ALEJANDRA PIZARNIK, “una muñeca de huesos de pájaro”

PALABRAS PRELIMINARES

“Expuesta a todas las perdiciones, ella canta junto a una niña
extraviada que es ella: su amuleto de la buena suerte.”
A.P.

Alejandra espejo de agua. Alejandra furia de tormenta hundiendo una y otra vez “un pesado cuchillo” en su propio cuerpo. Alejandra pétalos dispersos. Alejandra, Alejandra inmolada. ¿Qué diferencia hubo entre su temblor y el de Anna Frank sino un holocausto en ángulo invertido? Sus implacables asesinos, transparentes rostros sin nombre, hicieron de su corazón una pira, de su cabeza una galería de espejos encontrados y no pudo zafar de semejante laberinto, de esa espiral kafkiana que la llevó a convivir como pudo con el ramillete de Alejandras que la habitaban, a “quitar los ojos de las muñecas para ver qué hay detrás”, quizá porque al no depositar su dolor fuera de ella sino en ella trató de ir nada más que hasta el fondo de sí misma. Y el 25 de setiembre de 1972 una oscuridad tempestuosa cegó el oloroso arbusto florecido en lilas.

A casi 22 años de su muerte, Alejandra “avanza levísima, con una mirada donde arde demasiado fuego, desde ojos espléndidos en los que aún hay languidez, desesperación, fineza, crueldad, ante un mundo donde el batir de las alas de la esperanza inmensa se distingue apenas de los otros ruidos, que son los del terror”, como diría Bretón en Nadja.

Antes de su primer viaje a París donde residirá entre 1960 y 1964, Alejandra publica en 1955 ‘La tierra más ajena’, libro del que abjura; en 1956 “La última inocencia” y en 1958 “Las aventuras perdidas”, pero donde sus poemas comienzan a despedir el resplandor absoluto de su presencia es en ‘Árbol de Diana’ (1962) . Y decir “presencia” es lo mismo que intentar asomarnos a la multiplicidad de rayos que conformaban su genio poético, rayos iluminados por sus amados Lewis Carroll, Novalis, Baudelaire, de Nerval, Hölderlin, Breton, Trakle, entre tantos otros, y especialmente por Kafka, Rimbaud, Artaud e Isidoro Ducasse autoproclamado Conde de Lautréamont, quien con sus “Cantos de Maldoror” va a marcar definitivamente la estética de Alejandra, sobre todo a partir de “Extracción de la piedra de locura”, publicado en 1968.

En el poema nº 20 de “Árbol de Diana”, escribe: “dice que no sabe del miedo de la muerte del amor / dice que tiene miedo de la muerte del amor / dice que el amor es muerte es miedo / dice que la muerte es miedo es amor /dice que no sabe”
En este poema estremecedor, de una economía sorprendente, donde pareciera jugar a los dados con miedo-muerte- amor, cada palabra está pulida como una gema, así de “precisa y preciosa”. Y ya se eleva aquí lo que será una constante en su poética y que generará la trágica mutación de su yo individual en su yo literario que la hará padecer ese “Yo es otro”, como a Rimbaud. En la entrada a su diario del 15 de abril de 1961, lúcidamente lo anticipará: “La vida perdida para la literatura por culpa de la literatura. Por hacer de mí un personaje literario en la vida real fracaso en mi intento de hacer literatura con mi vida real pues ésta no existe: Es literatura.” Luego irán creciendo las sensaciones de estar “naufragando en sí misma”, de ser “la silenciosa en el desierto”, “la viajera con el vaso vacío”, “un canto de niña perdida en una silenciosa ciudad en ruinas”.

En “Mendiga voz”, último poema de “Los trabajos y las noches” (1965), escribe:“Y aún me atrevo a amar / el sonido de la luz en una hora muerta, / el color del tiempo en un muro abandonado. En mi mirada lo he perdido todo. /Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.”

