Las Flores del Mal de Charles Baudelaire

Dedicatoria

AL POETA IMPECABLE
AL PERFECTO MAGO DE LAS LETRAS FRANCESAS
A MI MUY QUERIDO Y MUY VENERADO
MAESTRO Y AMIGO
THEOPHILE GAUTIER
CON LOS SENTIMIENTOS
DE LA MÁS PROFUNDA HUMILDAD
DEDICO
ESTAS FLORES ENFERMIZAS

Poema I

LA DESTRUCCIÓN

El demonio se agita a mi lado sin cesar;
flota a mi alrededor cual aire impalpable;
lo respiro, siento cómo quema mi pulmón
y lo llena de un deseo eterno y culpable.

A veces toma, conocedor de mi amor al arte,
la forma de la más seductora mujer,
y bajo especiales pretextos hipócritas
acostumbra mi gusto a nefandos placeres.

Así me conduce, lejos de la mirada de Dios,
jadeante y destrozado de fatiga, al centro
de las llanuras del hastío, profundas y desiertas,

y lanza a mis ojos, llenos de confusión,
sucias vestiduras, heridas abiertas,
¡y el aderezo sangriento de la destrucción!

Poema II

UNA MÁRTIR

Dibujo de un maestro desconocido
En medio de frascos, telas sedosas,
y muebles voluptuosos,
de mármoles, pinturas, ropas perfumadas,
que arrastran los pliegues suntuosos,

en una alcoba tibia como en un invernadero,
donde el aire es peligroso y fatal,
donde lánguidas flores en sus ataúdes de cristal
exhalan su suspiro postrero,

un cadáver sin cabeza derrama, como un río,
en la almohada empapada,
una sangre roja y viva, que la tela bebe
con la misma avidez que un prado.

Parecida a las tétricas visiones que engendra la oscuridad
y que nos encadenan los ojos,
la cabeza, con la masa de su crin sombreada,
y de sus joyas preciosas,
en la mesilla de noche, como una planta acuática,
reposa, y, vacía de pensamientos,
una mirada vaga y blanca como el crepúsculo
escapa de sus ojos extraviados.

En el lecho, el tronco desnudo, sin pudor,
en el más completo abandono, muestra
el secreto esplendor y la belleza fatal
que la naturaleza le donó.

Una media rosada, adornada con hilo de oro, en la pierna
ha quedado cual recuerdo.
La liga, al igual que un ojo secreto que llamea,
lanza una mirada diamantina.

El singular aspecto de esta soledad
y de un gran retrato voluptuoso,
de ojos provocativos como su actitud
revela un amor tenebroso,

una culpable alegría y fiestas extrañas,
llenas de besos infernales,
que regocijarán a los ángeles malos
nadando entre cortinas y chales.

Sin embargo, al ver la esbeltez elegante
del hombro y su trazo quebrado,
la cadera levemente afilada, y la cintura ágil
lo mismo que un reptil irritado, se advierte
que ella es joven aún. —Su alma exasperada
y sus sentidos mordidos por el tedio,
¿se habían entregado a la jauría enfurecida
de deseos errantes y perdidos?

El hombre vengativo al que no pudiste, viviendo,
a pesar de tanto amor, aplacar,
¿sació en tu carne, inerte y complaciente,
toda la inmensidad de su deseo?

¡Responde, cadáver impuro! ¿Por tus rígidas trenzas
te levantó con brazo febril?
Dime, cabeza horrible, ¿en tus fríos dientes
hay aún sus últimos adioses?

—Lejos del mundo burlón, lejos de la multitud impura,
lejos del magistrado curioso,
duerme en paz, duerme en paz, extraña criatura,
en tu sepulcro misterioso;
tu esposo corre el mundo, y tu forma inmortal
vela junto a él cuando duerme;
lo mismo que tú sin duda te será fiel
y constante hasta la muerte.

Poema III

LESBOS

Madre de los latinos y los griegos deleites,
Lesbos, donde los besos, lánguidos o incendiados,
cálidos como soles, frescos como sandías,
son ornato de noches y de días gloriosos;
madre de los latinos y los griegos deleites;

Lesbos, donde los besos son como esas cascadas
que, sin miedo, se lanzan a simas profundísimas
y corren sollozantes, con gritos sofocados,
borrascosos y ocultos, profundos y hormigueantes;
Lesbos, donde los besos son como esas cascadas.

Lesbos, donde las Frinés (1) mutuamente se atraen,
donde nunca ha quedado un suspiro sin eco,
a Pafos (2) semejante los astros te proclaman
¡y de Safo celosa Venus puede sentirse!
Lesbos, donde las Frinés mutuamente se atraen,

Lesbos, tierra de noches lánguidas y abrasadas,
que hacen que en sus espejos, oh infecundo placer,
las niñas de sus propios cuerpos enamoradas
palpen los frutos gráciles de sus núbiles cuerpos;
Lesbos, tierra de noches lánguidas y abrasadas,

Deja al viejo Platón fruncir su ceño austero;
de los besos innúmeros obtienes tu perdón,
reina del dulce imperio, noble y amante tierra,
inagotable siempre en tus refinamientos,
deja al viejo Platón fruncir su ceño austero.

Tú obtienes el perdón del eterno martirio
sin cesar infligido a las almas intrépidas,
que aleja de nosotros la sonrisa radiante
vagamente entrevista al borde de otro espacio.
¡Tú obtienes el perdón del eterno martirio!

¿Cuál, Lesbos, de los dioses, osará ser tu juez
y condenar tu frente que arrugaron las penas,
si sus áureas balanzas no han pesado el diluvio
de llanto que a los mares tus arroyos vertieron?
¿Cuál, Lesbos, de los dioses, osará ser tu juez?

¿Qué quieren de nosotros leyes justas o injustas?
Honor del Archipiélago, vírgenes de alma noble,
como no importa cuál, es regio vuestro culto,
¡y se reirá el amor del Cielo y del Infierno!
¿Qué quieren de nosotros leyes justas o injustas?

Pues Lesbos, entre todos, me ha elegido en la tierra
para cantar lo oculto de sus floridas vírgenes,
y fui desde la infancia admitido al misterio
de sofocadas risas y de llantos sombríos;
pues Lesbos, entre todos, me ha elegido en la tierra.

Y desde entonces velo en la cumbre del Léucate (3)
como vigía de ojo seguro y penetrante,
que acecha noche y día brick, tartana o fragata,
cuyas lejanas formas en el azul titilan;
y desde entonces velo en la cumbre del Léucate,

Para saber si el mar es indulgente y bueno,
y en medio de los ayes que en la roca resuenan,
un día devolverá hacia Lesbos, que olvida,
el cadáver amado de Safo, que partiera
¡para saber si el mar es indulgente y bueno!

