Rubén Bonifaz Nuño

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PALABRAS PRELIMINARES

Entrevista a Rubén Bonifaz Nuño

por Marco Antonio Campos

El dueño de su lenguaje

El maestro Campos, uno de los mejores entrevistadores de nuestro mundo literario, conversó con nuestro grecolatino sobre temas prehispánicos, sobre “su gusto por el México antiguo”. El padre Garibay lo inició en la poesía náhuatl y en su juventud se acercó a los textos sagrados de los mayas. El maestro Campos hace en una de sus preguntas una afirmación luminosa: “Creo que sólo dos libros de lírica mexicana en el siglo XX dieron nueva vida a la poesía de nuestros antepasados: Águila o sol de Paz y Fuego de pobres de Bonifaz.” Rubén termina esta entrevista con una visión estremecedora de la caída de México-Tenochtitlán: “Hernán Cortés grita a los indios: —Quiero hablar con uno de sus grandes señores— Y uno de los nuestros responde: —Puedes hablar con quien quieras. Todos somos grandes señores—”

Coincidentemente con sus inicios en la traducción sistemática de los latinos, a fines del decenio de los cincuenta Rubén Bonifaz Nuño empezó a adentrarse con lúcida exaltación en nuestro difícil y fascinante pasado prehispánico. Ponderado o reservado cuando se trata de hablar de casi cualquier otro tema que domine, cuando se toca el México antiguo, Bonifaz se transforma y habla encendidamente o discute con pasión. Ha estudiado ante todo las culturas olmeca y náhuatl.

Bonifaz considera que todo está por decirse e interpretarse, pero para hacer una exégesis seria se debe confiar sólo en lo auténticamente prehispánico. Juzga que esto se halla muy poco en los textos de prosa y poesía que los misioneros ordenaron transcribir y mucho más en los signos de las piedras.

Entre sus libros sobre nuestra historia antigua están: El cercado cósmico (1985), Imagen de Tláloc (1986), Hombres y serpientes (1989) y Olmecas: esencia y fundación (1992)

—¿Cómo nació y se fue desarrollando su gusto por el México antiguo?

—Yo traté con indígenas, con gente como yo, desde muy temprano. Mi padre era telegrafista, y en mi casa estaba la oficina del telégrafo. Los mensajeros por lo regular eran indígenas y contaban sus historias. También tuve conversaciones con un jardinero indígena, quien incluso alguna vez me llevó una pequeña mata de mariguana para decirme que yo no debía meterme con eso.

Esos fueron los contactos humanos; el primer contacto intelectual lo tuve en el tercer año de primaria, cuando estudié la historia de México de Guillermo Sherwell, donde se habla de los indios como debe hablarse, como iguales o superiores. En toda la primera parte de su historia, Sherwell está venerando de maneras diversas a nuestros antepasados, y luego, en las páginas sobre la Colonia, tiene un capítulo, “Encomenderos y frailes”, donde muestra a los niños que éramos entonces el gran crimen cometido por los españoles al reducir a los indios a miembros de una encomienda, bajo el pretexto de adoctrinarnos. En nombre de la religión se explotaba o se mataba de hambre o de extrema debilidad.

Un siguiente contacto se dio cuando estudiaba el primero de preparatoria hacia 1940. Aunque tenía poco tiempo, porque había muchas materias que estudiar, cuando había un hueco, por ejemplo porque un maestro no asistiera, los amigos solíamos ir al billar o al café. Pero como también sucedía muy a menudo que no tuviera dinero, prefería irme al Museo Nacional, que se hallaba entonces en la calle de Moneda. Ese fue mi primer encuentro directo con las piezas de escultura prehispánica, principalmente con la mal llamada Coatlicue.

En esos años y en los años cincuenta seguí yendo al museo y empecé a preguntarle a las piedras qué eran, pero en ese tiempo lamentablemente no me contestaron.

—¿Y cómo se acerca a la poesía náhuatl?

—Debió ser por 1945. Para mí fue muy importante leer el libro Poesía náhuatl, traducido por el padre Ángel María Garibay, en la Biblioteca del Estudiante Universitario. Sin embargo ya había leído antes el Popol Vuh y el Chilam Balam de Chumayel. Todavía recuerdo líneas que me impresionan: “Se levantó la gran madre ceiba de en medio del recuerdo de la destrucción de la tierra.” O: “Me voy, soy dios, pues; soy poderoso, pues.”