En Alejandra, su vida y su obra son imposibles de separar. Una de las virtudes mayores de su poesía, aún en todos aquellos momentos en que recurre a metáforas, consiste en la contundencia con que nos convence de la verdad de sus afirmaciones y negaciones, de la sinceridad de sus desbordes y contenciones. En la entrada a su diario del 11 de julio de 1965 escribe, sin embargo: “Me horroriza mi lenguaje. Miento todo el tiempo……me gustaría escribir en forma simple y clara”. Y pocos días después, el 25 de julio: “¿Y la literatura? Rotundo fracaso. Odio escribir con un nudo en la garganta pues me obliga a abstraer conceptos y a decir palabras huecas y sonoras……Si el escribir fuera lo mío no estaría siempre con esta seguridad de que lo principal de cada uno es indecible.”

¿Se puede pensar, entonces, que se ha deslizado una grosera contradicción entre dos afirmaciones que se excluyen? Veamos:

A partir de su primera estancia en Paris su estética irá transmutando en una ética. Leía el diario de Kafka “como si fuese la Biblia” y su pasión por los poetas malditos la llevó a perseguir hasta consecuencias trágicas lo afirmado por Rimbaud en ‘Cartas del vidente’: “El primer estudio del hombre que quiere ser poeta es su propio conocimiento total. El busca su alma, la analiza, la tienta, la comprende……Pero se trata de hacer el alma monstruosa……¡y qué! Imagínese un hombre que se injerta verrugas en la cara y las cultiva. Digo que es preciso ser vidente, hacerse vidente. El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos………”

¿Pero es que acaso existen las palabras que puedan expresar la quintaesencia del sufrimiento? ¿Cual será la metáfora precisa que transmita exactamente al otro el magma de la locura, que delimite la zona de lo desconocido? Si preguntáramos metódicamente a una cantidad considerable de personas en qué consiste un alma monstruosa no conseguiríamos dos respuestas iguales. El lenguaje se fue conformando en este mundo para las relativas cosas de este mundo. Podremos, sí, entender más o menos lo mismo al coincidir con los sustantivos y los verbos, pero los adjetivos no pueden evadirse de la coloración personal de quien los emplea, por lo que todo intento de conocimiento total de las profundidades del ser no deja de ser un intento fracasado de antemano. Si esto no ocurriese así la psicología profunda tendría un solo carril y no la cantidad de canales que la entrecruzan.

Alejandra no quería ir nada más que hasta el fondo y ese abismo nos lo transmitió hasta donde las limitaciones del lenguaje se lo permitieron. Ella advirtió en los últimos años de su vida que las palabras eran una cosa y otra bien distinta la quintaesencia del sufrimiento en sí, que al Otro Absoluto que todos llevamos dentro lo podemos intuir, nos puede pesar con el peso convergente del tiempo y el espacio pero no lo podemos definir. La palabra poética es, en todo caso, una condenada a no decir exactamente lo que dice. Es como una manzana áspera y deliciosa a la vez que cuanto más se la pule más brilla, sólo que para llegar a su pulpa se la debe partir. Y una palabra partida no mostrará por ello su esencia sino que dejará de ser porque habrá estallado, y no habrá otras palabras de palabras que nos puedan transmitir el fenómeno. Escribe Alejandra en la misma entrada al diario del 25 de julio: “En el fondo yo odio la poesía. Es, para mí, una condena a la abstracción. Y además me recuerda esa condena. Y además me recuerda que no puedo ‘hincar el diente’ en lo concreto”. Y es aquí, pues, donde se muestra la no contradicción entre afirmar que Alejandra fue sincera y su horror por sentir que mentía todo el tiempo: La interioridad del ser podrá ser muchas cosas y es posible que algún día surja el genio que la pueda “vivisecciona” y estudiar, tal como se ha hecho con el cerebro. Pero no podemos decir, al menos por ahora, que esa interioridad sea una cosa ‘concreta’. Ella apoyó la punta de sus dedos en la zona más oscura del ser y para eso no vaciló en “ir nada más que hasta el fondo”, sólo que no tuvo a su alcance el elemento formal que tradujese el misterio por la sencilla razón de que ese elemento formal no existe. Las abstracciones, entonces, fueron su aproximación. Y su verdad.