De Safo, la viril, que fue amante y poeta,
¡más hermosa que Venus en su triste blancor!
—El azul se somete al negro que salpica
el tenebroso círculo que el dolor dibujó
¡de Safo, la viril, que fue amante y poeta!

—Más hermosa que Venus presentándose al mundo
y mostrando el tesoro de su serenidad
y el destello radiante de su juventud rubia,
sobre el viejo Océano, prendado de su hija;
¡más hermosa que Venus presentándose al mundo!

—De Safo que murió el día de su blasfemia,
cuando insultando el rito y el culto establecidos,
entregó como pasto supremo su belleza
a un bruto cuyo orgullo castigó la impiedad
de aquella que murió el día de su blasfemia.

Y desde entonces Lesbos se lamenta sin tregua,
y a pesar de las honras que los mundos le rinden,
cada noche se embriaga con la voz turbulenta
que alzan hacia los cielos sus desiertas riberas
¡y desde entonces Lesbos se lamenta sin tregua!
(1) Friné: Nombre de una cortesana griega célebre por su belleza. Se cuenta que, habiendo sido acusada de impiedad, obtuvo la absolución desnudándose ante sus jueces

(2) Pafos: Ciudad de Chipre, consagrada al culto de Venus

(3) Léucate: Acantilado de la isla Leucade, desde donde se precipitaban al mar los amantes desesperados, cuyo ejemplo más célebre es Safo. Sin duda el nombre lo hallaría Baudelaire en la Eneida.

El poema “Lesbos” fue tomado de
Las Flores del mal, Alianza Editorial, Madrid, 1982
Traducción de Antonio Martínez Sarrión

Poema IV

MUJERES CONDENADAS

Como un rebaño pensativo sobre la arena acostadas,
entornan los ojos hacia el horizonte marino,
y sus pies que se buscan y sus manos enlazadas
tienen dulces languideces, amargos escalofríos.

Unas, corazones que aman las largas confidencias,
en el corazón de los bosques y junto a los arroyos,
deletrean el amor de las tímidas infancias
y marcan en el tronco los jóvenes arbolillos;

otras, como hermanas, andan lentas, graves,
a través de las rocas llenas de apariciones,
donde san Antonio vio surgir como lavas,
desnudo el seno, a sus purpúreas tentaciones.

Las hay que a la lumbre de resinas goteantes,
en el hueco mudo de los viejos antros paganos,
te llaman en socorro de sus fiebres aullantes,
¡oh Baco, adormecedor de viejos remordimientos!

Y otras, cuya garganta gusta de escapularios,
que, ocultando un látigo bajo sus largos vestidos,
mezclan en la noche oscura y los bosques solitarios
espuma del placer y lágrimas de la tortura.

¡Oh vírgenes, oh demonios, oh monstruos, oh mártires!,
grandes espíritus negadores de la realidad,
buscadores de lo infinito, devotos y sátiros,
ora llenos de furor, ora llenos de llanto,

vosotras, a las que en vuestro infierno mi alma os ha seguido,
pobres hermanas, os amo tanto como os compadezco
por vuestras dolorosas tristezas, vuestra sed no saciada,
y las urnas de amor que llenan vuestro corazón.

Poema V

LAS DOS BUENAS HERMANAS

La Licencia y la Muerte son dos buenas muchachas,
pródigas de sus besos y ricas en salud;
su flanco siempre virgen y cubierto de hilachas,
con la eterna labor que jamás dio a luz.

Al poeta siniestro, enemigo del hogar,
favorito del infierno, cortesano sin más,
tumbas y lupanares le muestran tras su vallado
un lecho que el remordimiento no frecuenta jamás.

Y el ataúd y la alcoba con grandes blasfemias
nos ofrecen alternando como buenas hermanas
terribles placeres y horribles deleites.

¿Cuándo quieres enterrarme, Vicio de brazos inmundos?
Muerte, su rival en atractivos, ¿cuándo vendrás
a plantar tus negros cipreses sobre sus mirtos fétidos?

Poema VI

LA FUENTE DE SANGRE

A veces siento mi sangre correr en oleadas,
lo mismo que una fuente de rítmicos sollozos;
la oigo correr en largos murmullos,
pero en vano me palpo para encontrar la herida.

A través de la ciudad, como un campo cerrado,
va transformando las piedras en islotes,
saciando la sed de cada criatura,
y coloreando en rojo toda la natura.

A menudo he pedido a estos vinos
aplacar por un solo día el terror que me roe;
el vino torna el mirar más claro y más fino el oído.

He buscado en el amor un sueño de olvido;
mas para mí el amor es un lecho punzante,
hecho para dar de beber a esas putas crueles.

Poema VII

ALEGORÍA

Es hermosa mujer, de buena figura,
que arrastra en el vino su cabellera.
Las garras del amor, los venenos del garito,
todo resbala y se embota en su piel de granito.
Se ríe de la Muerte y desprecia la Lujuria,
y ambas, que todo inmolan a su ferocidad,
han respetado siempre en su juego salvaje,
de ese cuerpo firme y derecho la ruda majestad.

Anda como una diosa y reposa como una sultana;
tiene por el placer una fe mahometana,
y en sus brazos abiertos que llenan sus senos
atrae con la mirada a toda la raza humana.
Ella cree, ella sabe, ¡doncella infecunda!,
necesaria no obstante a la marcha del mundo,
que la belleza del cuerpo es sublime don,
que de toda infamia asegura el perdón.

Ignora el infierno igual que el purgatorio,
y cuando llegue la hora de entrar en la noche negra,
mirará de la Muerte el rostro,
como un recién nacido, sin odio ni remordimiento.

Poema VIII

LA BEATRIZ

En terrenos de ceniza, calcinados, sin verdores,
mientras me lamentaba un día a Naturaleza,
y mi pensamiento vagaba al azar,
sintiendo en mi corazón clavarse el puñal,
vi, en pleno mediodía, descender sobre mi cabeza
una oscura nube grande y tempestuosa,
que llevaba un rebaño de viciosos demonios,
parecidos a enanos crueles y curiosos.

Pusiéronse a contemplarme friamente
y, como hablando de algún loco que pasa,
les oía reír y murmurar entre sí,
y cambiar más de un guiño y más de un ademán.

