Washington Benavides
|
|
| PALABRAS PRELIMINARES
SOBRE POESÍA ¿Cómo resolver, especificando, lo que pensamos sobre poesía; si conviven en nosotros planteamientos disímiles con respecto a la misma? Y MORIRSE DE AMOR. Del libro El mirlo y la misa, ed.EBO.Montevideo, 2000 DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS Nació en Tacuarembó (Uruguay) el 3 de marzo de 1930; Profesor de Literatura en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (Departamento de Letras Modernas y Contemporáneas.G.2); Coordinador de los Talleres de Letras del Ministerio de Educación y Cultura; ex profesor de Literatura en la Enseñanza Media; ex profesor de Arte y Comunicación en la Universidad de la República; ex conductor de Programas de música y letras en C X 30, Radio Nacional. Libros publicados
Libros de narrativa éditos Cuento
Novela
Premios y distinciones
Antologías
Traducciones Traductor de Joao Guimaraes Rosa, Oswald de Andrade, Carlos Drummond de Andrade, Affonso Romano de Sant´Anna, Clarice Linspector, Gregorio de Mattos, Decio Pignatari y otros. Labor crítica
Obra poética musical Han grabado textos y/o canciones de su autoría los siguientes músicos: Daniel Viglietti, Alfredo Zitarrosa, Eduardo Darnauchans, Numa Moraes, Carlos Benavides, Los Olimareños, Los Zucará, Washington y Cristina Fernández, Jorge Galemire, Laura Canoura, Eduardo Larbanois y Mario Carrero, Pablo Estramín, Tacuruses, Abel García, Omar Romano, Raúl Ellwanger, Grupo Surcos, Grupo Los Buitres, etc. Congresos, Simposios y Encuentros
RELACION SUCINTA DE ESTUDIOS SOBRE SU OBRA LITERARIA:
|
Washington Benavides |
|
|
![]() |
| RESTOS DE UN DIÁLOGO TELEFÓNICO |
¿Ah, sí?. Bueno, ¿qué voy a estar haciendo ahora? Escribiendo. Cualquier cosa (siempre se escribe sobre cualquier cosa). Con un collar de ajos, por aquellos de Transilvania o por las cruceras nuestras; con una foto de Nené con la nieta menor en brazos, que es como llevar un huesito de santa junto al pecho; cercado por paredes de libros y cassettes; cercado por el frío de Julio vuelto Agosto, por manifestaciones de obreros bajo la lluvia; de estudiantes, bajo la lluvia; de hombres y mujeres maduros bajo la lluvia, con cartelitos y los rostros de los desaparecidos, bajo la lluvia. Y mirando, luego, esas calles aceitadas por la muerte, donde una viejecilla, vuelta a la posición fetal, ruega a La Nada que nada podrá darle. Ah, sí. Escribiendo, para no morir solo, para ahuyentar la angustia que trepa (como el frío) por los pies y se empoza en la cabeza. A veces, abre el sol, y un joven ascensorista te pregunta si sos el poeta que estuvo en la tevé, y se alegra de conocerte y te da, con una cordialidad casi extraterrestre, su mano enérgica. A veces, una luz sesgada, de ese tipo de luz que oscurece algunos poemas de Fernando Pessoa, raya como un diamante la piedra negra de tu suerte, de tu hado. Vamos, de cómo quieras llamarle: tu destino. Montevideo, 4-8-93 |
![]() |
| EL NIÑO METAFÍSICO |
El niño no se acostumbraba a la soledad. Verdad es que la poblaba con sus sueños. Pero más aún con sus cuestionamientos metafísicos. ¿Cuál era el verdadero- resorte de la vida? ¿Eso que él era: un niño ¿duraba mucho? ¿Era como el sarampión o la varicela para pasarlo en cama leyendo El Tit-Bits y bebiendo tisanas? ¿Y cuando grande qué? ¿Sería soldado o escribiente? ¿Repartidor de una carnicería o empleado público? ¿Aviador no sería? Allá entre las nubes blancas y los halcones y la refracción cegadora de la luz... ¿Y la muerte qué era? ¿Su padre mordiéndose los labios con el telegrama del fallecimiento de su último hermano? ¿La muerte de un gato con hormigas recorriendo sus otrora nerviosos bigotes? ¿La muerte de una paloma o de un ratón; la muerte de una cochinilla de la humedad -tractorcito del patio- ¿su muerte? El, con su honda, podía derribar pájaros. Lo hacía a veces. La muerte del pez boqueando fuera del agua -su tío- boqueando en la cama funeral, mientras sollozaban mujeres enlutadas. ¿Y la vida era ese jolgorio de su pecho, la velocidad de sus piernas en verano, el futbol del campito, la laguna con sus plantas acuáticas y sus gallitos rojos? ¿La vida era la posibilidad de abrir una puerta y salirse a la calle o el parque o el monte o la noche o el sueño? ¿Y qué era ese bombardero en picada Stuka con las svásticas en sus alas, ametrallando gente despavorida por una carretera? ¿Era la vida-muerte o la muerte-vida? ¿Había que ir a la iglesia o a la oficina de correos, por correspondencia? |
![]() |
| EL NIÑO ANTE LA IMAGEN DEL CRUCIFICADO |
¿Qué quieres? Esa mirada que te inventaron me traspasa; parece reclamarme algo. ¿Qué? Ya sé que a ti te traicionaron y golpearon, te condenaron, injustamente, y te asesinaron -aviador infinito de tu cruz-. Pero media humanidad te adora y cree en ti y en tu justicia. ¿Qué quieres? A mí también me traicionaron y golpearon y estoy vivo por suerte-, encerrado en un sucio cuarto de baño, donde gotean las canillas seniles. No saldré de aquí en un vuelo que espante a mis guardianes. Seguirán creyéndome culpable y mis parientes mirándome de lado se burlarán de mi conducta. Me hincaron en el sucio suelo y tuve que confesar lo que no hice, culpas que me inventaron y tú paracaidista angélico- ¿todavía te atreves a mirarme desde tu aureola? |
![]() |
| LA LANZADORA DE BALA |
Oh, reyes de la pequeña lira, ¿qué dios, héroe o humano cantaremos? (Olímpica Segunda. Píndaro) Amo a una muchacha que aspira a ser atleta (lanzadora de bala); y es hermosa y grande, de espesas trenzas. Debería llamarse Brunilda y no Mari-Jó como le dicen-. (No creo conveniente, a no ser como autoescarnio, agregar que no seré nunca su Sigfrido). Amo aunque me resista- verla pasar, en la mañana neblinosa, hacia el campo deportivo, enfundada en su Addidas negro, con su bolso donde junto a elementos de higiene- descansa la pesada bola de bronce. Prepararse, física y mentalmente, junto a su profesor, le lleva casi toda la mañana. A veces, se ejercita y curvando su hermoso cuerpo lanza, con impulso cósmico, al pequeño planeta dorado hacia el campo. Amo a esa joven atleta. Con un amor que alberga su pizca de envidia. Desde mi cuerpo descuidado. Pasa como una tormenta del desierto, como un meteoro de oro por mis retinas (con lentes de contacto) y algo en mí desfallece y me postra. No. No seré Clark Kent ni ninguna hipóstasis vulgar de un escondido superhéroe, reyes de la pequeña lira: la veo pasar, temprano, en la mañana fría, envuelto en mi capote y mi bufanda gruesa. La veo como en un sueño que ni siquiera soñaré. |