La palabra en sí, contrariamente a muchas arriesgadas afirmaciones, no salva ni condena a nadie porque su resplandor está indisolublemente ligado al sentimiento que devendrá en acción. La razón y la praxis no son contrarios sino complementos, y el sentimiento será siempre ese tembloroso barco al que nunca se le han ofrecido demasiadas opciones: O flota como puede dentro del estrecho perímetro de la bahía o sale a mar abierto al desestructurante costo de la soledad. Sin acción la palabra es una niña dormida y la liaison entre ambas es un puente al que sólo se ha aproximado, al menos bellamente, la filosofía. Además: ¿cómo se podrían disociar los tres términos de esta ecuación? En el poema “En esta noche, en este mundo” dice Alejandra: “las palabras del sueño de la infancia de la muerte / nunca es eso lo que uno quiere decir / la lengua natal castra / la lengua es un órgano de conocimiento / del fracaso de todo poema/ castrado por su propia lengua / que es el órgano de la re-creación / del re-conocimiento /pero no el de la resurrección……… las palabras / no hacen el amor / hacen la ausencia / si digo agua ¿beberé? /si digo pan ¿comeré?……………lo que pasa con el alma es que no se ve / lo que pasa con la mente es que no se ve /lo que pasa con el espíritu es que no se ve /¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?/ ninguna palabra es visible / sombras / recintos viscosos donde se oculta /la piedra de la locura”.

“Extracción de la piedra de locura”, publicado en 1968, es un título revelador. En la Edad Media se creía que la locura era el resultado de excrecencias cerebrales que se podían manifestar como protuberancias en la frente. Repitiendo lo ya transcripto de Cartas del vidente, Rimbaud se refiere a lo mismo: “Imagínese a un hombre que se injerta verrugas en la cara y las cultiva”. A esta altura de su vida, Alejandra ya había hecho un largo, inmenso y ¿razonado? desarreglo de sus sentidos y era la niñita lautréamontiana que se atrevió a atravesar una página de Nadja “para desaparecer con la idea de sacar siempre los ojos de las muñecas para ver qué hay detrás”.

George Batalle, uno de sus amigos de París, sobre el que no siempre se hace el debido hincapié respecto a la influencia que tuvo en la poesía de Alejandra, dice en el poema “La tumba”, que inicia su libro “Lo Arcangélico y otros poemas”:
“caigo en la inmensidad / que cae dentro de sí / más negra es que mi muerte…… miento / y queda clavado el universo / en mis mentiras dementes……el amor es parodia del no-amor / parodia la verdad de la mentira / el universo un suicidio alegre……soy el muerto / el ciego / la sombra sin aire ……la muerte echó los dados / y la profundidad de los cielos exulta / por la noche que sobre mí se desploma”.

En “Vértigos o contemplación de algo que termina”, segundo poema de “Extracción de la piedra de locura”, escribe Alejandra: “Esta lila se deshoja / Desde sí misma cae / y oculta su antigua sombra./ He de morir de cosas así”.

Es en este libro esplendoroso donde se observa definitivamente su asomarse al idéntico abismo por el que se desbarrancaron sus poetas malditos tan amados, en especial Rimbaud, Lautréamont y, más cercanamente, Antonino Artaud. Ya ha transgredido toda clase de códigos y ha llegado hasta experiencias límites de locura y muerte. ¿Pero pudo en verdad Alejandra levantar dentro de sí un altar al Mal, esa condición necesaria y suficiente que, según sus cultures, era el único camino para acceder al Absoluto? No, ciertamente.

En “El infierno musical”, último libro publicado en vida (1971), comienza el poema en prosa “Piedra fundamental”: “No puedo hablar con mi voz sino con mis voces” y en “El deseo de la palabra”: “Pasos y voces del lado sombrío del jardín. Risas en el interior de las paredes. No vayas a creer que están vivos. No vayas a creer que no están vivos. En cualquier momento la fisura en la pared y el súbito desbandarse de las niñas que fui………En la cima de la alegría he declarado acerca de una música jamás oída. ¿Y qué? Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo”.

Alejandra nunca pudo sacralizar el mal porque se lo impidió el recuerdo nostálgico de “la hermosura de su infancia sombría”. Los que fueron sus amigos mencionan ese costado travieso y hondamente tierno que a pesar de todo jamas la abandonó. A lo largo de su obra se escucha el mismo dolor, la misma desesperación, la misma aterradora desolación. Ni siquiera en “La condesa sangrienta” con su pulida prosa y mucho menos en “La Bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa”, consiguió Alejandra algo más que épater le bourgeois .