«Contemplemos a gusto esta caricatura,
esta sombra de Hamlet que imita su gesto,
la mirada indecisa y los cabellos al viento,
¿no da pena ver a ese vividor,
ese vago, ese histrión sin teatro, ese gracioso,
que porque sabe representar con arte su papel,
quiere interesar con sus cantos de dolor
a las águilas, grillos, arroyos y flores,
e incluso a nosotros, autores de estas viejas rimas,
y recitarnos a gritos sus públicas parrafadas? »

Hubiera podido (mi orgullo, alto como el monte,
domina la nube y el clamor de los demonios)
volver simplemente mi cabeza serena,
si no hubiese entre su tropa obscena,
¡crimen que no hizo tambalear al sol!,
la reina de mi corazón, de mirada sin igual,
que se reía con ellos de mi sombría tristeza
y les hacía, a veces, alguna sucia caricia.

Poema IX

LA METAMORFOSIS DEL VAMPIRO

La mujer nos decía con su boca de fresa,
ondulante, acechante, entre sierpe y tigresa,
los senos oprimidos a punto de estallar,
estas palabras que ella dejaba resbalar:
“Yo tengo el labio húmedo y conozco la ciencia
que en el fondo del lecho diluye la conciencia.
Enjuga todo llanto la gloria de mis senos
que hacen reír a los viejos igual que a niños buenos.
¡Y soy para quien sepa contemplarme sin velos
la luna, y soy el sol, las estrellas, los cielos!
Tan docta soy amando, queridos sabihondos,
cuando un hombre aprisiono en mis brazos redondos
o cuando a sus mordiscos abandono mi pecho,
frágil y libertina a la vez, que en mi lecho,
gustador del deleite que raya en frenesí,
hasta los mismos ángeles se perdieron por mí.”

Cuando toda la médula succionó de mis huesos,
y sobre ella rendido quise darle mis besos,
advertí que en sus flancos —todo fue en un momento—
resbalaba un humor viscoso, purulento.
Cerré entonces los ojos de frío y de terror,
y al abrirlos de nuevo al vivo resplandor,
junto a mí, y en lugar del maniquí gozado
que parecía haberse ya de sangre saciado,
temblaba un esqueleto, produciendo un crujido
como el de esa veleta que da un agrio chirrido,
o el rótulo hecho trizas del umbral del infierno
tremolando en el viento de una noche de invierno.
Publicado inicialmente en Texto Sentidoe

Poema X

UN VIAJE A CYTEREA

Mi corazón, como un pájaro, revoloteaba feliz,
y volaba libremente alrededor de las cuerdas;
el navío corría bajo un cielo sin nubes,
como ángel embriagado de un sol radiante.

¿Qué isla es ésta tan negra y triste? —Es Cyterea,
nos dicen, un país famoso en las canciones,
Eldorado trivial de todos los solterones.
Mirad, después de todo es una pobre tierra.

—¡Isla de dulces secretos y de fiestas del corazón!
De la antigua Venus el soberbio fantasma,
más allá de tus mares flota como un aroma,
y llena los espíritus de amor y languidez.

Bella isla de verdes mirtos, llena de capullos en flor,
siempre venerada por todas las naciones,
donde los suspiros de amantes corazones
avanzan como el incienso por jardines de rosas

o el eterno arrullo de la paloma torcaz.
—Cyterea no era más que una tierra pobre,
un desierto rocoso turbado por gritos feroces.
¡Sin embargo, presentía yo allí algo singular!

Aquello no era un templo de sombras selváticas,
donde la joven sacerdotisa, eterna enamorada de las flores,
iba, el cuerpo ardiente por calores secretos,
entreabriendo sus ropas a las brisas ligeras;

pero, he aquí que rozando la costa el bauprés,
al asustar los pájaros con nuestras velas blancas,
pudimos ver que era un patíbulo de tres zancas,
destacado en el cielo, negro como un ciprés.

Las aves rapaces, posadas en su cumbre,
destrozaban con furia a un ahorcado ya podrido:
cada una hundía, como un clavo, su impuro pico
en los rincones sangrientos de aquella podredumbre.

Eran los ojos agujeros, y del vientre desfondado
los gruesos intestinos caían sobre los muslos;
y sus verdugos, ahítos de espantosas delicias,
a picotazos lo habían castrado por completo.

Bajo los pies, una manada de celosos cuadrúpedos
levantado el hocico, merodeaba;
una bestia más grande se agitaba en el centro,
como un verdugo rodeado de auxiliares.

¡Oh habitante de Cyterea, de un cielo tan hermoso,
silenciosamente sufrías estos insultos
en una expiación de tus infames cultos,
y los pecados que te impidieron el descanso eterno!

¡Ridículo ahorcado, tus dolores son los míos!
Yo sentí, a la vista de tus miembros flotantes,
como un vómito subir hasta mis dientes
el largo río de hiel de mis antiguos dolores.

Ante ti, pobre diablo, tan caro de recordar,
sentí todos los picos y todos los mordiscos
de los cuervos fieros y de las panteras negras,
que antaño tanto gozaban en machacar mi carne.

El cielo estaba embrujado, la mar en calma;
para mí todo era negro y sangriento para siempre,
¡ay!, y tenía, como en un espeso sudario,
el corazón amortajado en esta alegoría.

En tu isla, oh Venus, no encontré en mi viaje
más que un patíbulo simbólico donde colgaba mi imagen…
—¡Oh Señor! Dame la fuerza y el coraje
¡de contemplar mi cuerpo y mi alma sin asco!

Poema XI

EL AMOR Y EL CRÁNEO

Viñeta antigua
El amor está sentado en el cráneo
de la Humanidad,
y desde este trono, el profano
de risa desvergonzada,
sopla alegremente redondas pompas
que suben en el aire,
como para alcanzar los mundos
en el corazón del éter.

El globo luminoso y frágil
toma un gran impulso,
estalla y exhala su alma delicada,
como un sueño de oro.

Y oigo el cráneo a cada burbuja
rogar y gemir:
—Este juego feroz y ridículo,
¿cuándo acabará?

Pues lo que tu boca cruel
esparce en el aire,
monstruo asesino, es mi cerebro,
¡mi sangre y mi carne!

La modernidad maldita

El escritor, hasta el siglo XIX, era un ser respetable y normalmente sofisticado, de elevada posición social y alto nivel de cultura, que cultivaba el arte para mayor gloria de Dios y de los hombres. Los mecenas, nobles, príncipes, aristócratas, financiaban a los artistas y sus obras. El capitalismo acabó con todo eso. El capital tiene como fin en sí mismo multiplicarse, engendrar plusvalía, acumular, una dinámica reñida con el despilfarro y el ocio. La producción artística pasa a tener un valor de cambio y no ya solamente valor de uso como antes. Y no solamente el arte se mercantiliza sino que la nueva situación envuelve al artista, que pasa a depender del valor de cambio de sus creaciones. Junto a él, y a veces por encima de él, aparecen las editoriales, los agentes literarios, las galerías de arte, los derechos de autor, la propiedad intelectual, esto es, las fábricas de la cultura que pretenden extraer una rentabilidad de los capitales invertidos.

