A una razón

Un golpe de tu dedo sobre el tambor descarga todos los sonidos y de comienzo a la nueva armonía.

Un paso tuyo es el alzamiento de los nuevos hombres y su puesta en marcha.

¡Tu cabeza se aparta: el nuevo amor! ¡Tu cabeza se vuelve: el nuevo amor!

“Cambia nuestras suertes, acribilla las plagas, comenzando por el tiempo”, te cantan esos niños. “Eleva hasta donde sea sustancia de nuestras fortunas y de nuestros deseos”, te ruegan. Llegada desde siempre, te irás por todas partes.

Frases

Cuando el mundo quede reducido a un solo bosque negro para nuestros cuatro ojos asombrados, —a una playa para dos niños fieles, a una casa musical para nuestra clara simpatía—, te encontraré.

Que no haya aquí abajo sino un viejo solo, tranquilo y bello, rodeado de un “lujo inaudito”… y estoy a tus rodillas.

Que haya yo realizado todos tus recuerdos —que sea yo aquella que sabe agarrotarte—, te ahogaré.

Cuando nosotros somos muy fuertes: ¿quién retrocede? Muy alegres: ¿quién se cae de ridículo? Cuando somos muy malvados… ¿qué harían con nosotros?

Engalánate, danza, ríe… yo nunca podré tirar el amor por la ventana.

¡Mi camarada, mendiga, niña monstruo! Cómo te es igual todo, esas infelices y esos jornaleros, y mis pesares. Únete a nosotros con tu voz imposible, ¡tu voz!, único adulador de esta vil desesperación. Una mañana encapotada, en julio. Un gusto de cenizas vuelta en el aire; un olor de madera sudando en el fogón, de flores empapadas —el trastorno de los paseos, el vapor de las acequias en los campos—, ¿por qué no ya los juguetes y el incienso?

Tendí cuerdas de campanario a campanario; guirnaldas de ventana a ventana; cadenas de oro de estrella a estrella, y danzo.

El alto estanque humea continuamente. ¿Qué bruja se levantará contra el poniente blanco? ¿Qué follajes violetas van a descender?

Mientras los fondos públicos se esfuman en las fiestas de fraternidad, repica en las nubes una campana de fuego rosado.

Avivando un sabor agradable a tinta china, un polvo negro llueve dulcemente sobre mi vigilia. Matizo las luces de la araña, me arrojo en la cama y, vuelto hacia la sombra, os veo, ¡mis muchachas, mis reinas!

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Obreros

¡Ah, esta cálida mañana de febrero! El sur inoportuno vino para renovar nuestros recuerdos de indigentes absurdos, nuestra joven miseria.

Henrika tenía una falda de algodón de cuadros blancos y marrones, que debía de usarse en el siglo pasado, un gorro con cintas y un pañuelo de seda. Bastante más triste que un vestido de luto. Dábamos un paseo por las afueras. El cielo estaba encapotado, y aquel viento del sur estimulaba todos los sórdidos olores de los jardines asolados y de los prados resecos.

Eso no debería fatigar a mi mujer tanto como a mí. En un charco dejado para la inundación del mes anterior en un sendero bastante alto, hizo que me fijara en unos peces muy pequeños.

La ciudad, con su humo y el ruido de sus oficios, nos seguía desde muy lejos por los caminos. ¡Oh, el otro mundo, habitación bendecida por el cielo, y las enramadas! El sur me recordaba los miserables incidentes de mi niñez, mis desesperos de verano, la horrible cantidad de fuerza y de ciencia que la suerte siempre ha alejado de mí. No, no pasaremos el verano en este país avaro donde no seremos más que unos novios huérfanos. Quiero que este brazo endurecido no arrastre más una querida imagen.

Ciudad

Soy un efímero y no demasiado descontento ciudadano de una metrópoli considerada moderna porque eludió todo gusto conocido en el amoblamiento y el exterior de las casas así como en el trazado de la ciudad. Aquí no señalarías la huella de ningún monumento de superstición. ¡La moral y la lengua, en fin, han sido reducidas a su más simple expresión! Estos millones de personas que no necesitan conocerse manejan tan parejamente la educación, los oficios y la vejez, que el curso de sus vidas debe ser varias veces menos largo que el atribuido a los pueblos del continente por una estadística loca. Así como desde mi ventana, veo espectros nuevos girando a través del espeso y eterno humo del carbón —¡nuestra sombra de los bosques, nuestra noche de verano!— Erinias nuevas, frente a mi casita que es mi patria y todo mi corazón puesto que aquí todo se parece a esto: la Muerte sin lágrimas, nuestra activa hija y servidora, un Amor desesperado y un bello Crimen lloriqueando en el barro de la calle.

Huellas

A la derecha el alba de verano despierta las hojas y los vapores y los ruidos de este rincón del parque, y los taludes de la izquierda mantienen bajo su sombra violeta las mil rápidas huellas del húmedo camino. Desfile de magias. En efecto: carretas cargadas de animales de madera dorada, de mástiles y de telas multicolores, al pleno galope de veinte caballos manchados de circo, y los niños y los hombres sobre sus bestias más asombrosas: veinte vehículos gibosos, engalanados y floridos, como carrozas antiguas o de cuentos, llenos de niños emperifollados para una pastoral suburbana… hasta ataúdes levantando los penachos de ébano bajo su palio de noche, alejándose al trote de las grandes yeguas azules y negras.

Alba

Yo abracé el alba de verano.

Nada se movía aún en la fachada de los palacios. El agua estaba muerta. Los campos de sombras no abandonaban el camino del bosque. Caminé, despertando los alientos vivos y tibios, y las pedrerías miraron, y las alas se elevaron sin ruido.

La primera empresa fue, en el sendero lleno ya de destellos frescos y pálidos, una flor que me dijo su nombre.

Me reí en la rubia wasserfall que se desmelenaba al atravesar los abetos: en la cima plateada reconocí a la diosa.

Entonces levanté uno a uno los velos. En el sendero, agitando los brazos. En la llanura, donde la denuncié al gallo. En la gran ciudad, huía yo entre los campanarios y las cúpulas y, corriendo como un mendigo sobre los muelles de mármol, la perseguía.

En lo alto del camino, cerca de un bosque de laureles, la rodeé con sus velos amontonados, y sentí un poco su inmenso cuerpo. El alba y el niño cayeron en lo hondo del bosque.

Al despertar, era mediodía.

Democracia

La bandera va hacia el paisaje inmundo, y nuestra jerga ahoga el tambor.

En los centros alimentaremos la más cínica prostitución. Masacraremos las revueltas lógicas.

¡En los países picantes y empapados al servicio de las más monstruosas explotaciones industriales o militares!

Adiós, aquí, no importa dónde. Reclutas de buena voluntad, tendremos una filosofía feroz; ignorantes para la ciencia, libertinos para el confort; que reviente el mundo que sigue. Esta es la verdadera marcha. ¡Adelante, mar!

Sueño para el invierno

En invierno iremos en un pequeño coche rosa
con almohadones azules.
Estaremos bien; un nido de locos besos descansa
en los mullidos rincones.

Tú cerrarás los ojos para no ver, tras el cristal,
gesticular las sombras de las noches,
esas monstruosidades hurañas, populacho
de demonios y lobos negros.

Luego sentirás la mejilla rasguñada…
un pequeño beso, como una araña loca,
correrá por tu cuello…

Y tú me dirás: “Busca”, inclinando la cabeza,
Y tomaremos tiempo para buscar esa bestia;
Que viaja mucho…

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