Los mejores cuentos infantiles cortos y entretenidos

Sea que lo lean solos o que se los leamos nosotros, el momento de emprender un cuento con un chico es el momento en el que nos podemos conectar con su alma, con sus sueños y sus emociones. En los cuentos, los niños pueden mostrarnos lo que en realidad piensan, lo que les asusta, lo que les emociona, lo que les entristece y lo que los hace inmensamente felices.

Los mejores cuentos infantiles para que leamos juntos

Acá vas a poder encontrar los mejores cuentos para leer con los chicos y para conectarte completamente con ellos.

Arturito

Arturito era un ciervito que paso a pasito llevaba por el bosque a pasear a los animalitos.

Disfrutaba de su paseo, paso a pasito, llevando a una familia de zorritos o de pajaritos.

Un día Arturito encontró a un nene que lloraba entre flores y honguitos.

– ¿Por qué lloras? -Le preguntó Arturito.

– Porque mi mamá tiene que viajar y nadie la puede llevar.

Entonces hizo subir al nene y pasito a pasito se fué a la orilla de un laguito.

En un lugar con ranas verdes y hongos rojos lo detuvo un rey que le pidió socorro.

– Mi carroza se rompió.

– Si me llevas al castillo te daré el oro que tengo en mi bolsillo – Dijo el Rey.

– No puedo – Se disculpó Arturito-.- Tengo que ayudar a este pequeñito.

Y Arturito siguió pasito a pasito hasta que llegaron a un lugar con mariposas y pajaritos. Sentada entre las flores estaba el Hada del bosque, que abrazando al nene dijo:

– Gracias hijo por traer ayuda.

Sí, la nena que lloraba era la hija del Hada.

– ¿A donde quieres ir? – Preguntó Arturito.

– ¡Al otro lado del bosque!, Contestó el Hada, – a visitar a la luna que es como mi hermana.

– ¡Que lastima! -Suspiró Arturito-. – No puedo volar porque soy un ciervito.

Eso lo cambiaremos – Sonrió el Hada.

Lo tocó con la varita mágica y dijo:

– Arturito, llévame al otro lado del bosque a ver la luna… ¡Pronto, prontito, paso a pasito volarás Arturito!

Y Arturito viajó del bosque a la luna por el cielo azul.

Desde entonces Arturito tiene dos trabajos: de día llevar a pasear a los animalitos del bosque y durante la noche se va a viajar por el cielo sin que choque.

Agostina Romero y Micaela Barbarrusa

El Niño Perdido

Cuentan la historia sobre un niño perdido. Una noche oscura y fría salió corriendo de su cuarto. Corrió y corrió días enteros. Tal vez fueron dos, tres, o cuatro días…

A medida que corría se iba olvidando de quién era. Agotado físicamente, hambriento y sediento fue deteniendo su marcha.

Comenzó a caminar, a serenarse, a pensar, a respirar… Un silencio perfecto lo envolvió…

Queda inmóvil en una pradera de bellísimo follaje, un arroyo con una cascada que sonaba igual que un día de lluvia, espumante, fresca, salvaje y vivaz.

Flores de colores por doquier con perfume celestial. Pájaros volando, cantando, danzando; peces y otros animales completaban el cuadro.

El sol entrando a través de altísimos árboles como cortinas de luz y calor decorando, con aroma de exquisito verdor.

El niño da vueltas sobre sí mismo para disfrutar de todo aquello.

Abre sus brazos para sentir el espacio hallado y abrazarlo de alguna manera.

El calor del sol de la tarde y la frescura que irradia la cascada que salpica sus pies lo invaden de deleite interno y externo.

De pronto un lobo joven se presenta:

– Hola ¿Eres un cazador?

– ¿Qué es un cazador? – le responde el niño.

– Es un hombre malo que caza animales. –

– Ah! no, eso no soy – dijo el niño acompañando su respuesta con un movimiento de cabeza apurado. – ¡jamás te mataría! – agregó.

– ¿Eres un leñador?

– ¿Qué es un leñador? – pregunta el niño.

– Es un hombre malo que corta los árboles.

– Ah!! No!!! Eso tampoco soy.

– ¿Eres un pescador?

– No, tampoco soy un hombre malo que mata peces. – responde rápido y seguro.