En el siglo XIX aparecen los primeros autores que escriben por un nuevo motivo, que es el de ganar dinero, que firman contratos a destajo, a tanto por palabra, que deben escribir día y noche para pagar sus deudas y que deben entregar sus cuartillas repletas en la fecha fijada. Desprovista de sus ropajes, hoy tan mitificados, la modernidad no es más que una visión mercantilista de la literatura. Lo que se hizo impostergable con la modernidad fue la conversión de la poesía en mercancía, traficar con los versos. Para cobrar derechos de autor hay que ser original y es sólo por eso que la modernidad literaria no quiere copiar y tiene que innovar como cualquier otro negocio. Y si hay algo que vende, que resulta inmensamente atractivo, es ese concepto de la vida bohemia, ese disfrute de la decadencia, la perversión y el morbo por persona interpuesta, que tan bien se ajusta al voyeurismo moral. Las vanguardias no son más que una consecuencia del afán mercantilista de renovación de la maquinaria cultural, el incremento de la fabricación artística, el aumento de su productividad. Alcanzamos así otro componente de la modernidad, que es la artificiosidad, que es el punto de llegada no sólo de las exigencias productivas capitalistas en el ámbito de la cultura, sino también de la exacerbada subjetividad del artista que, igual que el capitalismo, debe reconstruir la naturaleza a su imagen y semejanza. El artista impone su versión del paisaje lo mismo que el capitalismo lo sepulta bajo las vías férreas o lo horada con negros túneles. Y a pesar de que recrea el entorno, el artista se siente enfrentado a él hostilmente. El mundo que le rodea no le gusta.

Mientras, de manera cínica y desvergonzada, nos hablan del arte por el arte y rehuyen como al peste cualquier asomo de finalidad cognoscitiva, ética o didáctica en la creación cultural.

La imagen maldita del artista es sin duda expresión de su desamparo (más económico que otra cosa), forzado a llevar una vida de marginado, más cerca del lumpen que de la aristocracia. Ciertamente esa es la imagen que presentan los literatos del siglo XIX (Dickens, Balzac, Dostoievski), acuciados por graves problemas económicos, perseguidos por sus acreedores, siempre al borde del desahucio.

Malditismo y mercantilismo no son conceptos antagónicos. Pero para romper esa imagen mitificada hay que subrayar que todos esos escritores eran malditos a su pesar, “cortesano de rentas escasas”, como se autodefine Baudelaire. En realidad quieren ser aristócratas, príncipes absolutos, pisar mullidas alfombras y frecuentar la alta sociedad. Su desgarro interno es que no pueden pasearse por los salones cantando a los prostíbulos, los hospitales y los presidios, que es el mundo que frecuentan, el único que conocen. Porque su amada aristocracia concibe a los poetas malditos como los malditos poetas.

Brota en aquel momento una escisión desde entonces repetida hasta la saciedad en la literatura: yo y el mundo como dos entes antagónicos y enfrentados. Esta reducción del arte a una crónica de los estados anímicos del omnipresente yo, que no es más que una expresión de individualismo exacerbado, se describe hoy como una forma de inconformismo, e incluso de rebeldía. Y en muchos de ellos hay una descripción minuciosa e incluso una crítica a la sociedad burguesa desenvuelta en hermosas páginas.

Llegados a este punto quizá sea bueno recordar que, como Marx demostró, “las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época”, a lo que el alemán añadió: “La clase que ejerce el poder material en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente”. Ahora bien, continuaba Marx, la división del trabajo también existe dentro de la clase dominante, separa a los productores físicos de los productores de esas ideas dominantes, hasta el punto en que “Puede incluso llegar a ocurrir que, en el seno de esta clase, el desdoblamiento a que nos referimos llegue a desarrollarse en términos de cierta hostilidad y de cierto encono entre ambas partes” (La ideología alemana).

No es el caso de Baudelaire, y de otros como él, quienes se lamentan de que los académicos y los críticos no sepan valorar sus creaciones, porque es consciente de genialidad, de la revolución poética que está iniciando. En el texto mencionado Marx decía también que el progreso de la sociedad hace que imperen “ideas cada vez más abstractas”. Y este sí es el caso de Baudelaire, uno de los más conspicuos impulsores del arte por el arte. Este principio que comienza a desarrollarse en Francia a mediados del siglo XIX sí es una novedad histórica dentro de las teorías estéticas, desprovisto de cualquier objetivo extrínseco a él mismo, de tipo moral, político, social o pedagógico. El arte -dicen Gautier y Baudelaire- no es un medio para lograr algún fin predeterminado, sino que es un fin en sí mismo.

Esta abstracción se viene abajo a la primer embestida: aunque Baudelaire presenta su creación como arte puro, los académicos y los críticos no le admitieron en el selecto foro de los consagrados, precisamente porque consideraron que distaba mucho de resultar “puro”. El poeta sigue colisionando con su entorno porque la burguesía aún no estaba preparada, carecía de los instrumentos ideológicos para asimilar la miseria como componente del arte. Estos pensaban, como aquí pensaba también Valera, nuestro paladín del arte puro, que lo que había que lograr era embellecer la realidad sacando del arte los espectáculos purulentos que yacían en ella. Así quedaban delineadas las dos posiciones artísticas “puras” de la burguesía frente a la miseria y las lacras capitalistas: o bien se ocultaban los trapos sucios, o bien se decía que eran limpios. Esta segunda fue la posición de Baudelaire.

Como buen explorador urbano, Baudelaire decía haber encontrado belleza en lugares que los demás rehuían. El poeta parisino le demuestra a la burguesía que esas zonas oscuras de descomposición y desesperación también existen bajo el capitalismo, y que como no se pueden ocultar, lo mejor es afirmar su encanto. Es más, quizá sean el motivo estético por antonomasia del capitalismo, lo verdaderamente bello. A diferencia de otros literatos, realmente críticos con las lacras sociales de su tiempo, él fue el primero que cultiva asuntos literarios exquisitamente putrefactos, el primero que se regodea, que se recrea en una decadencia estética perfectamente estudiada.

Si bien se mira, Baudelaire no es muy diferente de nuestros Mesonero Romanos, Estébanez Calderón o cualquier otro costumbrista español de la época. Él mismo se autodefinía como “pintor de la vida cotidiana”. Tiene en común con ellos la superficialidad de la descripción urbana; le diferencia sus pretensiones ideológicas que, sin embargo, son igualmente superficiales. Baudelaire no hace más que poner en verso las ideillas de un filósofo tan reaccionario como mediocre como era De Maistre.