—De lo que he leído, que no sea una copia desdichada de traducciones o transposiciones sin densidad poética, creo que sólo dos libros de lírica mexicana en el siglo XX dieron nueva vida a la poesía de nuestros antepasados: Águila o sol de Octavio Paz y Fuego de pobres de usted. En poemas de estos libros hallo una viva adaptación de contenidos, de imágenes, de giros coloquiales y rítmicos.

—Ese libro lo publiqué en 1961 pero debo haberlo terminado en 1958. Me sirvió mucho ser discípulo de Miguel León-Portilla a fines de los años cincuenta, quien nada cicateaba en sus clases de lo que sabía. También estudié por ese tiempo la lengua náhuatl pero quizá no aprendí gran cosa.

—Aunque las piedras al principio no le dijeron nada, más tarde parecieron hacerlo. Usted ha dicho numerosas veces que si algo no engaña ni está contaminado por la sevicia intelectual de los misioneros en los varios lenguajes del mundo prehispánico, es el lenguaje de las piedras. Interrogándolas parecen haber surgido Imagen de Tláloc, Hombres y serpientes, Olmecas: esencia y fundación, su texto sobre la Coatlicue.

—Lo he dicho y lo sostengo. Mire, precisamente al estudiar con León-Portilla, me percaté de que los textos que estudiábamos no eran prehispánicos, sino textos creados por los misioneros para amansarnos a los indios. Entonces empecé a dar en la cuenta de que no debíamos hacer mayor caso de estos textos porque están falsificados. Como se sabe, en el Calmecac se educaba a los capitanes, porque nuestros antepasados estaban hechos para hacer la guerra, una guerra, desde luego, no como se entiende ahora. Nadie puede educarse para capitán y decir: “Solamente venimos a sufrir,/ solamente venimos a llorar.” Lo que en verdad dirían ellos es esto: “Solamente venimos a conquistar,/ solamente venimos a vencer.” Los hechos históricos demuestran que era ésta la doctrina que los aztecas seguían: no la de la tristeza y la inutilidad de quien no sirve para nada y sólo viene a sufrir, sino la de quien sirve para todo y quiere dominar al mundo.

—Entonces ¿considera que no hay textos en los Cantares mexicanos y en Los romances de los señores de la Nueva España que tengan un fondo auténtico del antiguo mundo náhuatl?

—Según puedo inferir, hay cosas auténticas en los Veinte himnos sacros de los nahuas, porque hasta la fecha no hay nadie que los entienda. Digo esto apoyándome también en Sahagún, quien dice que “organizan sus fiestas y sus bailes y cantan pero no se entiende lo que dicen”. Como se sabe, nadie entonces y nadie posiblemente después, que no lo tuviera como lengua materna, llegó a saber el náhuatl como Sahagún, y si él no entendía los cantos era por algo. Por eso al leer ahora los himnos y no entenderlos, tengo la confianza de que son auténticos.

—¿Fue ese descreimiento en la verdad de los hechos lo que le hizo buscar la verdad en las piedras?

—La hipótesis a que llegué más tarde fue que debían verse las piedras porque eran verdaderas, pero que los textos debían verse con mucho cuidado para encontrar cosas verdaderas entre un cúmulo sin fin de mentiras, y que esas cosas verdaderas de los textos podían compararse con lo expresado por las piedras. En todas las grandes culturas existen textos cosmogónicos donde se explica la creación del hombre y del mundo y la función del mundo en relación con el hombre. Encontré un texto francés del siglo XVI en la Histoyre du Mexique, donde se expone el principio cosmogónico que guió la cultura de los antiguos. Este texto está comprobado hasta el último punto por las imágenes prehispánicas esculpidas. Allí fue donde encontré la imagen de Tláloc, que es siempre la de una figura humana, completa o parcial, con dos serpientes. Allí está la génesis de Imagen de Tláloc.

Entre los judíos la creación se hace para servir al hombre, mientras que entre nosotros la creación se hace para que el hombre la conserve. La cultura occidental, que deriva de las raíces judías y grecorromanas, conserva esa idea de que el hombre puede dominar a la naturaleza; los mexicanos antiguos no la dominaban, sino realizaban una alianza con ella y aun llegaban a ser ella. En ese texto se explica cómo del cuerpo del hombre se hacen la tierra y el cielo y cómo el hombre fue el motor para que los dioses crearan el universo con su cuerpo. Porque los dioses vieron al hombre y decidieron que había la necesidad de crear el mundo. No recuerdo ninguna otra cultura donde el hombre sea el motor y la materia de la creación universal. El hombre aquí ya está creado.

—En suma, en el lenguaje de la escultura está escrita la verdadera historia y dibujado el verdadero rostro prehispánicos mexicanos.