– Ya veo,…no eres un hombre adulto. Un animal tampoco eres… – sugirió el lobo pensativo. – ¿qué eres?

– ¡¡¡¡Soy un niño!!!! – dijo ofendido casi gritando.

– ¿Un niño?? No te pareces a un niño… – afirma el lobo.

– ¿Por qué? ….Si me veo como un niño!!! – exclama angustiado.

– Porque los niños al igual que los cachorros animales se ven diferentes a ti, se ven….

– ¿Cómo??? – pregunta angustiado el niño. – ¿Cómo me veo?

– Se ven más… más… felices… ¿qué te ha pasado pequeño humano? ¿De qué escapas?– pregunta el lobo.

– No lo recuerdo…no puedo recordar nada…debo regresar por donde vine para poder encontrar una respuesta… ¡Adiós amable lobo! – balbucea y se apresura a retomar el camino.

– ¡Espera niño! Ahora estás aquí y será por algo importante. Eres nuestro invitado de honor. Disfruta de nuestro hogar. Bebe del arroyo. Come las frutas que deseas. Juega con los animales y aprende de ellos. Ríe, canta y descansa sobre la hierba. Luego si lo deseas, regresas por donde viniste.

El niño disfrutó de todo lo ofrecido con tanta amabilidad. Rió hasta dolerle el estómago, saltó y corrió descalzo sintiendo la hierba entre los dedos de sus pies, se sanó de todas sus heridas físicas ocasionadas por tremenda corrida vivida, rodó por el césped sintiendo el rocío y perfume del follaje en su piel, nadó con los peces, saltó de la cascada un montón de veces!!! y saboreó las frutas frescas que la naturaleza brindó. Nunca se había sentido tan feliz.

Cuando se estaba despidiendo del lugar, de sus habitantes, su visión comenzó a alterarse, a oscurecerse…recordó por qué había corrido tanto.

Despertó agitado en la cama de su habitación. Miró calmosamente a su alrededor buscando a sus nuevos amigos, reconociendo el lugar…

Descubrió en ese momento que no era un niño, era un hombre…

– ¡¡¡Fue todo un sueño!!!- se dijo angustiado.

Saltó de la cama, abrió la ventana de su cuarto y se encontró con bocinas de autos sonando estridentes en sus oídos, smog ensuciando su rostro entrando hollín, calor y gases tóxicos. En lugar de aquél paisaje, visualizó pavimento ardiente y maloliente, edificación sin límite en todas direcciones prohibiendo percibir el cielo, el sol, vehículos de todo tipo, gente y gente subiendo y bajando, entrando y saliendo, hablando, gritando,…

Se sentó en la cama y recordó cómo era su vida, lo que vivió en aquél lugar y lo que vivirá a partir de ahora.

Leonora Daniela Mazza

El León Enjaulado

El Ayuntamiento de Barcelona ha tenido una idea feliz y oportuna: la de reorganizar el Parque zoológico del Retiro, llamado por el vulgo la Casa de Fieras. En todas las grandes poblaciones hay una colección de animales exóticos que divierten y enseñan a las muchedumbres con sus saltos, sus rugidos, su graznar y sus vuelos. En España estamos privados de ese recreo. El Parque de Barcelona es malo; el de Madrid peor. La falta de curiosidad y de imaginación, se ha revelado en esto como en tantos detalles de la vida. Hemos perdido las colonias que descubrimos, sin que nadie intentara, por vía oficial o particular, traer algunos ejemplares de la fauna riquísima de ellas, y hemos tenido que ir a Londres, a París, a Berlín o a Washington para ver cómo son los tipos más interesantes de los habitadores de los bosques y estepas de Asia, África, América y Oceanía. Representante de los huéspedes de la Casa de Fieras es el león valetudinario que so arrastra en la jaula, lanzando de cuando en cuando débil queja, más señal de dolor que de poderío clausurado. Le vimos de niños, le hemos mostrado a nuestros hijos y a nuestros nietos, y a través de las generaciones, el rey de las selvas nos ha dado una sensación de ruindad y de pobreza, modo de que las nociones más bellas y conmovedoras se truequen en siniestras caricaturas. No sé lo que hará el Municipio de Madrid, el cual es capaz de todo lo grande cuando se empeña, y de todo lo deplorable cuando se descuida. Lo que sí creo es que la nueva organización del Parque Zoológico ha de modificar el viejo estilo. Ya no ha de otorgarse el lugar de honor al león, la fiera brava y noble. Él significaba el romanticismo de Chateaubriand y de Zorrilla. Ahora la fiera que está de moda es el oso.