Desgarrado él siempre, tenía un pie versallesco y otro suburbial. Deambulaba por los prostíbulos pero soñaba con ser un prócer de las letras. Baudelaire transformó al romántico en un gótico, un personaje enclaustrado, incomprendido, dandy, despreciado por el rey burgués.

Rompiendo los esquemas literarios anteriores, con Poe y con él la literatura comienza a poblarse de antihéroes, de personas que deambulan por las calles con sus sueños rotos. Los personajes románticos eran fuertes, enérgicos, decididos, invulnerables; no había obstáculo capaz de resistir su empuje. El personaje gótico es el símbolo de la impotencia, derrotado por todas las batallas, abatido por los reveses cotidianos. En definitiva, una clase social poderosa y dominante, aunque reducida numéricamente, que deriva su fuerza de una expropiación de la vitalidad y la fuerza de todos los demás, de la inmensa mayoría. El expolio capitalista no sólo está en la producción, sino en la política y seguramente también en todas las facetas de la vida, hasta en las más íntimas y personales.

De ahí que Baudelaire nos hable de los “lisiados de la vida” y que entre ellos incluya a la mayoría, a casi todos. Pero su diagnóstico, una vez más, no es certero: no es “la vida” la que nos sume en la impotencia sino aquellos que manejan sus resortes, aquellos que acaparan el poder para sembrar impotencia, desengaño, frustración.

Fernando Pessoa Poemas y Biografía

Poemas de Fernando Pessoa

Abdicación

Tómame, oh noche eterna, en tus brazos
y llámame hijo tuyo.
Soy un rey
que voluntariamente abandoné
mi trono de ensueños y cansancios.

Mi espada, pesada en brazos flojos,
a manos viriles y calmas entregué;
y mi cetro y mi corona los dejé
en la antecámara, hechos pedazos.

Mi cota de malla, tan inútil,
mis espuelas, de un tintinear tan fútil,
las dejé en la fría escalinata.

Me desnudé de realeza cuerpo y alma.
Y regresé a la noche antigua y calma
como el paisaje al morir el día.

 

Para ser grande, sé entero. Nada…

Para ser grande, sé entero. Nada
tuyo exageres o excluyas.
Sé todo en dada cosa. Pon cuanto eres
en lo mínimo que hagas,
Así en cada lago la luna entera
brilla, porque alta vive.

Severo narro. Cuanto siento, pienso…

Severo narro. Cuanto siento, pienso.
Palabras son ideas.
Murmurante, el río pasa, y lo que no pasa,
es nuestro, no del río.
Así quisiera el verso: ajeno y mío
Y por mí mismo leído.

 

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Si yo pudiera

Si yo pudiera morder la tierra toda
y sentirle el sabor
sería más feliz por un momento…

Pero no siempre quiero ser feliz
es necesario ser de vez en cuando infeliz
para poder ser natural…

No todo es días de sol y la lluvia
cuando falta mucho, se pide.

Por eso tomo la infelicidad con la felicidad.

Naturalmente, como quien no se extraña
con que existan montañas y planicies
y que haya rocas y hierbas…

Lo que es necesario es ser natural y calmado
en la felicidad o en la infelicidad.

Sentir como quien mira
pensar como quien anda,
y, cuando se ha de morir,
recordar que el día muere
y que el poniente es bello
y es bella la noche que queda.

Así es y así sea.

Esto

Dicen que finjo o miento.
Todo lo escribo. No.
Yo simplemente siento
Con la imaginación.
No uso el corazón.

Todo lo que sueño o vivo,
Lo que me falla o acaba,
Es como una terraza
Aún sobre otra cosa.
Esa cosa es la que es bella.

Por eso escribo en medio.
de lo que no está al pie,
Libre de mi ensueño,
Serio de lo que no es.
¿Sentir? ¡Que sienta quién lee!

No es mío, no es mío cuanto escribo…

No es mío, no es mío cuanto escribo.
¿A quién lo debo?
¿De quién soy el heraldo nato?
¿Por qué, engañado,
Juzgué ser mío lo que era mío?
¿Quién más me lo dio?
Pero, sea como fuere, si la suerte
Fuera que yo sea la muerte
De otra vida que en mí vive,
Yo, el que estuve
Ilusionado toda esta vida
Aparecida,
Agradezco al que del polvo que soy
Me levantó.
(Y me hizo nube un momento
Del pensamiento.)
(Al de quién soy, erguido polvo,
Sólo símbolo.)

TABAQUERÍA

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie
sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada
por la gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente
evidente,
con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y
los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y
cabellos blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la
carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de
la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pintada
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a
la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y
opinado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real
por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real
por dentro.

He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito, quizá todo no
fuese nada.
El aprendizaje que me impartieron,
me apeé por la ventana de las traseras de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla.
¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede
haber tantos!
¿Un genio? En este momento
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas
convicciones!
Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más
convincente o menos convincente?

No, ni en mí…
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos
soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol
verdadero ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo, aunque
tenga razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más
humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant
ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al
pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o
que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos
de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, pequeña,
come chocolatinas!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que las
chocolatinas, mira que todas las religiones no
enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad
con que comes!
Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel
de estaño,
lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

Pero por lo menos queda de la amargura de lo que
nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero por lo menos me consagro a mí mismo un
desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir
de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como una estatua que
estuviese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada,
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana,
o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-,
todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar,
que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me
invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)

He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no
ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni
amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin
hacer nada de eso);
puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al
que cortan el rabo
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El dominó que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo
desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me
había quitado.
Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario
como un perro tolerado por al gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy
sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho,
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de
enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la
puerta y se ha quedado a la puerta.
Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta,
y con la incomodidad del alma que está comprendiendo
mal.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará la muestra y yo dejaré versos.
en determinado momento morirá también la muestra, y
los versos también.
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo
la muestra,
y la lengua en que fueron escritos los versos,
morirá después el planeta girador en que sucedió todo
esto.
En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así
como gente
continuará haciendo cosas semejantes a versos y
viviendo debajo de cosas semejantes a muestras,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan verdadero como el
sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a
comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido,
humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo
lo contrario.
enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los
pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia
de encontrarse indispuesto.

Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el
cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(el propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y
me ha visto.
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós,
Esteves!, y el Universo
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario
de la tabaquería se ha sonreído.

Información sobre Fernando Pessoa

Está considerado uno de los poetas más importantes de la literatura portuguesa. Influido especialmente por los filósofos Nietzsche y Schopenhauer introdujo en su país las corrientes literarias que estaban en auge en su época, tal como el modernismo o el futurismo, y se convirtió en el principal foco estético de la vanguardia portuguesa.