—¡Naturalmente! El hombre es por naturaleza curioso y está de continuo preguntando y respondiéndose. Como además es vanidoso y quiere perpetuar sus hallazgos, es decir, preservar sus respuestas a determinadas preguntas y dejar su testimonio de las verdades que encuentra, inventa la escritura. Pero no hay sólo las escrituras alfabética y gráfica, sino también la simbólica, como es el caso de la escultura. Y yo no considero de principio las piezas de escultura prehispánica como obras de arte (aunque muchas lo sean), sino como textos. Parto de la hipótesis de que en un principio la intención del escultor no era hacer una pieza artística sino un documento escrito.

—Hay también otras maneras de contar la historia del México antiguo. León-Portilla buscó reconstruirla a través de la poesía; usted ha tratado de explicar nuestra cosmogonía a través de pequeños cuentos.

—Hay un solo poema que está palpablemente demostrado con imágenes prehispánicas. Uno solo, y está en la Histoyre du Mexique. Lo demás es otra historia. Yo tomo ese poema para escribir los Cuentos de los abuelos, y de allí voy desprendiendo conclusiones, porque los frailes, que de seguro revisaron los textos, destruyeron el verdadero sentido. Si revisa los textos originales que yo desfiguré para hacer esos cuentos para niños, se dará cuenta de la espantosa distorsión que realizaron. En el Popol Vuh hay cuentos que da náusea leer, porque en la Colonia se trataba de deformar y falsificar lo que de grande teníamos para convencernos de lo buenos que los españoles eran. Le pongo un ejemplo: en uno de los textos cosmogónicos de la altiplanicie, se nombra a uno de los dioses que hicieron el sol y la luna en Teotihuacán como el “Bubosillo”, en un claro y total desprecio al dios que iba a ser el sol. Para empezar los indios de entonces no conocían la sífilis, y los misioneros hicieron que el dios que iba a convertirse en el sol fuera un sifilítico.

En los Cuentos de los abuelos escribí la lectura que pienso que era la indígena para sacar de allí las verdades que fundan esa creencia.

—Sus dos grandes raíces culturales fueron al antigüedad grecorromana y el mundo mexicano antiguo. ¿Qué le dieron?

—Grecia y Roma me dieron el sentido del orden y de la importancia del idioma. Puede pensarse que los griegos, que crearon tantas cosas, han sido superados en casi todas ellas, pero no en el dominio y el cultivo de la palabra.

Los romanos crearon el Derecho. Ellos me dieron la idea del orden social. Pero Roma también cuidó el idioma como cosa fundamental. Alguna vez reproduje la opinión de Julio César sobre la necesidad de conservar sólido y puro el idioma como una manera de conservar el sentido esencial del ser humano. Por eso insisto en que tenemos que cuidar nuestra lengua nacional, que sin duda es una forma del español que se nos impuso en otro tiempo, pero que, si lo dominamos, podemos enseñárselo, ya como conquistadores, a los mismos españoles, cuyos escritores y académicos desde hace tiempo escriben pésimamente. Basta con leer la última edición del Diccionario de la Real Academia Española para percatarse de que están deshaciendo el idioma. Lo malo es que ese español en estado putrefacto que se habla en España, se nos está imponiendo a través de los medios de comunicación masiva. Si usted oye la televisión y la radio advertirá con vergüenza que todos los vicios y las incorrecciones del español de España se están metiendo en nuestra lengua nacional.

Por nuestra historia de pueblo colonizado estamos obligados a tener una cultura impuesta, que dista mucho de lo que fue la nuestra. Pero para poder encontrar el valor de nuestra cultura debemos conocer y dominar la española, principalmente el idioma, que es su instrumento. Una vez que la conozca, seré dueño de algo, con lo cual podré volver a explorar lo que es mi verdadera cultura. Mi cultura no está en la Venus de Milo, sino en la mal llamada Coatlicue, la que siempre que la veo, me habla en mi idioma y me dice lo que soy. Puedo decirle que ahora, a los setenta y seis años, no puedo ver a Grecia y a Roma sino como modelos extranjeros.

Por eso he buscado que mis trabajos se introduzcan en las escuelas y en las casas. Que los niños antes de oír las grandezas de Inglaterra y de España, aprendan a conocer nuestra grandeza antigua y la vuelvan presente. O dicho de otra manera: he narrado en otras ocasiones un episodio del asedio de México-Tenochtitlán. Canal de por medio están indios y españoles. Hernán Cortés grita a los indios: —“Quiero hablar con uno de sus grandes señores.” —Y uno de los nuestros responde: “Puedes hablar con quien quieras. Todos somos grandes señores.”