José Ortega Munilla

El coco azul

María era mucho menor que sus hermanos Guillermo y Lucía y sin duda por eso la mimaban tanto sus padres. Había nacido cuando Francisco y Mariana no esperaban tener ya más hijos y, aunque no la quisieran mas que a los otros, la habían educado mucho peor. No era la niña mala, pero sí voluntariosa y abusaba de aquellas ventajas que tenía el ser la primera en su casa cuando debía de ser la última. A causa de eso Guillermo no la quería tanto como a Lucía; ésta, en cambio, repartía por igual su afecto entre sus dos hermanos. Cuando María hacía alguna cosa que no era del agrado de Guillermo, él la amenazaba con el coco y pintaba muñecos que ponía en la alcoba de su hermana menor para asustarla. Teresa tenía miedo de todo y sólo Guillermo era el que procuraba vencer su frecuente e incomprensible terror. No se le podía contar ningún cuento de duendes ni de hadas, ni hablarle de ningún peligro de esos que son continuos e inevitables en la vida. Los padres se disgustaban con que tal hiciera, y sólo su hermano procuraba corregirla por el bien de ella y el de todos, esperando aprovechar la primera ocasión que se presentase para lograrlo. Rompía los juguetes de su hermana sin que nadie la riñese y Lucía había guardado los que le quedaban, que aun eran muchos y muy bonitos, donde María no los pudiera coger. -El día que seas buena te los daré todos, le decía. -Y cuando seas valiente yo te compraré otros, añadía Guillermo. María se quedaba meditabunda durante largo rato, sin hallar el medio de complacerles. No tenía ella la culpa de ser tan miedosa, bien hubiera querido vencer sus temores para evitar las burlas de sus hermanos y de sus amigas. Si salía a paseo, tenía que volver a su casa antes que anocheciera y era preciso llevarla a sitios muy concurridos. Si un hombre la miraba, creía que le iba a robar; si un perro corría a lo lejos, se figuraba que era un animal desconocido y de colosal altura. Si se despertaba de noche y veía por la entornada puerta la luz de la lámpara de una habitación próxima, imaginando que había fuego en la casa, saltaba con precipitación de la cama pidiendo socorro. No podía estar sola jamás, ni ir a buscar ningún objeto a otro cuarto sin que la acompañasen. En su misma alcoba tenía que dormir una buena mujer que había sido su nodriza y continuó después al servicio de los padres de María. Quería tanto a la niña que dormía muy poco para poder vigilar su sueño, despertarla si le atormentaba alguna pesadilla o acostarla con ella si estaba desvelada por el miedo. Habiendo caído enferma la madre de María y no bastando los criados de la casa para velar por si algo se ofrecía, mientras acompañaban a la paciente su marido y otras personas de la familia, forzoso fue que la nodriza entrara también en turno para aquel servicio. Ella se quedaba vestida junto a la cama de la ni- ña que, sabiendo que estaba allí a su lado, no tenía cuidado de ningún género. Una noche, el padre de María llamó desde fuera a la antigua criada, que se apresuro a salir. -Hay que ir a la botica, le dijo su amo, se ha concluido una de las medicinas y dice el doctor que es preciso traer más. La excelente mujer comprendió que no podía desobedecer aquella orden; miró a la niña, que dormía con la mayor tranquilidad, se abrigó bien y salió a la calle para cumplir lo dispuesto por su señor. -Tardaré poco, se dijo, y en este momento María no ha de despertarse, sería muy casual que así fuese. No había querido cerrar la puerta de la alcoba para no hacer ruido. En la botica la detuvieron un buen rato porque el excesivo número de enfermos que