Fernando Pessoa es el poeta que se despersonaliza en la figura de innumerables heterónimos y semi-heterónimos dando forma, a través de sus múltiples voces, a la amplitud y complejidad de sus pensamientos, conocimientos, y percepciones de la vida y el mundo.

Lo curioso es que la palabra pessoa conlleva en sí el simbolismo de este aparente desbordamiento de asumir plenamente varios personajes, pues la palabra persona deviene de las máscaras del teatro de los actores clásicos, origen etimológico de pessoa. Los heterónimos pueden ser vistos como la expresión de diferentes facetas de su personalidad y como la manifestación de una profunda imaginación y creatividad que desde temprano se revela en el poeta —se recuerda que el primer heterónimo, el Chevalier de Pas lo inventó cuando sólo tenía seis años—.

Los más conocidos y con producción literaria más consistente y constante son, entre otros: Alberto Caeiro, Alvaro de Campos y Ricardo Reis. Además de los heterónimos, se desdobló en innumerables semi-heterónimos y seudónimos, personalidades con una biografía trazada con mayor o menor detalle, con vidas literarias más o menos intensas que acompañarán al poeta durante un tiempo muy o poco significativo y que, algunas veces, se desbordan ellas mismas en otras. Teresa Rita Lopes, en su obra Pessoa por Conhecer (Lisboa, Editorial Estampa, 1990, 2 vol.), da a conocer una diversidad muy significativa de estas facetas, algunas muy poco estudiadas y otras inéditas o prácticamente inéditas.

Del período de su visita a Portugal con la familia (entre agosto de 1901 y septiembre de 1902) se conocen algunas personalidades que colaboraron con él en los primeros artículos periodísticos publicados en sus periódicos manuscritos A Palavra y O Palrador —de difusión reservada a sí y a su medio familiar—, en los que se pueden leer textos de diversas índoles escritos en portugués, no obstante la educación en lengua inglesa que había recibido.

Una de esas personalidades es el Dr. Pancrácio, que colabora en ambos periódicos y acompañará al poeta tanto en su regreso a Durban —donde se manifestará a través de un ensayo humorístico, escrito en inglés—, como en el regreso definitivo de Pessoa a Portugal, en 1905. En O Palrador (1902), colaboran, además, Pedro da Silva Salles, redactor, Luiz António Congo, secretario de redacción, José Rodriquez do Valle, en la dirección literaria, y como administrador Antonio Augusto Rey da Silva. Fernando Pessoa crea pues, no sólo un periódico sino también todo el equipo necesario para dar vida al proyecto.

En este periódico colaborará también, Eduardo Lança, un brasileño que fija su residencia en Lisboa, se dedica a su producción literaria y acompaña también a Fernando Pessoa en su regreso a Durban (1903). En esta ciudad se van forjando nuevas personalidades: Alexander Search y su hermano Charles James Search, Robert Annon y David Merrick. A su regreso definitivo a Portugal, en 1905, Pessoa se hace acompañar por estos compañeros.

Además de los hermanos Search, viaja con él un francés: Jean Seul de Méluret. A cada una de estas personalidades, Pessoa les atribuyó proyectos literarios, distribuyendo de este modo su voluntad de intervenir en la vida cultural de la que siempre fue su patria, a la que consideraba empobrecida. En Portugal, Fernando Pessoa retoma sus periódicos manuscritos. A O Palrador, dirigido en esta nueva fase por Gudencio Nabos, se le unen O Phosphoro y O Iconoclasta. Respondiendo a sus planes de intervenir en la sociedad portuguesa, va enseñando textos críticos y humorísticos que tratan, por ejemplo, acerca de la política y la religión. Otra de las muchas personalidades creadas por Pessoa fue la de Joaquim Moura Costa, el cual colabora en estos dos periódicos a través de textos que manifiestan su espíritu satírico y revolucionario.

Pantaleao fue otro de los colaboradores de O Phosphoro. Personalidad multifacetada, se vuelca al periodismo, la poesía y los textos humorísticos. Es militante republicano y teje vehementes críticas a la iglesia católica y a la monarquía. A estas alturas aparece también, como en un desbordamiento de aquél, Torquato Mendes Fonseca da Cunha Rey que, antes de morir, encarga a Pantaleao que publique un texto de su autoría.

En el proyecto de Fernando Pessoa para la Empresa Ibis, en 1907, inmerso en el espíritu patriótico que se manifiesta abiertamente por la voluntad de contribuir en la divulgación de la cultura portuguesa, colaboran Vicente Guedes (personaje muy asociado a Bernardo Soares, este último asumido por Pessoa como semi-heterónimo), Carlos Otto y los ya conocidos Joaquim Moura Costa y Charles James Search. Además de Carlos, surgen también Pantaleao, Joaquim Moura Costa y Fernando Pessoa unidos al periódico O Phosphoro.

Del período del sensacionismo y del interseccionismo, Teresa Rita Lopes nos da cuenta de personalidades como Antonio Seabra, Frederico Reis (probablemente un hermano del heterónimo Ricardo Reis), Diniz da Silva, Thomas Crosse e I.I.Crosse, siendo estos últimos los divulgadores en lengua inglesa del sensacionismo. Parece haber existido otro hermano Crosse, A.A. Crosse, aquel que respondía en periódicos ingleses a concursos de charadas y del cual Pessoa habla a Ophelia (la respuesta a los concurso de charadas no es novedad en el Fernando Pessoa de 1919 ya que, en Durban, disputaba estos concursos a través del nombre de Tagus).

A esta lista se deben añadir: El psicólogo F. Antunes, que surge hacia 1907, Frederick Wyatt y sus hermanos Walter y Alfred (este último con residencia en París donde convive con Mario de Sá-Carneiro, O Barao de Teive, personalidad literaria cuya obra continúa descubriéndose y que expresa la faceta de inadaptación y el sentimiento de exclusión de su demiurgo; Bernardo Soares (a quien acabó por ser atribuido O Livro do Desassossego, pensado tanto para Vicente Guedes como para el propio Fernando Pessoa) y María José que, según Teresa Rita Lopes, habría sido la voz femenina que más se destacó en el universo de las creaciones pessoanas.

Además de los nombres de Botelho y de Quaresma (y de tantos otros) se destaca también el de Antonio Mora, personalidad asociada al paganismo, el que asume el papel de loco (dando expresión a un tema que Pessoa vive con profunda intensidad) de un manicomio de Cascais y que, experimentando como médico, viene a diagnosticar al hombre moderno, detectando al loco-enfermo. Colabora con Pessoa en proyectos para algunas revistas.