Mis trabajos tienden a que eso sea lo que pensemos los mexicanos.

Publicado inicialmente en La Jornada Semanal, 10 de septiembre del 2000
http://www.jornada.unam.mx/2000/sep00/000910/sem-campos.htm

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Nació el 12 de noviembre de 1923, en Córdoba, Veracruz, México. Estudió en la Preparatoria de la Universidad Nacional Autónoma de México; cursó la carrera de derecho en la Escuela Nacional de Jurisprudencia entre 1934 y 1947 y obtuvo el doctorado en letras clásicas en 1971.

Se inició como profesor de latín en la Facultad de Filosofía y Letras, de la UNAM en 1960, hasta llegar a miembro de la Comisión de Planes de Estudio del Colegio de Letras Clásicas de la misma Facultad. Ha ocupado diferentes puestos dentro de la UNAM, desde 1954, como director General de Publicaciones, hasta coordinador de Humanidades de 1966 a 1974 y director de la Bibliotheca Scriptorum Græcorum et Romanorum Mexicana desde 1970.
   
Desde 1963, el doctor Bonifaz Nuño es individuo de número de la Academia Mexicana de la Lengua y miembro de la Academia Latinitate Fovendae de Roma.

Fue fundador y director del Instituto de Investigaciones Filológicas y miembro de la Junta de Gobierno de la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente dirige el Centro de Estudios para la Descolonización de México. Ha traducido 22 obras de clásicos grecolatinos, la mayoría de las cuales han sido publicadas en la Bibliotheca Scriptorum Græcorum et Romanorum Mexicana.

Ha publicado numerosos artículos en las principales revistas literarias de México y ha realizado una extensa labor de traducción literaria de los clásicos grecolatinos.

Además de sus notables traducciones del latín y del griego, ha escrito ocho obras de interpretación crítica relativas a la cosmogonía del mundo prehispánico, con base en el estudio de su escultura. Sus creaciones Fuego de pobres, As de oros, Albur de amor, De otro modo lo mismo son parte de su obra reunida y El templo de su cuerpo, lo consagran como uno de los poetas más altos en lengua española.

Libros publicados

  • Los reinos de Cintia. Ensayos sobre Propercio, 1978
  • Olmecas: esencia y fundación, Fondo de Cultura Económica, 1992
  • La muerte del ángel, Firmamento, 1945
  • Poética, Los Presentes, 1951
  • Ofrecimiento romántico, Los Epígrafes, 1951
  • Imágenes, Fondo de Cultura Económica, 1953
  • Los demonios y los días, Fondo de Cultura Económica, Colección Letras Mexicanas, 1956.
  • El manto y la corona, Universidad Autónoma de México, 1958
  • Canto llano a Simón Bolívar, Cuadernos del Unicornio, 1958
  • El dolorido sentir, Cuadernos del Cocodrilo, 1959
  • Fuego de pobres, Fondo de Cultura Económica, 1961
  • Ricardo Martínez, Universidad Autónoma de México, 1965
  • Siete de espadas, Joaquín Mortiz, Colección Las Dos Orillas, 1966, 1981
  • El ala del tigre, Fondo de Cultura Económica, Colección Letras Mexicanas, 1969
  • La flama en el espejo, Fondo de Cultura Económica, 1971
  • Tiempo y eternidad en Virgilio, Universidad Autónoma de México, 1976
  • Tres poemas de antes, con dibujos de Elvira Gascón, Universidad Autónoma de México, 1978
  • De otro modo lo mismo, Fondo de Cultura Económica, Colección Letras Mexicanas. Reunión de todos sus libros de poesía más algunos inéditos, 1978
  • As de oros, Sevilla, España, Calle del Aire, 1980
  • La puerta del Templo, Universidad Autónoma de México, 1980
  • As de oros, Universidad Autónoma de México, 1981
  • El arte en el Templo Mayor. México Tenochtitlán, fotografías de Fernando Robles, INAH, 1981
  • El corazón de la espiral, Miguel Angel Porrúa, 1983
  • Antología Personal, Universidad Autónoma de México, Xochimilco, 1983
  • Santos Balmori, Universidad Autónoma de México, 1983
  • El manto y la corona, Delegación Venustiano Carranza, 1983
  • El cercado cósmico. De La Venta a Tenochtitlán, Fundación de Investigaciones Sociales, A.C., 1985
  • Fuego de pobres, Fondo de Cultura Económica, Colección Tezontle, con ilustraciones de Ricardo Martínez, 1985
  • La imagen de Tláloc, Interpretación iconográfica y textual, Universidad Autónoma de México, 1986
  • Albur de amor, Fondo de Cultura Económica, 1987
  • Una pulsera para Lucía Méndez, Plaza y Valdés, 1989
  • Escultura azteca en el Museo Nacional de Antropología, Universidad Autónoma de México, 1989
  • Hombres y serpientes, iconografía olmeca, Universidad Autónoma de México, 1989
  • Museo Amparo, Colección prehispánica, Fundación Amparo, 1993
  • Versos, 1978-1994, Fondo de Cultura Económica, 1996

