(1)
¿Ves los lejanos jardines de piedra?
Un ruiseñor escribe la lluvia.
Brotan ciudades de esquinas.
Las raíces navegan hacia el cielo
y un resplandor de noche
enciende luciérnagas mudas y tibias.
Están detrás de todos tus inviernos.
Gritan estaciones con bufanda
y friccionan sus hojas de frío
al calor de sueños y trincheras.
En ellos las estatuas duermen eternidad.
Con voces de largas historias.
Con ojos secretos; violencia de astros;
movimiento de duda.
Mientras un eco agita la memoria ocre.
Apretada, pequeña, infértil
esperando paciente,
las extrañas flores que nacen en las grietas.
¿Ves los lejanos jardines de piedra?
Están detrás de todos tus inviernos.
En ellos las estatuas duermen eternidad.
Mientras un eco agita la memoria ocre.
(2)
INFINITIVOS
Perder los relojes
y atravesar con pie de cenizas
el campo de los silenciosos.
Entre tendones y furia
gritar con la boca llena de frutos.
Revertir la sangre negra.
Desandar alcantarillas.
Enamorar la luz.
Fundar el viejo verbo:
vivir.
(3)
Antes destilaba señales perdidas en la lluvia.
Alguna que viniera del centro de los bosques,
que tendiera puentes de silencio
a través de todas las bocas encendidas.
Antes buscaba tu nombre entre ruinas y huracanes.
Hurgaba la tierra para encontrar las rutas
hasta tu último grito,
hasta las quietudes finales
de la carcaza lenta de los días.
Antes perseguía tu soledad poblada de ritos y mares.
Esgrimía palabras adornadas con la empuñadura de tus horas.
Cavaba en tus huesos de animal en celo
hasta encontrar las fantásticas espinas de la resurrección.
Ahora soy un hilo , desteñido y débil
que busca los extremos de este cuadro para huir del paraíso.
(4)
El hombre trepaba marzos ebrios
y sumergía volcanes
en su pecho dorado.
Sobre su vida cruzaban
leopardos melancólicos
y rotas panteras
danzando
sobre puentes y tumbas.
El hombre
había dormido
el color del desierto.
Olvidaba memorias,
recorría cárceles,
libertaba Pegasos sin alas
el hombre.
Y en la inmensidad
de su infinita pequeñez
se enamoraba del amor.
(5)
Vestida de rafia, la paloma
bebe té a orillas del destino
y arroja barajas de polvo
sobre opacos futuros.
Descubro el asombro
en sus plumas de fuego.
A su espalda,
llamas violetas
semejan candiles.
Un tiempo habrá
en que los ciegos despierten
extraños de luz.
(6)
Una cuerda desanuda
victorias:
Sor Juana pasea con su amante
entre cirios con llamas de alquitrán.
Gabriela aún proclama:
"me sobra y no me sobro
con traje de fiesta para fiesta no habida".
Insiste Alfonsina
ser alta y soberbia
en una tarde de octubre.
Y mi mano que apunta
al papel desnudo
con el ropaje más deshabitado
de mi calendario baldío.