Las personalidades más conocidas son los heterónimos Alvaro de Campos, Alberto Caeiro y Ricardo Reis. Para cada uno de estos hombres, Fernando Pessoa diseñó una cuidada biografía, un horóscopo, un retrato físico completo, y trazó sus características morales, intelectuales e ideológicas. Tres personajes diferentes y cada cual con una actividad literaria distinta, personajes que se conocen y entran en polémica unos con otros, tres facetas de un mismo hombre que de las dispersiones parece haber hecho la condición necesaria y suficiente del encuentro consigo mismo.

Ricardo Reis: En lo relativo a su nacimiento, tanto en la mente del poeta, como en su “vida real”, Fernando Pessoa establece fechas distintas. Primero afirma, de acuerdo con el texto de Páginas íntimas y de Auto-Interpretación (p.385), que éste nació el 29 de enero de 1914: “El Dr. Ricardo Reis nació dentro de mi alma el día 29 de enero de 1914 a las once de la noche. Yo había estado oyendo el día anterior una discusión extensa sobre los excesos, especialmente en la realización del arte moderno. Según mi proceso de sentir las cosas sin sentirlas, me fui dejando ir en la onda de esa reacción momentánea. Cuando me di cuenta en qué estaba pensando, vi que había levantado una teoría neoclásica, que se iba desenvolviendo…” Más tarde, en una carta a Adolfo Casais Monteiro fechada el 13 de enero de 1935, altera la fecha de este nacimiento afirmando que Ricardo Reis nació en su espíritu en 1912. Fernando Pessoa considera que este heterónimo fue el primero en revelársele aunque no haya sido el primero en iniciar su actividad literaria. Si Ricardo Reis está latente desde el año 1912, a juzgar por la carta mencionada, es sólo en marzo de 1914 cuando el autor de las Odes inicia su producción, desde entonces continuada e intensa, y siempre coherente e inalterable, hasta el 13 de diciembre de 1933. También en lo que respecta a la biografía de Ricardo Reis, Fernando Pessoa presenta datos distintos. En el horóscopo que hizo de él, sitúa su nacimiento el 19 de setiembre de 1887 en Lisboa a las 4:05 de la tarde. En la carta a Adolfo Casais Monteiro, referida anteriormente, afirma que la ciudad natal de Ricardo Reis es Oporto.

Médico de profesión, monárquico —circunstancia que lo llevó a vivir emigrado algunos años en Brasil—, educado en un colegio de jesuitas, recibió una formación clásica y latinista y fue imbuido de principios conservadores. Domina la forma de los poetas latinos y proclama la disciplina en la construcción poética. Ricardo Reis es marcado por una profunda simplicidad de la concepción de la vida, por una inmensa serenidad en la aceptación de la relatividad de todas las cosas. Es el heterónimo que más se aproxima a su creador, tanto en el aspecto físico —es moreno, de estatura media, camina algo curvado, es magro y tiene apariencia de judío portugués (Fernando Pessoa tenía ascendencia judía)— tanto en la manera de ser como en el pensamiento. Es adepto del sensacionismo que hereda del maestro Caeiro, pero al aproximarlo al neoclasicismo lo manifiesta en un plano distinto. Fernando Pessoa lo refiere como sigue, en “Páginas Intimas e Auto Interpretaçao”,(p. 350): Caeiro tiene una disciplina: las cosas tienen que ser sentidas tal como son. Ricardo Reis tiene otra disciplina diferente: las cosas deben ser sentidas, no sólo como son, también de modo que se integren en un cierto ideal de medida y reglas clásicas.

Se asocia el paganismo de Caeiro y sus concepciones del mundo al estoicismo y al epicureísmo (según Frederico Reis la filosofía en la obra de Ricardo Reis se resume en un epicureísmo triste —en Páginas Intimas e Auto Interpretaçao, p.386—). Su forma de expresión la busca en los poetas latinos y afirma, por ejemplo, que debe de haber, en el más pequeño poema de un poeta, cualquier cosa donde se note que existió Homero.

Alberto Caeiro, el maestro, en torno al cual se determinan los otros heterónimos, nació en Lisboa, en abril de 1889, aunque vivió la mayor parte de su vida en una quinta en el Ribatejo, donde conocería a Alvaro de Campos. Su educación se limitó a la instrucción primaria, lo cual concuerda con la simplicidad y naturalidad que reclama para sí mismo. Rubio, de ojos azules, estatura media, un poco más bajo que Ricardo Reis, está dotado de una apariencia muy diferente al de los otros heterónimo. También es frágil, aunque no lo aparenta mucho, y murió precozmente (tuberculoso), en 1915. El maestro es aquel de cuya biografía menos se ocupa Pessoa. Su vida eran sus poemas, como dice Ricardo Reis: La vida de Caeiro no puede narrarse pues no hay en ella más que contar. Sus poemas son lo que hubo en su vida. En todo lo demás no hubo incidentes, ni hay historia (en Páginas Intimas e Auto Interpretaçao, p. 330)

Se presenta en Fernando Pessoa el 8 de marzo de 1914, de manera aparentemente no planeada, cuando el poeta se debatía en la necesidad de ultrapasar el paulismo, el subjetivismo y el misticismo. Es en ese momento conflictivo que aparece, de repente, una voz que se ríe de esos misticismos, que rabia contra el ocultismo, niega lo trascendental defendiendo la sinceridad de la producción poética. Es un ser manifiestamente apologista de la simplicidad, serenidad y nitidez de las cosas, dotado de una naturaleza positivo-materialista y que rechaza doctrinas y filosofías. Es este ser que el 8 de marzo escribe de corrido más de 30 poemas de O Guardador de Rebanhos. Gran parte de la producción poética de Ricardo Reis parece haber sido siempre escrita de este modo impetuoso en momentos de súbita inspiración. A esa voz, Pessoa da el nombre de Alberto Caeiro.

Según Fernando Pessoa, la obra de Caeiro representa una reconstrucción integral del paganismo en su esencia absoluta, que ni griegos ni romanos pudieron hacer justamente porque, al vivir inmersos en esa creencia, les faltó distancia para pensarlo.

Se presenta como el poeta de las sensaciones; su poesía sensacionista se asienta en las sustitución del pensamiento por la sensación (soy un guardador de rebaños / el rebaño es mis pensamientos / y mis pensamientos son todos sensaciones). Alberto Caeiro es el poeta de la naturaleza y actitud antimística (si quisieran que yo tuviera misticismo, está bien, lo tengo / soy místico, pero sólo como cuento / mi alma simplemente no piensa / mi misticismo es no querer saber / y vivir es no pensar en eso).