había en aquella época era causa de que tuviesen allí muchas recetas, que se servían por riguroso turno, y el personal de la farmacia más próxima era bastante escaso. Apenas haría un cuarto de hora que había salido la nodriza, cuando María se despertó. -¡Martina! ¡Martina! llamó por dos veces. Nadie le respondió. Como era la primera vez que esto había sucedido, pues la mujer, que tenía el sueño muy ligero, contestaba en seguida que oía la voz de María, ésta empezó a alarmarse y se sintió invadida de aquel invencible terror que tanto le atormentaba. Creyó que a sus voces acudiría su padre o alguno de sus hermanos, en el caso de que éstos no se hubiesen acostado todavía. Al poco rato encendieron una luz en la habitación inmediata. Fijos los ojos en la entornada puerta, la niña cesó de gritar y se quedó inmóvil. La puerta se abrió entonces por completo y apareció en ella una figura negra con un palo en la mano. -Si no te callas te llevaré conmigo, le dijo con atronadora voz. ¿A quién llamabas? ¿no puedes estar sola? Ante aquella amenaza la pobre niña se echó a temblar y ocultó el rostro con las sábanas. -Márchate, coco negro, murmuró al fin, que yo seré buena. La figura negra desapareció. Apenas había salido, María empezó a llamar a gritos a su nodriza. En la puerta apareció otra figura vestida de azul. Ésta se acercó a la niña a pesar de sus protestas, y colocó encima de su cama una hermosa muñeca. -¡Vete! exclamó María llorando. -No me iré sin que me escuches, contestó el fantasma. Yo soy el coco azul y quiero mucho a los niños buenos, a los que doy dulces y juguetes; mas para esto es necesario que no me teman ni tengan miedo a nada. En el último piso de tu casa hay un cuarto obscuro, del que sin duda has oído hablar, que sirve para guardar baúles y muebles viejos; en un rincón de ese cuarto hay muñecas, sillas, mesas y camas para una casa de aquellas, juegos de café, batería de cocina, almendras, caramelos, y otras cosas buenas o bonitas. Si mañana te atreves a ir allí sola, de día, todo será para ti, si no se lo daré a otra niña. -¿Son los juguetes como los de Lucía? se atrevió a preguntar María, porque aquel coco no le parecía tan malo como el negro. -Sí, como los de Lucía. -¿Y serán para mí? -No lo dudes. -Pues bien, coco azul, si te marchas enseguida, mañana iré por ellos. A María le pareció que el coco se burlaba de ella, porque apenas podía contener la risa. Cogió la muñeca y se alejó precipitadamente. La niña ya no se atrevió a gritar, temiendo que apareciese un coco de otro color. ¡Si el azul no le engañara! ¡Si todos aquellos juguetes y golosinas fuesen para ella! ¿Por qué se había llevado la muñeca otra vez? Su conciencia le decía que en realidad no la había ganado, porque tenía muchísimo miedo. Cuando la nodriza volvió, encontró a María con los ojos abiertos, pero callada. -¡Qué buena es mi niña! dijo besándola; así te quiero yo ver, sin miedo aunque no esté contigo. He tenido que ir a la botica a buscar una medicina para tu mamá, que ya está muy aliviada y pronto podrá levantarse. Ya no me separaré más de ti. -¿Estamos solas, Martina? -Sí, solas, como siempre a estas horas, respondió la nodriza. -Pues acércate a mí, que te voy a contar lo que me ha pasado. Y hablando muy bajito, le refirió la visita de los dos cocos. -Habrá soñado todo eso, pensó la criada. A la mañana siguiente, al observar que había dejado un mantón negro sobre una silla y que las cortinas del balcón y de las puertas eran azules, supuso Martina que, asustada María, los había tomado por fantasmas y que había soñado que le habían dicho todo aquello. Vino a confirmar