IV
«¡Te tengo miedo, anciano Marinero!
Me da miedo tu mano descarnada;
Y además eres larguirucho, y flaco, y muy tostado
como lo es la ondulada arena del Mar.
«Te temo a ti y a tus ojos relucientes
y a tu mano descarnada tan oscura»
«¡No temas, no temas, invitado de la boda!
Que no cayó sin vida este cuerpo.
«Solo, solo, en verdad completamente solo
solo en la ancha inmensidad del Mar;
y Cristo no habría de tener compasión
de mi alma en agonía.
«¡Tantos hombres tan hermosos,
y todos ellos yacían muertos!
Y un millón de millones de cosas repugnantes
seguían vivascomo yo.
«Miré hacia el Mar putrefacto,
y al instante retiré los ojos;
miré hacia la cubierta fantasma,
y allí yacían los muertos.
«Miré al Cielo, e intenté rezar;
mas en cuanto había terminado una oración,
un susurro maligno me alcanzaba y me volvía
el corazón tan seco como el polvo.
«Cerré los párpados y los mantuve bien cerrados,
hasta que los globos de los ojos me latían intensamente;
porque el cielo y el mar, y el mar y el cielo
sobre mis ojos cansados pesaban como una carga insoportable,
y los muertos estaban a mis pies.
«El sudor frío se fundía en sus cuerpos:
ni se descomponían, ni apestaban;
la mirada con la que me contemplaban,
nunca jamás se me ha olvidado.
«La maldición de un huérfano al Infierno arrastraría
a un espíritu de lo alto:
Mas, ¡ah!, ¡más terrible es que todo eso
la maldición de los ojos de un muerto!
Durante siete días y siete noches contemplé aquella maldición,
y a pesar de ello morir no pude.
«La Luna inquieta caminaba por el cielo
y en ningún lugar se detenía:
con calma iba ascendiendo
con una estrella o dos al lado.
«Sus rayos imitaban el sofoco de las aguas,
como escarcha matutina se extendían;
mas allí donde se extendían la sombra enorme del barco,
las aguas encantadas siempre ardían
con un rojo tranquilo y terrible.
«Más allá de la sombra del navío
contemplaba las serpientes de las aguas:
se movían dejando estelas de blanco resplandor;
y cuando se erguían, la luz encantada
se convertía en copos canos.
«Dentro de la sombra del navío
contemplaba su atavío tan suntuoso:
azules, de un verde brillante, y de negro terciopelo
se enroscaban y nadaban, y cada estela
era un relámpago de fuego dorado.
«¡Ah felices criaturas vivientes! no hay lengua
que declarar pueda su belleza:
¡un torrente de amor brotó de mi corazón,
y las bendije sin haberme dado cuenta!
De seguro que mi santo patrón se apiadó de mí,
y las bendije sin haberme dado cuenta.
«En aquel preciso instante fui capaz de rezar;
y de mi cuello entonces liberado
se desplomó el Albatros, y se hundió
como plomo en el mar.»
Miré al cielo e intenté rezar;
pero antes de que pudiera elevar la plegaria
vino hacia mí un susurro impío
que seco como el polvo dejó mi corazón.
Estuve un buen rato con los ojos cerrados
que, como si tuvieran pulso, palpitaban;
pues el cielo y el mar, el cielo y el mar
yacían cual carga en mis ojos cansados
y todos los muertos estaban a mis pies.
Un sudor frío surgía de sus miembros
que no se pudrían ni emanaban hedor:
la mirada con que se miraban
ni un solo instante me dejaba.
La maldición de un huérfano llevaría al infierno
a un espíritu bueno;
pero, ¡oh!, ¡es mucho más horrible
la maldición que anida en los ojos de un muerto!
Y vi esa maldición siete días y noches
y, sin embargo, no llegué a morir.
Escalaba el cielo la errante Luna
sin detenerse nunca:
flanqueada de una o dos estrellas
lentamente ascendía.
Se burlaban sus rayos del sofocante mar,
esparcidos como en Abril la escarcha blanquecina;
pero adonde llegaba la gran sombra del barco
las calmas aguas hervían hechizadas
con un rojo de espanto.
Contemplé las serpientes marinas
más allá de la sombra del barco:
avanzaban en estelas de fúlgido blancor
y cuando se erguían derramaban
su luz hechizada en copos níveos.
En la sombra del barco
contemplé sus ricos atavíos:
azul, verde brillante y negro terciopelo
se encogían, nadaban; y era cada estela
un vivo resplandor de áureo fuego.
¡Qué felices seres vivos! No hay lengua
que pueda proclamar su hermosura:
una fuente de amor manó de mi corazón
y, sin querer, los bendije:
tuvo piedad de mí el ángel de la guarda
y, sin querer, los bendije.
Y pude rezar en aquel mismo instante;
y libre ya el Albatros
cayó de mi cuello e igual que plomo
se hundió en el mar.