Otras publicaciones

  • Antología de la poesía latina, y Gaos, Amparo, selección, versión rítmica, prólogo y notas de RBN y AG, Universidad Autónoma de México, 1957
  • Cartas portuguesas de Mariana Alcoforado, traducción de RBN, Alción, 1961
  • Publio Virgilio Marón - Geórgicas, introducción, versión rítmica y notas de RBN, Universidad Autónoma de México, 1963
  • Publio Virgilio Marón -Églogas-, edición bilingüe. Edición y versión de RBN, 1965
  • Publio Virgilio Marón, -Bucólicas-, introducción, versión rítmica y notas, Universidad Autónoma de México, 1967
  • Cayo Valerio Catulo, -Carmenes-, introducción, versión rítmica y notas, Universidad Autónoma de México. 1969
  • Publio Virgilio Maron, -Eneida. Libros I-VI-, introducción, versión rítmica y notas, Universidad Autónoma de México. 1972
  • Publio Virgilio Maron, -Eneida, Libros VII-XI-, introducción, versión rítmica y notas, ibídem, 1973
  • Sexto Propercio, -Elegías-, introducción, versión rítmica y notas, Universidad Autónoma de México, 1974
  • Ovidio, -Arte de amar, Remedios del amor-, introducción, versión rítmica y notas, Universidad Autónoma de México, 1975
  • Cayo Valerio Catulo, -El amor y el cólera-, versión de RBN, Universidad Autónoma de México, 1977
  • Publio Ovido Nasón, -Metamorfosis. Libros I-VII-, introducción, versión rítmica y notas Universidad Autónoma de México, 1979
  • Publio Ovido Nasón, -Metamorfosis. Libros VII-XV-, introducción, versión rítmica y notas, Universidad Autónoma de México, 1980
  • Tito Lucrecio Caro, -De la natura de las cosas-, introducción, versión rítmica y notas, Universidad Autónoma de México, 1984
  • Horacio, -Odas- II, XIII, -Nouva tellus-, Universidad Autónoma de México, versión rítmica de RBN, 1987
  • Bonifaz Nuño para jóvenes, selección y prólogo de Sandro Cohen, INBA-CNCA, 1987
  • Antología de la lírica griega, selección, prólogo, versión rítmica y notas, Universidad Autónoma de México, Colección Nuestros Clásicos, 1988
  • Píndaro, -Olímpicas-, introducción, versión y notas, Universidad Autónoma de México, Cuadernos del Centro de Estudios Clásicos, 1990
  • Píndaro, -Píticas-, introducción, versión y notas, Universidad Autónoma de México, Cuadernos del Centro de Estudios Clásicos, 1990
  • Horacio, -Sátiras-, introducción, versión rítmica y notas, Universidad Autónoma de México, Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana, 1993

Premios y distinciones

  • Premio Nacional de Letras, 1974
  • Premio Jorge Cuesta, 1985
  • Premio Internacional Alfonso Reyes, 1984
  • Homenaje Nacional

Un poeta que traduce

por Bulmaro Reyes Coria

Bulmaro Reyes Coria nos habla de las dos razones que Rubén Bonifaz ha tenido para traducir a los clásicos: “Compartir el placer que generan los textos y ser útil a los estudiantes, pero no sólo poniendo a disposición en español las obras latinas o griegas, sino explicando los valores humanos, sociales y morales que aquéllas encierran.” Rubén ha puesto su enorme talento poético al servicio de las palabras y ritmos de los clásicos y ha encontrado en ellos la tensión espiritual y la gracia patentes en su propia poesía. Hay en todo esto una aventura académica, un servicio a la juventud universitaria y la manifestación de un amor constante por las obras hechas en “la primavera del espíritu”.