esta idea el oír que María en sueños nombraba sin cesar al coco azul. Al otro día se levantó la niña pensando en los prometidos juguetes y decidida a armarse de valor para ir a buscarlos. -Subiré después del desayuno, se dijo. Pero no se atrevió entonces y lo dejó para cuando acabase de almorzar. -¿No sales hoy a paseo? le preguntó Lucía. -No, contestó María, tengo que hacer en casa. -¡Ah! ¿tienes que hacer? repitió riéndose la hermana mayor. -Si, y no te burles. -¡Famosas ocupaciones serán las tuyas! -Si me atreviera te las diría. -Pues atrévete. -Es que… no sé si es preciso guardar el secreto. -Conmigo seguramente no, profirió Lucía. María pareció vacilar un poco, pero al fin, como su hermana era buena para ella y podía darle un consejo, se decidió a contarle la aparición del coco negro y la del coco azul. Al terminar suplicó a Lucía que subiese con ella al cuarto obscuro. -Eso no puede ser, le replicó, te han dicho que vayas sola y si te acompaño ya no habrá de fijo ni juguetes ni dulces. Larga fue la lucha que tuvo que sostener María; varias veces llegó al primer tramo de la escalera, porque hasta él la llevó de la mano su hermana, pero no hubo medio de que pasara de allí. -Iré contigo hasta la puerta del cuarto, le dijo Lucía. Pero aunque subió con María no logró que la niña entrase sola. -Déjalo para mañana, a ver si tienes más valor, le aconsejó la otra. -Mañana no estarán los juguetes… -Puede ser que sí. Por la noche también tuvo Martina que dejar sola a María para acompañar un rato a la enferma, que había tenido un gran alivio en su dolencia, pero cuyo estado exigía siempre un cuidado asiduo. La niña se despertó y vio, como la noche anterior, al coco negro que la amenazó y al coco azul que la trató con dulzura. Tuvo menos miedo al primero y hasta se atrevió a mirar detenidamente al segundo. Aquel coco le era simpático y conoció que acabaría por familiarizarse con él. Prometió a la niña ir al día siguiente con ella al cuarto obscuro. Y en efecto, a las diez de la mañana estaba esperándola en el primer descanso de la escalera, con su hermoso manto de cielo que le cubría desde la cabeza a los pies. María se acercó al coco y subió con él hasta lo más alto de la casa. Al llegar allí abrió la puerta y la niña vio que el cuarto estaba profusamente iluminado con velas y farolillos y en el fondo estaban los juguetes ofrecidos y otros muchos y las golosinas que a ella más le agradaban. Encantada María al ver todo aquello, empezó a saltar de alegría y a coger cuantos objetos pudo colocándolos en su delantal, para bajarlos a su cuarto en menos tiempo. El coco azul le ayudaba en su tarea, y allí apareció también el coco negro para terminar más pronto. Cuando todo estuvo trasladado, como María era ya una niña bien educada, dio las gracias a los cocos que le pidieron un beso. Ella cerró los ojos para no verles la cara y obedeció. Entonces el coco negro y el coco azul desaparecieron. Los dos corrieron al cuarto del padre de María, se quitaron su disfraz apareciendo: bajo el traje del coco malo Guillermo, y del coco bueno Lucía. -Ha estado la niña más valiente de lo que esperábamos, dijeron. Poco a poco fue perdiendo María el miedo a todas las cosas naturales y sobrenaturales, pero, aun siendo mayor, siguió ignorando que los cocos habían sido sus hermanos. Si algún día no sabía la lección, le decía su madre: -Mira que va a venir el coco negro. Y aprendía pronto al oír esta amenaza. Sonreía dulcemente, como si de algo muy querido de ella se tratara, cuando, después de haber hecho una cosa buena le decían: -En recompensa, se lo contaremos al coco azul.

