguarda entonces a la vuelta de cada amanecer, de cada espina? ¿quién nos aguarda entonces a la vuelta de todos los silencios? y por último, ¿quién nos acompañaba hasta hace apenas un instante? ¿por qué no recordamos ya su nombre, ni siquiera su rostro? |
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| Identidad y límites |
A mi bisabuelo, el desconocido ¿Quién soy? ¿qué lengua hablo? ¿a dónde marchan mis pasos extraviados? Mil espejos han devuelto mi rostro. Durante largos siglos invisibles reuní en mis pupilas el misterio del mundo, esa oculta emoción que me guiaba. Hoy temo encontrar demasiadas evidencias de un pasado que rompa mi ser en incontables fragmentos casi vivos, como gritos de perdidas gargantas, con memoria y plenitud petrificada y pálida. ¿Algún día estos nuevos, acechantes retoños del corazón dormido encontrarán su tierra fértil y tras reconocerla, continuarán su viaje hacia el nunca-jamás? (No, no lo esperes, no podrás alcanzarlos, no lograrás siquiera estar presente, en la quimera). Noche, bendita noche, protégeme del torvo designio de los tiempos, sé mi enigma y ayúdame a vivir sin descifrar tus signos ni desafiar el anhelante cerco de esta niebla que transforma mis rasgos con cada campanada del carillón eterno. |
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| Hildegard von Bingen |
Las luces del crepúsculo bañan el monasterio, sus tintes apagados envían un aviso a la dama, mecida por el orbe interior, acariciada por rabeles, tímpanos, zampoñas jubilosas. Traza su mano bellos caracteres que fijan para siempre sus visiones: la perenne contienda de vicios y virtudes, las dos naturalezas, el Maligno. Doncellas de vestidos impolutos, blanquísimos, recuerdan lo fugaz de la existencia, los caminos cerrados en sí mismos, burlones, la verdad revelada laberíntica suma de incertidumbres. La dama no dormita, la alegría del ensueño dirige sus manos afanosas. A lo lejos, siluetas de labriegos y burgueses huyen de las tinieblas provenientes del bosque. A la luz de una antorcha ora la dama: le pertenece todo, todo el tiempo. La noche es ilusoria, no le teme, no hay que tentar al Falso con miedos y desmayos. El beso de la noche en sus pupilas se transmite a las manos diligentes: consejos y leyendas para cuantos jamás comprenderían a la dama, flotante en la capilla entre brumas de incienso sin planos temporales les dedica sus páginas). Ella vuela hacia el páramo desierto, su toca se distingue en la negrura. Las chozas apartadas han cerrado sus puertas por temor a la imagen vagabunda y a cualquier otra ánima. Ella danza sin que sus pies se apoyen en las rocas desnudas, fuegos fatuos la cercan, suplican sus plegarias. Ella traza la cruz sobre la tierra poblada de espejismos. Irreales criaturas la escoltan en un rayo de luna hasta su celda. La dama, de rodillas, sonríe mientras fuera continúa la danza. |
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| GUEMATRIA |
Cuánto andar, cuánta música olvidada al recorrer la tierra, con ayuda sólo de las palabras, cuyos signos se intercambian, se mezclan y agazapan en todas las acciones, Se entrelazan en ritmos dentro de cada cuerpo y atraen a sus hermanos, en los mares, en el caos que resta, silbante en la memoria, previo al orden primero. O en las casas en las que el pan esparce su aroma bienhechor, y danzan sin tocarse, unidos para siempre en lo recóndito. Cada amor que despierta es el primero; cada destierro, el último. Un numen, intermedio entre el alma y el ángel, ha sembrado la risa, ha impregnado de aromas y armonías el desierto. Y se esfuma, reaparece de pronto junto al lago, se refugia en el sueño y al retornar, se asombra ante las lágrimas convertidas en letras: fuego blanco posado en cada rama, en cada fruto, en el tronco común que se aventura por simas invisibles. Cada amor que despierta es el primero; cada destierro, el último. y el numen se ha dormido en los líquidos pétalos del Aleph. 27. VII. 2003 |