A veces he intentado por mi propia cuenta, mas en vano esfuerzo, traducir con cierta corrección, si no con calidad, algunos versos griegos o latinos de Homero, Horacio, Propercio u Ovidio; incluso podría repetir de memoria, y ponerlos en cierto español, algunos de Catulo, como aquéllos donde éste declara su amor y hombría a Ipsitila pidiéndole nueve continuas copulaciones (nouem continuas fututiones). Sin embargo, mis máximos esfuerzos en esta lucha han terminado en medianas explicaciones escolares de ciertos rasgos distintivos de la poesía latina comparada con la española.

En el mismo sentido de las dificultades de la versión rítmica, cualquiera puede ver que, entre otros, poetas como Persio, Plauto o Juvenal han llegado a nuestra lengua no en verso, sino en prosa, acaso porque de veras no es tarea fácil forjar versos españoles a partir de versos griegos o latinos.

Entonces, quien ha logrado vencer estas dificultades en cualquier medida, sin duda se ha hecho merecedor de encomio, no sólo por haberse entregado al estudio de la gramática y la poética de aquellas lenguas de la así llamada antigüedad clásica, sino también por ejercer dominio pleno sobre las normas de la propia. Estas dos cosas, que no son sino el reflejo de la devoción a los clásicos y de la soberanía lingüística, constituyen privilegio de unos pocos, pero no como don divino, sino como consecución personal a través de trabajos persistentes.

Este es el caso de Rubén Bonifaz Nuño, quien tiene empeñadas su vida y su gramática y su poética en el ejercicio y en la enseñanza de estas artes. Y el lector lo sabe, ya que por el solo nombre de Bonifaz le llegan en seguida a la mente los máximos poemas de la humanidad: Eneida de Virgilio, Ilíada de Homero, Metamorfosis de Ovidio, Carmenes de Catulo y aun la prosa de César. ¿Para qué hacer más extensa la enumeración, la cual, más breve o más larga, habría de quedar aquí sin otra explicación? En todo caso, los mexicanos bien sabemos que podemos gozar o estudiar estos y otros monumentos literarios sólo gracias a la cultura humanística y filológica de Rubén Bonifaz Nuño.

¿Qué ha producido, cuánto, cuándo, dónde? Puede verse en muchas fuentes de información, como el Diccionario de escritores mexicanos, publicado por el Instituto de Investigaciones Filológicas, para hablar de mi casa. Pero por qué y cómo traduce a los autores clásicos griegos y latinos, solamente él podría decirlo.

Si le preguntáramos acerca de la finalidad de sus traducciones, acaso en su respuesta hallaríamos dos propósitos: ser útil a los estudiantes mexicanos y compartir con los lectores el placer que él encuentra en el acto de verter aquellas lenguas a la nuestra. Por ejemplo, en la versión de la Guerra gálica de Julio César, a la letra dice: “diversas y válidas lecciones de sapiencia, de energía, de humanidad, de hombría, pueden ellos [los estudiantes mexicanos] obtener del estudio de esta obra”, y en la versión de la Ilíada confiesa: “Durante muchos años el acercamiento a la Ilíada me ha sido fuente de conocimientos y de placer. Consideraría que mi trabajo de verterla a nuestra lengua no ha sido vano, si algo de ese placer se trasmitiera a mis posibles lectores.” He aquí dos razones para traducir insuperables por nadie: compartir el placer que generan los textos y ser útil a los estudiantes, pero no sólo poniendo a su disposición en español las obras latinas o griegas, sino explicando los valores humanos, sociales y morales que aquéllas encierran.

En cuanto al cómo, Rubén Bonifaz Nuño nunca ha tenido empacho en divulgarlo ni en forma verbal ni en forma escrita. En alguna ocasión, escuchándome hablar acerca de mi incapacidad de traducir versos, intentó alentarme con una sentencia semejante a ésta: “La versión rítmica es muy fácil, en especial si consideramos que por lo general cada verso contiene sentido propio.” Y de veras, a la luz de las versiones de aquél, uno diría que en realidad este oficio es fácil, sobre todo teniendo en cuenta las instrucciones escritas que en cada volumen el maestro comparte con sus lectores. La Eneida, por ejemplo, la tradujo ateniéndose a la “literalidad más cabal”, es decir, según su explicación, “a las palabras mismas,al ritmo, a los encabalgamientos, a los giros y al sentido de la construcción”, apegándose al modelo, que es “la garantía suma para la calidad literaria de la versión”. Aunque respecto a la versión del Hipólito de Eurípides confiesa en su prólogo: “A fin de darle cierta agilidad, de acuerdo con el hecho de que se trata de una obra teatral, para ser representada, se sacrificó en varias ocasiones la estricta literalidad a la fluidez de los versos.” No obstante, los estudiantes de griego encontrarán precisamente aquí, en la versión del Hipólito de Eurípides, una lección de griego tan sencilla, que podrán no sólo fortificar su gramática sino aun disfrutar de Eurípides, pero a través de la poesía de Rubén Bonifaz Nuño.