Se puede admirar sin cortapisa a los poetas malditos pero no es tan fácil amarlos. En Alejandra, en cambio, no sólo se ama su poesía. Ella misma es un ser absolutamente querible. En “Se prohíbe mirar el césped”, incluido en “Textos de sombra y últimos poemas”, recogidos por Olga Orozco y Ana Becciú y publicados después de su muerte, Alejandra escribe:

“Maniquí desnudo entre escombros. Incendiaron la vidriera, te abandonaron en posición de ángel petrificado. No invento: esto que digo es una imitación de la naturaleza, una naturaleza muerta. Hablo de mí, naturalmente”.

Alejandra Pizarnik nació en Buenos Aires el 29 de abril de 1936.

Ketty Alejandrina Lis

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Nació y murió en Buenos Aires (1936-1972). Es una de las poetas más importantes de la Argentina. Realizó su obra en la década del sesenta siendo una de las voces más representativas de esa generación. Su poesía fue una verdadera bisagra pues la re-trabajó en las tradiciones románticas, simbolistas y surrealistas. Expuso con una desgarradora claridad lo terrible del silencio creativo abriendo, en este sentido, una puerta a las nuevas generaciones de poetas mujeres.

La tierra más ajena fue su primer libro. Publicado en 1955 lo firmó como Flora Alejandra Pizarnik. Si bien nunca quiso reeditarlo, vale la pena dar a conocer unos pocos poemas. En ellos se observarán algunas líneas temáticas que más tarde caracterizarán su poesía.

Lejanía

Mi ser henchido de barcos blancos.
Mi ser reventando sentires.
Toda yo bajo las reminiscencias de tus ojos.
Quiero destruir la picazón de tus pestañas.
Quiero rehuir la inquietud de tus labios.
Porqué tu visión fantasmagórica redondea los cálices de estas horas?

Noche

correr no sé donde
aquí o allá
singulares recodos desnudos
basta correr!
trenzas sujetan mi anochecer
de caspa y agua colonia
rosa quemada fósforo de cera
creación sincera en surco capilar
la noche desanuda su bagaje
de blancos y negros
tirar detener su devenir
La última inocencia fue su segundo libro de poemas, editado en 1956, bajo el sello Poesía Buenos Aires, dirigido por Raúl Gustavo Aguirre.

Las aventuras perdidas fue su tercer libro de poemas, editado en 1958, bajo el sello Altamar, dirigido por Rubén Vela. Otros poemas ve la luz en 1959.

En 1976 la editorial Botella al Mar, dirigida por Arturo Cuadrado, reeditó conjuntamente La última inocencia y Las aventuras perdidas, con prólogo del poeta y pintor surrealista Enrique Molina. La edición mencionada incluye grabados en madera realizados por Luis Seoane.

De La última inocencia:

Sueño

Estallará la isla del recuerdo.
La vida será un acto de candor.
Prisión
para los días sin retorno.
Mañana
los monstruos del buque destruirán la playa
sobre el vidrio del misterio.
Mañana
la carta desconocida encontrará las manos del alma.

La última inocencia

Partir
en cuerpo y alma
partir.

Partir
deshacerse de las miradas
piedras opresoras
que duermen en la garganta.

He de partir
no más inercia bajo el sol
no más sangre anonadada
no más formar fila para morir.

He de partir

Pero arremete ¡viajera!

A la espera de la oscuridad

Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.
Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.
Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos

Balada de la piedra que llora

a Josefina Gómez Errázuriz

la muerte se muere de risa pero la vida
se muere de llanto pero la muerte pero la vida
pero nada nada nada

Poema para Emily Dickinson

Del otro lado de la noche
la espera su nombre,
su subrepticio anhelo de vivir,
¡del otro lado de la noche!
Algo llora en el aire,
los sonidos diseñan el alba.
Ella piensa en la eternidad.
De Las aventuras perdidas:

Tiempo

a Olga Orozco

Yo no sé de la infancia
más que un miedo luminoso
y una mano que me arrastra
a mi otra orilla.
Mi infancia y su perfume
a pájaro acariciado.

La Carencia

Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.

