Murilo Mendes
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| PALABRAS PRELIMINARES
AFORISMOS Selección, traducción y nota de Rodolfo Alonso Durante 1922 estalló en Sao Paulo, por entonces apenas una ciudad de provincias, el legendario movimiento modernista brasileño. Auténticamente vanguardista, fue en realidad la antípoda de su homónimo, el modernismo hispanoamericano. Adelantado a las grandes corrientes europeas (el surrealismo iba a tardar, por ejemplo, todavía un par de años en concretarse), no sólo marcó por eso en forma ineludible, orgánica, su carácter latinoamericano sino también porque, siendo estéticamente de avanzada, supo investir al mismo tiempo una revalorización y hasta una potenciación de los valores más hondos de su comunidad, de su país y de su cultura. DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS Poeta brasileño nacido en Juíz de Fóra (Minas Gerais) en 1901, y muerto en Lisboa en 1975. Su extensa obra poética, lo sitúa entre los nombres más relevantes de la literatura brasileña. Publicó, también, numerosos artículos sobre artes plásticas y literatura. Libros publicados
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Murilo Mendes |
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| Lamento del poeta actual |
Me dieron un cuerpo, sólo uno para soportar callado tantas almas desunidas que chocan unas con otras de tan variadas edades; una nació mucho antes de que yo apareciera en el mundo, otra nació con este cuerpo, otra está naciendo ahora, hay otras, ya ni sé bien, son mis hijas naturales, deliran dentro de mí. Quieren cambiar de lugar, cada una quiere una cosa, ya no tengo más sosiego. Oh Dios, si existes, junta mis almas desencontradas. De O visionário, 1941 Traducción de Rodolfo Mata |
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| El taxi |
Mi lengua rompió mi pelo delicado hasta erizarte los huesos de esas piernas tuyas que invenciblemente me abrazaron. Y el hombre del taxi volandero que arrasaba las calles buscando un hotel se fue de los espejos despreció los silbatos los semáforos eligió otros rumbos y a la puerta de su casa nos puso exactamente. Ah Erótica mía recuerdas que bajamos repletos de música y zumbidos tú ibas saltando en un zapato mío yo tenía en el pecho tu suéter de miel. El señor del taxi nos trajo dos copas amarillas de ron: después que bebimos supo desnudamos con un gesto de hambre global. Erótica mía nos condujo a su cama de ropas alteradas periódicos cenizas cuerpo en soledad. Y así fue Erótica mía que ejercimos nuestra esgrima inevitable en aquel territorio sin noche ni sol. El señor del taxi observaba la espuma furiosa que rompía las puertas y rasgaba la pared. Nos esperó sentado en su barco de ruedas como un almirante besado por el mar. |
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| Jandira |
El mundo comenzaba en los senos de Jandira. Después surgieron otras partes de la creación: Surgieron los cabellos para cubrir el cuerpo, (a veces el brazo izquierdo desaparecía en el caos). Y surgieron los ojos para vigilar el resto del cuerpo. Y surgieron sirenas de la garganta de Jandira: El aire entero quedó rodeado de sonidos más palpables que los pájaros. Y las antenas de las manos de Jandira captaban objetos animados, inanimados, dominaban la rosa, el pez, la máquina. Y los muertos despertaban en los caminos visibles del aire. Cuando Jandira peinaba su cabellera... Después el mundo se develó completamente, se fue levantando, armando de carteles luminosos. Y Jandira apareció entera, de la cabeza a los pies. Todas las partes del mecanismo tenían importancia. Y la muchacha apareció con el cortejo de su padre, de su madre, de sus hermanos. Ellos obedecían las señales de Jandira que crecía a la vida en gracia, belleza, violencia. Los novios pasaban, olían los senos de Jandira y eran precipitados en las delicias del infierno. Ellos jugaban por causa de Jandira, dejaban novias, esposas, madres, hermanas por causa de Jandira. Y Jandira no había pedido nada. Y se vieron retratados en el diario y aparecieron cadáveres flotando por causa de Jandira. Ciertos novios vivían y morían por causa de un detalle de Jandira. Uno de ellos se suicidó por causa de la boca de Jandira. Otro, por causa de un lunar en la mejilla izquierda de Jandira. Y sus cabellos crecían furiosamente con la fuerza de las máquinas; no caía ni una hebra, ni ella las recortaba. Y su boca era un disco rojo como un sol mínimo. Alrededor del aroma de Jandira su familia andaba atolondrada. Las visitas tropezaban en las conversaciones por causa de Jandira. Y un sacerdote en misa olvidó hacerse la señal de la cruz por causa de Jandira. Y Jandira se casó. Y su cuerpo inauguró una vida nueva, aparecieron ritmos que estaban de reserva, combinaciones de movimiento entre las caderas y los senos. A la sombra de su cuerpo nacieron cuatro niñas que repiten las formas y las mañas de Jandira desde el principio del tiempo. Y el marido de Jandira murió en la epidemia de gripe española. Y Jandira cubrió la sepultura con sus cabellos. Desde el tercer día el marido hizo un gran esfuerzo para resucitar: No se conforma, en el cuarto oscuro donde está, con que Jandira viva sola, que los senos, la cabellera de ella trastornen la ciudad mientras él se queda allí paveando. Y las hijas de Jandira todavía parecen más viejas que ella. Y Jandira no muere, espera que los clarines del juicio final vengan a llamar su cuerpo, pero no vienen. Y aunque viniesen, el cuerpo de Jandira resucitará todavía más bello, más ágil y transparente. De La virgen imprudente y otros poemas, Calicanto, 1978 Publicado inicialmente en |