Para terminar, quiero compartir un trozo pequeñísimo del Hipólito de Eurípides, traducido por mi maestro. Los menos informados acerca del oficio y obra de traducción de éste podrían darse así una clara idea de lo que este humanista y filólogo es capaz de crear mediante las palabras, provengan de donde provengan. Los que lo han seguido más de cerca y conocen su trayectoria, compartirán conmigo el constante asombro que engendra cada una de sus nuevas producciones. La cita corresponde a los versos 525-534 de la estrofa I que se entona después de que la nodriza resuelve ayudar a su señora Fedra en su lucha porque Hipólito le satisficiera la pasión. Este es el texto de Eurípides:

Y esta es la traducción de Rubén Bonifaz Nuño:

Amor, amor que por los ojos 
anhelo instilas, guiando dulce 
gracia al alma de aquellos que combates, 
nunca con lo malo te aparezcas, 
ni vengas hacia mí sin armonía. 
Pues no el del fuego, ni es mejor 
el dardo de los astros; 
de tal manera, el de Afrodita 
lanza desde sus manos 
Amor, de Zeus ese niño.

Doble es el mérito de este pasaje: todo lector puede, por un lado, reconocer el genio de Eurípides y, por otro, apreciar la perfección gramatical y rítmica de Rubén Bonifaz Nuño.

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Rubén Bonifaz Nuño

POEMAS
Para los que llegan a las fiestas

						
Para los que llegan a las fiestas 
ávidos de tiernas compañías, 
y encuentran parejas impenetrables 
y hermosas muchachas solas que dan miedo 
—pues uno no sabe bailar, y es triste—; 
los que se arrinconan con un vaso 
de aguardiente oscuro y melancólico, 
y odian hasta el fondo su miseria, 
la envidia que sienten, los deseos; 

para los que saben con amargura 
que de la mujer que quieren les queda 
nada más que un clavo fijo en la espalda 
y algo tenue y acre, como el aroma 
que guarda el revés de un guante olvidado; 

para los que fueron invitados 
una vez; aquéllos que se pusieron 
el menos gastado de sus dos trajes 
y fueron puntuales; y en una puerta 
ya mucho después de entrados todos 
supieron que no se cumpliría 
la cita, y volvieron despreciándose; 

para los que miran desde afuera, 
de noche, las casas iluminadas, 
y a veces quisieran estar adentro: 
compartir con alguien mesa y cobijas 
vivir con hijos dichosos; 
y luego comprenden que es necesario 
hacer otras cosas, y que vale 
mucho más sufrir que ser vencido; 

para los que quieren mover el mundo 
con su corazón solitario, 
los que por las calles se fatigan 
caminando, claros de pensamientos; 
para los que pisan sus fracasos y siguen; 
para los que sufren a conciencia, 
porque no serán consolados 
los que no tendrán, los que no pueden escucharme; 
para los que están armados, escribo.
Centímetro a centímetro

						
Centímetro a centímetro 
—piel, cabello, ternura, olor, palabras— 
mi amor te va tocando. 

Voy descubriendo a diario, convenciéndome 
de que estás junto a mí; de que es posible 
y cierto; que no eres, 
ya, la felicidad imaginada, 
sino la dicha permanente, 
hallada, concretísima; el abierto 
aire total en que me pierdo y gano. 

Y después, qué delicia 
la de ponerme lejos nuevamente. 
Mirarte como antes 
y llamarte de "usted", para que sientas 
que no es verdad que te haya conseguido; 
que sigues siendo tú, la inalcanzada; 
que hay muchas cosas tuyas 
que no puedo tener. 

Qué delicia delgada, incomprensible, 
la de verte de lejos, 
y soportar los golpes de alegría 
que de mi corazón ascienden 
al acercarme a ti por vez primera; 
siempre por vez primera, a cada instante. 
Y al mismo tiempo, así, juego a perderte 
y a descubrirte, y sé que te descubro 
siempre mejor de como te he perdido. 

Es como si dijeras: 
"cuenta hasta diez, y búscame", y a oscuras 
yo empezara a buscarte, y torpemente 
te preguntara: "¿estás allí?", y salieras 
riendo del escondite, 
tú misma, sí, en el fondo; pero envuelta 
en una luz distinta, en un aroma 
nuevo, con un vestido diferente.
Amiga a la que amo

					
Karin Rosenthal
Amiga a la que amo: no envejezcas. 
Que se detenga el tiempo sin tocarte; 
que no te quite el manto 
de la perfecta juventud. Inmóvil 
junto a tu cuerpo de muchacha dulce 
quede, al hallarte, el tiempo. 