Azul

mis manos crecían con música
detrás de las flores
pero ahora
por qué te busco, noche,
por qué duermo con tus muertos

Fiesta en el vacío

Como el viento sin alas encerrado en mis ojos
es la llamada de la muerte.
Sólo un ángel me enlazará al sol.
Dónde el ángel,
dónde su palabra.
Oh perforar con vino la suave necesidad de ser.

La única herida

¿Qué bestia caída de pasmo
se arrastra por mi sangre
y quiere salvarse?
He aquí lo difícil:
caminar por las calles
y señalar el cielo o la tierra.
Árbol de Diana fue publicado por primera vez en 1962 por la editorial Sur, dirigida por Victoria Ocampo, con un prólogo de Octavio Paz.

1

sólo la sed
el silencio
ningún encuentro

cuídate de mí amor mío
cuídate de la silenciosa en el desierto
de la viajera con el vaso vacío
y de la sombra de su sombra
5

por un minuto de vida breve
única de ojos abiertos
por un minuto de ver
en el cerebro flores pequeñas
danzando como palabras en la boca de un mudo
13

explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome
18

como un poema enterado
del silencio de las cosas
hablas para no verme
23

una mirada desde la alcantarilla
puede ser una visión del mundo

la rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos
Los trabajos y las noches se publicó en 1965 y se considera que, con Árbol de Diana, Alejandra alcanza uno de los puntos más brillantes de su poesía.

Mendiga voz

Y aún me atrevo a amar
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado.

En mi mirada lo he perdido todo.
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.

Poema

Tú eliges el lugar de la herida
en donde hablamos nuestro silencio.
Tú haces de mi vida
esta ceremonia demasiado pura.

Los trabajos y las noches

para reconocer en la sed mi emblema
para significar el único sueño
para no sustentarme nunca de nuevo en el amor

he sido toda ofrenda
un puro errar
de loba en el bosque
en la noche de los cuerpos

para decir la palabra inocente
Extracción de la piedra de locura se publicó en 1968:

El sol, el poema

Barcos sobre el agua natal.
Agua negra, animal de olvido. Agua lila, única vigilia.
El misterio soleado de las voces en el parque. Oh tan antiguo.

Continuidad

No nombrar las cosas por sus nombres. Las cosas tienen bordes dentados, vegetación lujuriosa. Pero quién habla en la habitación llena de ojos. Quién dentellea con una boca de papel. Nombres que vienen, sombras con máscaras. Cúrame del vacío —dije. (La luz se amaba en mi oscuridad. Supe que no había cuando me encontré diciendo: soy yo.) Cúrame —dije.

Como agua sobre una piedra

a quien retorna en busca de su antiguo buscar
la noche se le cierra como agua sobre una piedra
como aire sobre un pájaro
como se cierran dos cuerpos al amarse

Vértigos o contemplación de algo que termina

Esta lila se deshoja.
Desde sí misma cae
y oculta su antigua sombra.
He de morir de cosas así.

En la otra madrugada

Veo crecer hasta mis ojos figuras de silencio y desesperadas. Escucho grises, densas voces en el antiguo lugar del corazón.

Desfundación

Alguien quiso abrir alguna puerta. Duelen sus manos aferradas a su prisión de huesos de mal agüero.
Toda la noche ha forcejeado con su nueva sombra. Llovió dentro de la madrugada y martillaban con lloronas.
La infancia implora desde mis noches de cripta.
La música emite colores ingenuos.
Grises pájaros en el amanecer son a la ventana cerrada lo que a mis males mi poema.

Nombres y figuras es de 1969. El infierno musical se publicó en 1971:

Cold in hand blues

y qué es lo que vas a decir
voy a decir solamente algo
y qué es lo que vas a hacer
voy a ocultarme en el lenguaje
y por qué
tengo miedo

En un ejemplar de “Les Chants de Maldoror”

Debajo de mi vestido ardía un campo con flores alegres como los niños de la medianoche.

El soplo de la luz en mis huesos cuando escribo la palabra tierra. Palabra o presencia seguida por animales perfumados; triste como sí misma, hermosa como el suicidio; y que me sobrevuela como a una dinastía de soles.

Signos

Todo hace el amor con el silencio.

Me habían prometido un silencio como un fuego, una casa de silencio.

De pronto el templo es un circo y la luz un tambor.