Julia Asensi

Cisóforo el mago

En los tiempos del triste rey Alfonso X, el Sabio, había en Valladolid un italiano que llegó allí como criado de uno de los maestros del orientalismo literario a quienes el monarca de las Cantigas había llamado para que le ayudaran en ciertos trabajos de erudición. El sabio murió. Su siervo quedó en Valladolid. Y pronto ganó fama de adivino, de astrólogo y de descubridor de los secretos de la Naturaleza. Cisóforo, que éste es el nombre del sujeto, anticipándose a los siglos, había descubierto la manera de que las verduras crecieran rápida y abundantemente. Los modernos abonos químicos fueron en realidad inventados por Cisóforo. Díjose de él que era hereje, enemigo de Dios, afiliado a las huestes diablunas. Los miembros de la Iglesia intervinieron. Fue interrogado. El Comisario de la Fe dijo: – Se asegura que tú tienes parte con el Enemigo. Y que por eso consigues que sembrada una semilla ahora, florezca y dé fruto seis horas después. Contestó Cisóforo: – Eso no es cierto, no tengo parte con el Demonio. Lo que sí he hecho es estudiar mucho, analizar los problemas de la Botánica. Y he hallado manera de que prosperen rápidamente las plantas, sin que para eso tenga que intervenir el maleficio. Hízose la prueba. En una horterilla, de cabida como de media azumbre, puso Cisóforo cuatro puñados de tierra hortelana. Enterró allí dos docenas de granos de trigo. Tapó la cazuelita. Y dijo al Comisario: -Ruégole, señor, que ate con una cinta la vasija, ponga su sello de cera y la tenga en su poder, y yo vendré a verle a la hora en que ya habrá fructificado la semilla. En efecto. Seis horas después llegaba Cisóforo a la casa del Comisario. -Ya se habrá operado eso que llamáis milagro o maleficio, y que no es sino el cumplimiento de una ley de la Naturaleza. Habíanse reunido para presenciar el suceso todos los notables de la ciudad. Hasta el arzobispo quiso asistir al ensayo. Roto el precinto, quitada la cobertura de la horterilla, todos quedaron pasmados. Los tallos del trigo habían crecido tanto que ya se doblaban por no tener espacio suficiente. Intervino el arzobispo, y preguntó a Cisóforo: – Si esto no lo haces por maleficio infernal, ¿cómo lo haces? Y Cisóforo se hincó de rodillas, levantó juntas las manos, rezó la oración de Santa María, y luego dio la respuesta. – Es que yo he estudiado mucho, es que yo me he pasado los días y las noches viendo cómo las plantas crecen, viendo cómo las tierras dan de sí energías creadoras. Y añadiendo al poder de la tierra ciertos ingredientes químicos que yo he inventado, se da este fenómeno. Quedó destruida la acusación que el vulgo levantara contra Cisóforo. Y el Arzobispo le tomó a su servicio para que cuidara de los jardines del palacio de Su Eminencia.

José Ortega Murilla

Mi estrellita

Camila y los mellizos Sebastián y Mariano van el mismo grado. Juegan siempre en los recreos y se prestan los útiles. Las mamás se ven todos los días cuando llevan o van a buscar a sus hijos a la escuela y se hicieron amigas.

Como el lunes no había clase, las mamás de Camila y los mellizos Sebastián y Mariano, decidieron ir a la plaza.

Justo cuando salían con todo, se levantó un fuerte viento y comenzó a llover con intensidad.

Como ya estaban todos preparados, la mamá de Camila les dijo que fueran a tomar la leche a su casa.

Todos se pusieron contentos, y tomaron la leche con las facturas y churros, y masitas que habían preparado.

Después, para que las mamás pudieran charlar, les dijeron a los chicos que se fueran a jugar en el garage.

¡No hay lugar más feo que un garage para jugar! No hay muebles, el piso suele tener alguna mancha de grasa, y lo único que hay son herramientas y cosas viejas que se acumulan hasta que papá decida algún día a tirarlas, y que no se pueden tocar.

Camila tenía muñecas, juegos de mesa, peluches y una cocinita nueva que le habían regalado para su cumpleaños. Pero a los mellizos no les interesaba nada de todo eso.

Llevó algunas hojas y la cartuchera para hacer algunos dibujos.

Pero al rato se empezaron a aburrir.

Y buscaron algo con que jugar y vieron una caja, que Camila no había visto nunca. Era grande, grande,no nueva, pero en buen estado. Y no estaba bien cerrada.

Camila que sabe que a su mamá no le gusta que toquen nada sin permiso le gritó desde el garage.

– Má, ¿qué hay en la caja grande? ¿La podemos abrir?

Estrellita, una gran perra de policía, que se la pasa durmiendo todo el día, se despertó y comenzó a ladrar.

Justo sonaron el celular y el teléfono al mismo momento. Así que Camila no pudo escuchar la respuesta.

Los mellizos no habían esperado nada y ya la estaban abriendo.

– ¡¡¡Mirá cuántos sombreros!!! – decía Sebastián

– ¡¡¡Estos son de brujas!!! – gritaba entusiasmado Mariano

– ¡¡¡Este es para un reina!!! – se asombró Camila.

Y allí nomás se colocaron los sombreros, que eran muchísimos. Estaban confeccionados con goma espuma y pintados con vivos colores. Había de rey y reina, de payasos, de monstruos, altos, bajos, con flores, con ojos saltones, con estrellitas con brillantina, con antenitas.