Es el poeta del objetivismo absoluto. Ricardo Reis afirma que Caeiro, en su objetivismo total, o antes, en su tendencia constante hacia un objetivismo total, es frecuentemente más griego que los propios griegos. Es también el poeta que repudia las filosofías cuando escribe, por ejemplo, que los poetas místicos son filósofos enfermos (doentes) / y los filósofos son hombres dolidos y niega el misterio en lo que refiere a la búsqueda del sentido íntimo de las cosas: El único sentido íntimo de las cosas/ Es que ellas no tienen ningún sentido íntimo…

Fernando Pessoa dejó un texto en que explicita el valor de Caeiro y un mensaje que este poeta nos dejó y puede servir de base para la comprensión de su obra: A un mundo sumergido en diversos géneros de subjetivismo viene a surgir el Objetivismo Absoluto, más absoluto de lo que los objetivistas paganos tuvieron jamás. A un mundo ultracivilizado viene a sustituir una Naturaleza Absoluta. A un mundo hundido en humanitarismos, en problemas operarios, en sociedades éticas, en movimientos sociales, tras un desprecio absoluto por el destino y por la vida del hombre, lo que puede considerarse excesivo, es para él, al final, un correctivo natural magnífico. (Páginas Intimas e Autointerpretaçao, p.375)

Alvaro de Campos nació en Tavira, en 1890 y es ingeniero de profesión. Estudió en Escocia y se formó en Glasgow en ingeniería naval. Fue a Oriente y navegando por el Canal de Suez, escribió el poema Opiário dedicado a Mario de Sá-Carneiro. Desilusionado de esa visita regresa a Portugal, donde lo espera el encuentro con el maestro Caeiro y el inicio de un intenso viaje por las teorías del sensacionismo y del futurismo o del interseccionismo. Lo espera aún un cansancio y un sonambulismo poético como prevé en el poema Opiário: Vuelvo a Europa descontento, y de paso / de llegar a ser un poeta sonambúlico.

Conoció a Alberto Caeiro en una visita al Ribatejo y se convirtió en su discípulo: Lo que el maestro Caeiro me enseñó fue a tener claridad, equilibrio, organismo en el delirio y en el desvairamiento, y también me enseñó a procurar no tener filosofía ninguna, pero con alma (Páginas Intimas e Auto Interpretaçao, p.405)

Entre tanto, se aleja del objetivismo del maestro al aproximarse a movimientos modernistas, tales como el futurismo y el sensacionismo. Percibe las sensaciones distanciándose del objeto y centrándose en el sujeto. Un subjetivismo que acabará por encaminarse en la conciencia del absurdo, la experiencia del tedio, la desilusión (grandes son los desiertos, y todo es desierto / grande es la vida, y no vale la pena haber vivido) y de la fatiga (lo que hay en mí es sobre todo cansancio / no de esto ni de aquello, / sin siquiera de todo o de nada: / cansancio así mismo, él mismo, /Cansancio).

Alvaro de Campos experimentará la civilización y admirará la energía y la fuerza, transportándolas al dominio de su creación poética (en los textos Ultimatum y Ode Triunfal). Es el poeta modernista que escribe las sensaciones de la energía y del movimiento, así como las sensaciones de sentir todo de todas las maneras. Es quien más expresa los postulados del sensacionismo, elevando hasta el exceso ese ansia de sentir, de percibir toda la complejidad de las sensaciones.

Su primera composición data de 1914 y aún el 12 de octubre de 1935 firmaba poesías, es decir, poco antes de la muerte de Fernando Pessoa, el cual dejará de escribir textos antes que Alvaro de Campos.

Semiheterónimos

Además de los heterónimos Alvaro de Campos, Alberto Caeiro y Ricardo Reis, Pessoa escribió una serie de textos atribuidos a unos semi-heterónimos, personajes no totalmente independientes de la figura del poeta. Entre ellos se encuentran:

Pedro Botelho: escribió una serie de cuentos como “El Prior de Burcos”, “Cuaresma”, “La Muerte del Dr. Cerdeira”, “La experiencia del Dr. Lacroix”, “El Eremita de la Sierra negra”, “El vencedor del tiempo”, de los cuales sólo se conservan algunos fragmentos.

Antonio Mora: Filósofo, escribió varios textos sobre el paganismo, y sobre los heterónimos como el libro “Alberto Caeiro y la renovación del paganismo”, en el que cuenta la relación maestro-discípulo que había entre los heterónimos y reflexiona sobre sus posturas paganas.

Fausto: A este semi-heterónimo se le atribuye un poema dramático incompleto en que se hace una reflexión sobre el conocimiento, el mundo, el placer y el amor, la muerte …

Alexander Search: Es una de las primeras personalidades que aparecen en Pessoa, autor de sus primeras composiciones. Escribe en inglés.

Bernardo Soares: Contable al que se le atribuye el “Libro del Desasosiego”, publicado en 1982. También escribió algunos poemas.

Frederico Reis: Es el hermano del heterónimo Ricardo Reis.

Barón de Teive: Sólo se conocen notas sueltas para un libro que no llegó a terminar como “La educación del estoico”. Al igual que Soares, Pessoa afirma que nació a partir de rasgos particulares de su personalidad.

Vicente Guedes: Hay teorías que afirman que fue el primer autor del “Libro del Desasosiego” aunque algunos de los textos incluidos en este libro fueron publicados con anterioridad adjudicándose su autoría el propio Pessoa.

Por último, en otras ocasiones Pessoa escribía bajo su propia personalidad pero tras un seudónimo, algunos de ellos fueron:

Raphael Baldaya
A.A.Cross
Thomas Crosse
Pantaleao
Chevalier de Pas
Charles Robert Anon
Maria Jose
Adolf Moscow
Jean Seul de Méleuret

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Fernando Antonio Nogueira Pessoa nació en Lisboa el 13 de junio de 1988. Entre 1896 y 1905 vivió en Durban, Sudáfrica, donde su padre era cónsul. El inglés se convirtió en su segunda lengua y trabajó como traductor técnico. Sus primeros trabajos están escritos en este idioma.

En 1906 se matricula en el Curso Superior de Letras, en Lisboa, pero lo abandona un año más tarde.

En 1914 empieza a escribir poemas de sus heterónimos (distintas personalidades dentro de sí). Colabora en revistas culturales como Orpheu (1915), Atena —dirigida por él mismo y Ruy Vaz a partir de 1924—, y O Presença en 1927.

En 1926 requiere la patente de invención de un Anuario Indicador Sintético, por nombres y otras clasificaciones, consultable en cualquier lengua. En esta época dirige junto con su cuñado la Revista de Comercio y Contabilidad. En 1934 aparece Mensagem el único libro que se publicó mientras vivía.

El 30 de noviembre de 1935 muere en Lisboa a los 47 años.