Lazo mortal

Palabras emitidas por un pensamiento a modo de tabla del náufrago. Hacer el amor adentro de nuestro abrazo significó una luz negra: la oscuridad se puso a brillar. Era la luz reencontrada, doblemente apagada pero de algún modo más viva que mil soles. El color del mausoleo infantil, el mortuorio color de los detenidos deseos se abrió en la salvaje habitación. El ritmo de los cuerpos ocultaba el vuelo de los cuervos. El ritmo de los cuerpos cavaba un espacio de luz adentro de la luz.

Endechas IV

Las metáforas de asfixia se despojan del sudario, el poema. El terror es nombrado con el modelo delante, a fin de no equivocarse.

En 1975 le publican una antología con sus poemas bajo el título El deseo de la palabra.

En 1982 se edita Textos de sombra y últimos poemas.

Alejandra Pizarnik  – POEMAS

20

dice que no sabe del miedo de la muerte del amor
dice que tiene miedo de la muerte del amor
dice que el amor es muerte es miedo
dice que la muerte es miedo es amor
dice que no sabe
a Laure Bataillon
de Árbol de Diana, 1962

35

Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi vida, déjate enlazar de fuego, de silencio ingenuo, de piedras verdes en la casa de la noche, déjate caer y doler, mi vida.

de Árbol de Diana, 1962

MENDIGA VOZ

Y aún me atrevo a amar
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado.

En mi mirada lo he perdido todo.
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.
de Los trabajos y las noches, 1965

FRAGMENTOS PARA DOMINAR EL SILENCIO

I

Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas, que cantan a través de mi voz que escucho a lo lejos. Y lejos, en la negra arena, yace una niña densa de música ancestral. ¿Dónde la verdadera muerte? He querido iluminarme a la luz de mi falta de luz. Los ramos se mueren en la memoria. La yacente anida en mí con su máscara de loba. La que no pudo más e imploró llamas y ardimos.

II

Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.
Las damas de rojo se extraviaron dentro de sus máscaras aunque regresarán para sollozar entre flores.

No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo llanto florecer mi silencio gris.

III

La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aun si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino.

de Extracción de la piedra de locura, 1968

UN SUEÑO DONDE EL SILENCIO ES DE ORO

El perro del invierno dentellea mi sonrisa. Fue en el puente. Yo estaba desnuda y llevaba un sombrero con flores y arrastraba mi cadáver también desnudo y con un sombrero de hojas secas.
He tenido muchos amores -dije- pero el más hermoso fue mi amor por los espejos.

de Extracción de la piedra de locura, 1968

PIEDRA FUNDAMENTAL

No puedo hablar con mi voz sino con mis voces.

Sus ojos eran la entrada del templo, para mí, que soy errante, que amo y muero. Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche, hasta deshacerme desnuda en la entrada del tiempo.

Un canto que atravieso como un túnel.

Presencias inquietantes, gestos de figuras que se aparecen vivientes por obra de un lenguaje activo que las alude, signos que insinúan terrores insolubles.

Una vibración de los cimientos, un trepidar de los fundamentos, drenan y barrenan, y he sabido dónde se aposenta aquello tan otro que es yo, que espera que me calle para tomar posesión de mí y drenar y barrenar los cimientos, los fundamentos,
aquello que me es adverso desde mí, conspira, toma posesión de mi terreno baldío,
no,
he de hacer algo,
no,
no he de hacer nada,
algo en mí no se abandona a la cascada de cenizas que me arrasa dentro de mí con ella que es yo, conmigo que soy ella y que soy yo, indeciblemente distinta de ella.

En el silencio mismo (no en el mismo silencio) tragar noche, una noche inmensa inmersa en el sigilo de los pasos perdidos.

No puedo hablar para nada decir. Por eso nos perdemos, yo y el poema, en la tentativa inútil de transcribir relaciones ardientes.

¿A dónde la conduce esta escritura? A lo negro, a lo estéril, a lo fragmentado.

Las muñecas desventradas por mis antiguas manos de muñeca, la desilusión al encontrar pura estopa (pura estepa tu memoria): el padre, que tuvo que ser Tiresias, flota en el río. Pero tú, ¿por qué te dejaste asesinar escuchando cuentos de álamos nevados?