Camila se puso el de la princesa. Los melli de payaso o brujo.

Hasta Estrellita se despertó y también a ella le pusieron uno chiquito, y después uno grande.

¡¡¡Cómo se divertían!!! Los melli se peleaban por alguno, como siempre hacen que quieren justo el que tiene el otro y los tironeaban. Estrellita a mordiscones se sacaba los que le iban poniendo, corriendo con algún sombrero por todo el garage. Lo tiraba para arriba y lo alcanzaba con su bocaza. Encontró uno en forma de hueso y se lo puso a comer, encima de la mancha de aceite.

Camila acostumbrada a los juegos más tranquilos, estaba encantada, También se probaba los sombreros y se los contemplaba en los vidrios del portón. De pronto era un reina, o una bruja, o una doctora. ¡¡¡Muy lindos todos!!!

Los melli seguían peleándose por este o aquel sombrero, sin importarles mucho de que eran, sólo les interesaba los que tenía el otro. Y se los tironeaban, les sacaron las flores, las mariposas. Corrían con Estrellita tratando de ponerle algún sombrero, o de sacárselo.

¿¿¿Qué están haciendo??? – se escuchó el grito de la mamá de Camila.

¿¿¿Qué están haciendo??? – Gritó la mamá de los mellizos.

En el suelo había un desparramo de sombreros de cotillón, a algunos le faltaban pedazos, las flores por todas partes, Sebastián tenía una zanahoria en el pelo, Mariano lo que parecía el ala de un murciélago, Camila tenía dos o tres sombreros puestos, uno arriba de otro.

Y Estrellita moviendo la cola, les llevó muy orgullosa el hueso todo masticado.

Los chicos asustados por las caras de horror de las mamás, al mismo tiempo dijeron… ¡¡¡FUE ESTRELLITA!!!

Este no es el fin del cuento. Ahora lo podés finalizar vos.

¿De quién eran todos esos sombreros?

¿Por qué estaban en el garage de Camila?

¿Hicieron bien los chicos de acusar a Estrellita?

¿Qué habrá pasado después?

Lo terminás cómo y cuándo quieras.

 

Ana María Tarsia

Navidad

Mariana y Federico habían decidido sumarse al festejo que estaban preparando los otros chicos del barrio para las próximas fiestas.

Iban a reunirse después de las doce, en Nochebuena, para armar un gran muñeco entre todos, encenderían cohetes y cañitas voladoras y bailarían alrededor.

Por eso, al regresar del colegio, le pidieron dinero al papá para comprar lo necesario para el festejo.

Pero los padres tenían otra idea. Estaban planeando esperar la Navidad en un lugar especial, irían de campamento, solos los cuatro, a orillas del río. bajo un monte de pinos.

Para los chicos fue una sorpresa y en un principio a Mariana no le gustó la idea.

-¿Por qué vamos a pasar las fiestas solos, cuando todos los se reúnen?-, preguntó.

-Es porque tenemos muchos deseos de compartir una noche sólo con ustedes y elegimos Nochebuena porque es una fiesta de paz y amor.

Mariana no entendió bien y le preguntó a Federico qué le parecía a él, pero cuando lo vio preparando su caña de pescar se dio cuenta de que le había gustado la idea y que lo mejor sería que ella también la aceptara.

Cuando llegó el día todos estaban muy entusiasmados ante la nueva experiencia, incluida Mariana.

Bajo la plena y brillante Luna la familia festejó una Nochebuena diferente. De la parrilla humeante se escapaban deliciosos aromas y la mesa preparada por Mariana y la mamá resplandecía bajo los árboles. Las estrellas se reflejaban en el río y el paisaje entero acompañaba la fiesta con su esplendor. La comida tuvo un sabor maravilloso, en medio de esa sensación de paz y calmada alegría. Hacía mucho tiempo que padres e hijos no disfrutaban de esa manera.

Así, sin gran alboroto, entre risas y canciones, pasaron las horas y llegó la Navidad.

En la carpa, al lado de un río, como si fuera en un nido, la familia pasó una noche inolvidable. Juntos, muy juntos, sin cohetes ni estruendos, con el mensaje de amor y comprensión de esa noche maravillosa. .. llamada Nochebuena.

Pancho Aquino

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