Si tu hermosura ha sido 
la llave del amor, si tu hermosura 
con el amor me ha dado 
la certidumbre de la dicha, 
la compañía sin dolor, el vuelo, 
guárdate hermosa, joven siempre. 

No quiero ni pensar lo que tendría 
de soledad mi corazón necesitado, 
si la vejez dañina, perjuiciosa 
cargara en ti la mano, 
y mordiera tu piel, desvencijara 
tus dientes, y la música 
que mueves, al moverse, deshiciera. 

Guárdame siempre en la delicia 
de tus dientes parejos, de tus ojos, 
de tus olores buenos, 
de tus brazos que me enseñas 
cuando a solas conmigo te has quedado 
desnuda toda, en sombras, 
sin más luz que la tuya, 
porque tu cuerpo alumbra cuando amas, 
más tierna tú que las pequeñas flores 
con que te adorno a veces. 

Guárdame en la alegría de mirarte 
ir y venir en ritmo, caminando 
y, al caminar meciéndote 
como si regresaras de la llave del agua 
llevando un cántaro en el hombro. 

Y cuando me haga viejo, 
y engorde y quede calvo, no te apiades 
de mis ojos hinchados, de mis dientes 
postizos, de las canas que me salgan 
por la nariz. Aléjame, 
no te apiades, destiérrame, te pido; 
hermosa entonces, joven como ahora, 
no me ames: recuérdame 
tal como fui al cantarte, cuando era 
yo tu voz y tu escudo, 
y estabas sola, y te sirvió mi mano.
Aunque bien sé que no me extrañas

						
Aunque bien sé que no me extrañas, 
aunque tengo la razón, me acuerdo: 
el cáncer terminó; te ausentas 
por todo lo mal que supe amarte. 

Ya fui desventurado cuando 
estuviste aquí, y en el momento 
donde te vas, me desventuro. 
La sola ventaja de estar ciego 
es acaso no poder mirarte. 

Ya morir sin arrepentimiento 
es mi esperanza, y te lo digo 
porque al fin te conozco; 
que si he pedido muchas cosas, 
pude pagar con sobreprecio 
las pocas que me fueron dadas. 

Mientras más mal te portas, mucho 
más te voy queriendo, y porque espero 
menos, me injurio y te acrecientas. 
Así tuvo que ser: de tanto 
que te procuré, me aborreciste; 
tan sólo pesares te he dejado. 

Raspaduras de celos, dudas 
que no opacaron la certeza 
de cuanto en ti me desolaba. 

Tú, como si nada, te diviertes; 
pero entristécete: 
si todos sabrán que estoy quemado, 
ninguno sabrá que por tus llamas. 

Vete como de veras; pierde 
el número atroz de este teléfono, 
la dirección que no aprendiste, 
aquel corazón tan despistado. 

Igual sigue siendo todo; nadie 
hay como tú, por mi fortuna; 
pero a nadie como tú he llegado. 

En el agua escrito y en el viento 
quedó el amor perpetuo. Sombras. 
Y me quemo, y de mejor violencia 
—ay, mamá— te alumbro al apagarme. 

Ya te conozco, ya obligado 
soy a bien quererte y despreciarme. 
Pero no, porque me da vergüenza; 
pero sí, porque me estoy muriendo 
sin voluntad ni penitencia. 

Y por todo: porque no quisiste 
permanecer, porque me olvidas, 
porque me voy tristeando, gracias 
te doy. Y por andar de noche. 
Qué fácil sería para esta mosca        

						
Qué fácil sería para esta mosca, 
con cinco centímetros de vuelo 
razonable, hallar la salida. 

Pude percibirla hace tiempo, 
cuando me distrajo el zumbido 
de su vuelo torpe. 
Desde aquel momento la miro, 
y no hace otra cosa que achatarse 
los ojos, con todo su peso, 
contra el vidrio duro que no comprende. 
En vano le abrí la ventana 
y traté de guiarla con la mano; 
no lo sabe, sigue combatiendo 
contra el aire inmóvil, intraspasable. 

Casi con placer, he sentido 
que me voy muriendo; que mis asuntos 
no marchan muy bien, pero marchan; 
y que al fin y al cabo han de olvidarse. 

Pero luego quise salir de todo, 
salirme de todo, ver, conocerme, 
y nada he podido; y he puesto 
la frente en el vidrio de mi ventana.