Yo quería que mis dedos de muñeca penetraran en las teclas. Yo no quería rozar, como una araña, el teclado. Yo quería hundirme, clavarme, fijarme, petrificarme. Yo quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria. Pero la música se movía, se apresuraba. Sólo cuando un refrán reincidía, alentaba en mí la esperanza de que se estableciera algo parecido a una estación de trenes, quiero decir: un punto de partida firme y seguro; un lugar desde el cual partir, desde el lugar, hacia el lugar, en unión y fusión con el lugar. Pero el refrán era demasiado breve, de modo que yo no podía fundar una estación pues no contaba más que con un tren algo salido de los rieles que se contorsionaba y se distorsionaba. Entonces abandoné la música y sus traiciones porque la música estaba más arriba o más abajo, pero no en el centro, en el lugar de la fusión y del encuentro. (Tú que fuiste mi única patria ¿en dónde buscarte? Tal vez en este poema que voy escribiendo.)

Una noche en el circo recobré un lenguaje perdido en el momento que los jinetes con antorchas en la mano galopaban en ronda feroz sobre corceles negros. Ni en mis sueños de dicha existirá un coro de ángeles que suministre algo semejante a los sonidos calientes para mi corazón de los cascos contra las arenas.

(Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.)

(Es un hombre o una piedra o un árbol el que va a comenzar el canto…)

Y era un estremecimiento suavemente trepidante (lo digo para aleccionar a la que extravió en mí su musicalidad y trepida con más disonancia que un caballo azuzado por una antorcha en las arenas de un país extranjero).

Estaba abrazada al suelo, diciendo un nombre. Creí que me había muerto y que la muerte era decir un nombre sin cesar.

No es esto, tal vez, lo que quiero decir. Este decir y decirse no es grato. No puedo hablar con mi voz sino con mis voces. También este poema es posible que sea una trampa, un escenario más.

Cuando el barco alteró su ritmo y vaciló en el agua violenta, me erguí como la amazona que domina solamente con sus ojos azules al caballo que se encabrita (¿o fue con sus ojos azules?). El agua verde en mi cara, he de beber de ti hasta que la noche se abra. Nadie puede salvarme pues soy invisible aun para mí que me llamo con tu voz. ¿En dónde estoy? Estoy en un jardín.

Hay un jardín.

de El infierno musical, 1971

EL DESEO DE LA PALABRA

La noche, de nuevo la noche, la magistral sapiencia de lo oscuro, el cálido roce de la muerte, un instante de éxtasis para mí, heredera de todo jardín prohibido.

Pasos y voces del lado sombrío del jardín. Risas en el interior de las paredes. No vayas a creer que están vivos. No vayas a creer que no están vivos. En cualquier momento la fisura en la pared y el súbito desbandarse de las niñas que fui.

Caen niñas de papel de variados colores. ¿Hablan los colores? ¿Hablan las imágenes de papel? Solamente hablan las doradas y de ésas no hay ninguna por aquí.

Voy entre muros que se acercan, que se juntan. Toda la noche hasta la aurora salmodiaba: “Si no vino es porque no vino”. Pregunto. ¿A quién? Dice que pregunta, quiere saber a quién pregunta. Tú ya no hablas con nadie. Extranjera a muerte está muriéndose. Otro es el lenguaje de los agonizantes.

He malgastado el don de transfigurar a los prohibidos (los siento respirar adentro de las paredes). Imposible narrar mi día, mi vía. Pero contempla absolutamente sola la desnudez de estos muros. Ninguna flor crece ni crecerá del milagro. A pan y agua toda la vida.

En la cima de la alegría he declarado acerca de una música jamás oída. ¿Y qué? Ojalá pudiera, vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir.

de El infierno musical, 1971

TANGIBLE AUSENCIA

Que me dejen con mi voz nueva, desconocida. No, no me dejen. Oscura y triste la infancia se ha ido, y la gracia, y la disipación de los dones. Ahora las maravillas emanan del nuevo centro (desdicha en el corazón de un poema a nadie destinado). Hablo con la voz que está detrás de la voz y con los mágicos sonidos del lenguaje de la endechadora.

A unos ojos azules que daban sentido a mis sufrimientos en las noches de verano de la infancia. A mis palabras que avanzaban erguidas como el corcel del caballero de Bemberg. A la luz de una mirada que engalanaba mi vocabulario como a un espléndido palacio de papel.

Me embriaga la luz. No nombro más que la luz. Quiero verla. Quiero ver en vez de nombrar.

No sé dónde detenerme y morar. El lenguaje es vacuo y ningún objeto parece haber sido tocado por manos humanas. Ellos son todos y yo soy yo. Mundo despoblado, palabras reflejas que sólo solas se dicen. Ellas me están matando. Yo muero en poemas muertos que no fluyen como yo, que son de piedra como yo, ruedan y no ruedan, un zozobrar lingüístico, un inscribir a sangre y fuego lo que libremente se va y no volvería. Digo esto porque nunca mas sabré destinar a nadie mis poemas.

Vida, mi vida, ¿qué has hecho de mi vida?

Hemos consentido visiones y aceptado figuras presentidas según los temores y los deseos del momento, y me han dicho tanto sobre cómo vivir que la muerte planea sobre mí en este momento que busco la salida, busco la salida.

Volver a mi viejo dolor inacabable, sin desenlace. Temía quedarme sin un imposible. Y lo hallé, claro que lo hallé.

La aurora gris para mi dolor infuso, me llaman de la habitación más cercana y del otro lado de todo espejo. Llamadas apresurándome a cubrir los agujeros de la ausencia que se multiplican mientras la noche se ofrece en bloques de dispersa oscuridad.

Luz extraña a todos nosotros, algo que no se ve sino que se oye, y no quisiera decir más porque todo en mí se dice con su sombra y cada yo y cada objeto con su doble.

de Textos de sombra y últimos poemas (1982)

SE PROHIBE MIRAR EL CÉSPED

Maniquí desnudo entre escombros. Incendiaron la vidriera, te abandonaron en posición de ángel petrificado. No invento: esto que digo es una imitación de la naturaleza, una naturaleza muerta. Hablo de mí, naturalmente.

de Textos de sombra y últimos poemas (1982)

EN ESTA NOCHE, EN ESTE MUNDO

a Martha Isabel Moia
en esta noche en este mundo
las palabras del sueño de la infancia de la muerte
nunca es eso lo que uno quiere decir
la lengua natal castra
la lengua es un órgano de conocimiento
del fracaso de todo poema
castrado por su propia lengua
que es el órgano de la re-creación
del re-conocimiento
pero no el de la resurrección
de algo a modo de negación
de mi horizonte de maldoror con su perro
y nada es promesa
entre lo decible
que equivale a mentir
(todo lo que se puede decir es mentira)
el resto es silencio
sólo que el silencio no existe

no
las palabras
no hacen el amor
hacen la ausencia
si digo agua ¿beberé?
si digo pan ¿comeré?
en esta noche en este mundo
extraordinario silencio el de esta noche
lo que pasa con el alma es que no se ve
lo que pasa con la mente es que no se ve
lo que pasa con el espíritu es que no se ve
¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?
ninguna palabra es visible

sombras
recintos viscosos donde se oculta
la piedra de la locura
corredores negros
los he recorrido todos
¡oh quédate un poco más entre nosotros!

mi persona está herida
mi primera persona del singular

escribo como quien con un cuchillo alzado en la
oscuridad
escribo como estoy diciendo
la sinceridad absoluta continuara siendo lo imposible
¡oh quédate un poco más entre nosotros!

los deterioros de las palabras
deshabitando el palacio del lenguaje
el conocimiento entre las piernas
¿qué hiciste del don del sexo?
oh mis muertos
me los comí me atraganté
no puedo más de no poder más

palabras embozadas
todo se desliza
hacia la negra licuefacción
y el perro de maldoror
en esta noche en este mundo
donde todo es posible
salvo
el poema

hablo
sabiendo que no se trata de eso
siempre no se trata de eso
oh ayúdame a escribir el poema más prescindible
el que no sirva ni para
ser inservible
ayúdame a escribir palabras
en esta noche en este mundo
de Textos de sombra y últimos poemas (1982)

LA JAULA

Afuera hay sol.
No es más que un sol
pero los hombres lo miran
y después cantan.

Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra.

Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche
y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.

Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.
De Las aventuras perdidas, 1958

 

pizarnik_byn

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